El luto en las elecciones

El miércoles 6 de junio Jesús Antonio Alarcón Medina salió de su casa para volver con un tiro en la cabeza. Este joven como muchos desempleados ven en las elecciones un momento para hacerse de un trabajo temporal que le permita ir sobreviviendo.

Había pasado seguramente por los filtros que tiene el INE para habilitarlos como capacitadores asistentes antes y durante la jornada electoral. Él con sus credenciales estaba adscrito en el Tercer Distrito Electoral federal y le correspondía realizar su labor paciente en los pueblos de Surutato y Santa Rosalía en el emblemático Badiraguato.

Una región del estado donde para subir a los altos “hay que pedir permiso” y poder transitar por esos caminos polvosos so riesgo de la propia vida. Los capacitadores del INE no son la excepción, tienen que hacerlo para que puedan realizar su labor cívica y es un permiso que tiene que tramitarse desde hace décadas.

¿Qué pasó al regreso de Jesús Antonio a Guamúchil? Seguramente se le atravesó un comando en el camino y luego de detener la motocicleta donde lo llevaba un acompañante de nombre Pedro Salido, ambos fueron asesinados, quedando seguramente esparcida en esos polvos la papelería electoral, su credencial y el chaleco institucional, su gorra con las siglas del INE.

Más recientemente, el 17 de junio fue levantado y asesinado en el poblado de Estación Naranjo el funcionario universitario Juan Pablo Martínez Álvarez, quien era militante del Partido Sinaloense, coordinador de la campaña de la candidata frentista a la alcaldía del municipio de Sinaloa y él mismo aspirante a un asiento de regidor.

Martínez Álvarez era un cuadro en ascenso. Hacia bien su trabajo como funcionario universitario y operador político, de otra manera no se explica que combinara las distintas funciones que se le habían asignado en esta campaña. Sin embargo, a alguien le molestó su trabajo al servicio del PAS, o del Frente; ya en 2016 su dirigente Héctor Melesio se quejaba de las dificultades que enfrentaban sus militantes para hacer proselitismo en algunos municipios del norte del estado.

Aquel motivo de queja seguramente no ha cambiado. La política es cada vez más de interés de estos grupos. Está presente en estos crímenes que describimos y tiene seguramente efectos en el ánimo de candidatos y dirigentes políticos.

Recuerdo a Heberto Castillo, uno de los grandes luchadores de la izquierda, cuando en los lejanos años ochenta escalaba la violencia política y reflexionaba en algún medio de comunicación, que nos estábamos acostumbrando a la violencia.

Que asesinaran a un dirigente de partido, un operador político o un humilde capacitador electoral, ya no era ni es noticia ni motivo de sorpresa. Pareciera que el empedrado de la política contemplaba y contempla ya este tipo de agujeros que solo provocan sobresaltos momentáneos.

Las campañas siguen con su tensión natural y hasta como forma de espectáculo. Por ejemplo, unos días después de la muerte de Martínez Álvarez, el líder del PAS apareció en redes con una gran sonrisa sosteniendo una tuba de Banda simulando ser músico. Era una imagen festiva y me atreví a preguntar con timidez: ¿Qué no están de luto?, extrañamente no obtuve respuesta y seguro la imagen desapareció o fue eliminada, como sucede con muchas imágenes efímeras del ciberespacio.

Finalmente, quiero agregar dos puntos sobre estas muertes injustificables en un Estado democrático: el primero es qué espera a sus familias, un capacitador es una persona con un trabajo temporal sin mayores prestaciones sociales, sospecho que el INE no da un seguro de vida y cuando suceden este tipo de casos quedan en el más absoluto desamparo; quizá el caso de Martínez Álvarez sea menos dramático y la Universidad proteja a su familia, que sería lo justo, aun cuando todo indica que su muerte está asociada a su actuación política.

El otro punto es el de la política y sus muertos; hubo un tiempo en que la política fue pensada como civilizada por encima de las diferencias entre los actores, entonces, la muerte de un militante no era un hecho rutinario, ni circunstancial, sino un golpe a la convivencia entre los diferentes.

Enlutecía a todos los que participaban de ella; hoy aquello ha cambiado tanto, que ni siquiera los directamente afectados se les ocurre exigir justicia y al menos portar un listón negro como acto de protesta.

La política sigue su curso frenético para alcanzar una cuota de poder.

Artículo de opinión publicado el 1 de julio de 2018 en la edición 805 del semanario Ríodoce.

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