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Malayerba: Narco glamur

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Le dijo que la iba a bajar todo: la luna, el sol y las estrellas. O sea un local de lujo, El recodo y Los intocables, el bemedobleú y hasta al Valentín Elizalde. Pero no el techo.

No le gustaron los salones para fiestas de la ciudad. Ni le llenaron el ojo. Más bien le parecieron chiquitos, relingos, chaparros, frente a su nena quinceañera. Ella se merece más. Y le construyó un salón exclusivo para el banquete.

Meses, pocos, bastaron para que emergiera en ese terreno, en el Tres Ríos. Enseguida del negocio de renta de limosinas, de su propiedad. A unos metros de un antro también suyo. Y frente a la Procuraduría de Justicia, casi suya. O como si lo fuera.

Así que no era nada. Apenas un edificio lujoso. Un partenón muy europeo, con columnas en la fachada y esculturas que asemejan a las obras Miguel Ángel Bounarroti o a las romanas.

Todo un escándalo de construcción. Adornos estilo Las vegas. Lujo de terminados, detalles y ornamentaciones de alto costo, pero mal gusto. Luces y colores. Pisos y columnas de primer mundo.

Lámparas traídas desde Rusia.

Ella, su bebé de quince, le pidió al grupo Intocable. Pero no: una agenda colmada les impidió responder afirmativamente. En cambio y con mucho tiempo de antelación hizo que le dieron el sí El recodo, Los intocables del norte, y el intérprete de moda para estos huateques, Valentín Elizalde.

En realidad no venían al evento de las estrellas que organizó plaza Forum. Eso fue solo un pretexto, pues el compromiso inicial era con la quinceañera y su próspero y generoso padre. Los del Forum apenas alcanzaron a acomodarse.

Y llegó la hora. El local para el glamur estaba listo para estrenarse. En la fachada estaba una foto de la festejada. La imagen era de cuerpo entero. El tamaño correspondía al de la quinceañera y era la entrada al paraíso de lujo que esperaba en el interior.

A la misa en Santa Inés asistieron muchos. Entre camionetonas, limosinas y carros de lujo había en los alrededores, sobre el bulevar Culiacán, más de cien.

Y después la recepción. Una larga fila de limosinas alimentaba la acera del bulevar, en terrenos del Tres Ríos. Adentro la fila también era larga, pero de artistas. La encabezaban el Elizalde, los recodos y Los intocables del norte. Casi nadie. Casi nada.

Arreglos rusos. Flores por todo el salón. Adornos caros para las decenas de mesas. Un vestido de cerca de cien mil pesos para la festejada. Despilfarro en bebidas, comida y servicio de meseros.

Todo se desarrolló a pedir de boca. Fue un día de lluvia pertinaz, tanto que de madrugada cuarteó paredes y echó abajo una de las lámparas y parte del techo. Había poca gente y el incidente no pasó de ahí.

Sacaron a los del recodo al patio, pero la magia musical ya no era igual: parecía un grupito menor, sin el embrujo de la fama y la ayuda del equipo de sonido. Pero que siga la fiesta, parecían decir los organizadores.

Al fin que la fiesta ya había parido y la quinceañera estaba contenta con su local, los adornos, el bemedobleú que la esperaba para ella sola y ese vestido de un centenar de miles de pesos.

Su padre, el organizador y patrocinador del festejo, le había bajado todo del cielo: la luna, las estrellas, el sol. Y hasta el techo, que no estaba en el programa.

Artículo publicado el 03 de julio de 2022 en la edición 1014 del semanario Ríodoce.

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