Tiempo de hablar: Sergio Ramírez

SERGIO RAMÍREZ. ‘La gente sigue reprimida y temerosa pero no se ha dado por vencida’ (Foto: EFE).

Daniel Ortega está peleando contra un ejército que no existe, contra una guerrilla que no existe y eso hace que esto sea todavía más atroz, dice para Ríodoce el escritor Sergio Ramírez. Afirma que las posibilidades del presidente para mantenerse en el poder están agotadas. Y que urge una salida negociada

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Sergio Ramírez (Masatepe, Nicaragua, 1942) tiene un dejo de tristeza en los ojos, brillantes tras sus lentes casi invisibles y que miran sin atisbo de arrogancia. Uno de los hombres clave de la Revolución Sandinista, que encandiló a la izquierda más romántica de finales de los 70, miembro de la Junta de Gobierno desde su victoria en 1979, vicepresidente de Daniel Ortega de 1985 a 1990 y el primer escritor centroamericano en hacerse con el Premio Cervantes, el más prestigioso de las letras castellanas, es todo sencillez y cercanía. Llega solo a la cita con Ríodoce en un discreto restaurante de Managua. Y comienza a platicar.

Al actual mandatario lo define como una fiera herida, un “caudillo” que ha perdido todos los límites y provocado “una tragedia represiva irracional”. No reconoce en él al compañero de batallas con quien se cruzó por primera vez en 1977. Ramírez cree que los días de Ortega están contados y que la única salida a la actual crisis, la más grave en 40 años y en la que han muerto al menos 300 personas en menos de cuatro meses, es negociar aunque cree que habrá un golpe final. Y alerta a los países vecinos: la actual crisis puede desestabilizar toda la región en lo económico y en seguridad porque un país “ocupado” con fuerzas paramilitares es caldo de cultivo para el crimen organizado.

Descarga aquí el Especial: Nicaragua, bajo la tiranía de Ortega. Parte I https://bit.ly/2niO6TZ

—¿Cómo está viviendo este momento de la historia de su país?
—Con una mezcla de sentimientos, primero de dolor porque yo nunca creí que llegara a pasar en Nicaragua una tragedia represiva de esta magnitud, el uso desmedido de la fuerza. Yo no tenía esa experiencia más que en la lucha contra la dictadura. Lo primero que hacía entonces el ejército era examinar las manos a ver si tenían marcas de pólvora y eso era sentencia de muerte.

(Anastasio) Somoza ejecutaba jóvenes, los sacaba de su casa, aparecían muertos en la ribera del lago Managua. Pero era una lucha armada y ahora no. Ahora esta ley contra el terrorismo criminaliza a los muchachos como si se tratara de gente armada, como si se tratara de una guerra. Llevar alimentos, medicinas, es un delito terrorista. Ortega está peleando contra un ejército que no existe, contra una guerrilla que no existe y eso hace que esto sea todavía más atroz.

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—Usted ha contado que la masacre de estudiantes del 59 en la que estuvo presente, le cambió la vida. Ahora muchos universitarios parecen estar viviendo algo parecido.
—Es una salida abrupta de la inocencia. A los 17 años, la muerte no existe. Hay un poema de Ernesto Cardenal que dice que a esa edad solo se mueren los muy viejos o los que tienen mala suerte. La muerte no tiene nada que ver con uno. Entonces, encontrarse en la calle con un compañero de banca tendido, llamarlo, ‘te vamos a llevar al hospital’ y al darle vuelta ver que el balazo que le ha penetrado tiene un pequeño agujero pero el orificio de salida le ha desflorado todo el pecho… es una maduración de golpe como un fruto que todavía no está listo, la pérdida de la inocencia. Eso es lo que ha pasado con todos estos muchachos.

MARCHA. “Unidos somos un volcán”. (Foto Marvin Recinos, Afp).

—Aquel fue el origen de la guerrilla sandinista.
—En aquel tiempo yo no pensaba “vamos a coger un fusil”, era una reacción de desolación, de tristeza, de impotencia, de injusticia. En ese momento la opción armada para mí no existía. Para algunos de mis compañeros sí. El Frente Sandinista comenzó a emerger de ahí, del movimiento estudiantil.

—¿Eso quiere decir que ahora algunos también podrían optar por las armas?
—No creo, no he visto esa actitud. Es una especie de simulacro. Esos morteros que simulan un arma, el asalto a la Universidad Nacional… yo veía las tomas de televisión de los muchachos desplazándose como que estaban en una guerra, en el suelo, con los codos, tomando posiciones, pero sin armas, como un simulacro.

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Ramírez estaba de viaje cuando comenzó esta crisis que no duda en calificar como el peor momento de su vida.

“Cuando tenía 30 años hice todo lo que pude para que cayera la dictadura, ahora puedo hacer muy poco”.

Salvo usar su voz y su pluma. Ambas se unieron el 23 de abril de 2018. Recibía en España el Premio Cervantes mientras Nicaragua se echaba por primera vez masivamente a las calles, ya no para criticar reformas de ley que reducía prestaciones sociales, sino para exigir justicia ante la represión y el fin de Ortega. Fue la primera manifestación que incluía a los empresarios. El gobierno había perdido a todos sus antiguos aliados.

—El vaso se desbordó…
—Se rompe un muro de contención, hay mucha inconformidad, mucha rabia e impotencia acumulada. El gobierno siempre piensa que metiendo más turbas los pueden controlar. No pueden, y deciden disparar. Cuando a mí me tocó recibir el premio Cervantes había 40 muertos

—¿En qué se convierte ese momento, tan especial para un escritor?
—Fue terrible, yo tenía 40 muertos sobre mis hombros, sentí ese agobio. Estuve la víspera en una manifestación en Madrid y una chica me puso un lazo negro en la camisa. Yo lo guardé, me lo puse en la ceremonia y escribí en mi teléfono lo que yo iba a decir. Estaba consciente de que lo que dijera ahí era muy trascendente en ese momento. Y deliberadamente puse los jóvenes a-se-si-na-dos porque muertos es una cosa y asesinados es otra. Ahora el gobierno está queriendo vender la idea de que lo que ha habido es un enfrentamiento y eso es una gran falsedad.

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—¿Volverá Ortega a la mesa de diálogo?
—No hay otra salida. Ha reprimido con mano de hierro pero la paz forzada está mantenida por fuerzas de ocupación, patrullaje de enmascarados a los que la gente tiene terror porque disparan con armas de fuego sin previo aviso, catean las casas, se llevan a gente, como si fueran una fuerza extranjera de ocupación. Si estas fuerzas desaparecieran, la gente vuelve a salir. No es una lucha que terminó, que desistió, no.

—Pero hay mucho miedo.
—No hay quien no tenga miedo, yo salgo a la calle con miedo, pero el valor no es más que el miedo bien administrado. La gente domina el miedo y marcha con las banderas.

—¿Debería el ejército desarmar a los paramilitares como algunos piden?
—El ejército asumió al principio una actitud correcta, “no intervenimos”. Cuando el gobierno está usando fuerzas policiacas y tropas antimotines, el ejército está atrás. Pero llega un momento que ya no son capaces de controlar la situación porque la gente los rebasa, por eso reclutan a antiguos militares, antiguos policías, fanáticos, gente lumpen, los arman, los enmascaran y van a imponer el terror y hacer que la gente no salga de su casa. Y aquí la situación cambia y el ejército empieza a tolerar que una fuerza paramilitar se haga con el orden público y la constitución dice que el monopolio de la fuerza la tiene el ejército o la policía. Su obligación sería desarmar a las fuerzas paramilitares.

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—¿Aunque no lo ordene el presidente?
—Es su obligación constitucional.

—¿Y eso no es peligroso?
—Claro que es peligroso porque tiene muchos bemoles, es dar la intervención al ejército en un conflicto civil y no está entrenado para hablar con la gente. Es una solución riesgosa.

JÓVENES. Los principales participantes. (Foto Bienvenido Velasco Blanco, EFE).

—¿Quién podría presionar a Ortega para dialogar? ¿el ejército? ¿su familia? ¿sus intereses económicos?
—El deterioro mismo de la situación, un deterioro acelerado. De aquí a diciembre puede ir peor. Ortega tiene el control militar del orden público, puede detener a quien quiera, darle licencia legal a las fuerzas paramilitares…. Pero esa idea de que ya triunfó es falsa. La gente sigue reprimida y temerosa pero no se ha dado por vencida. Un día se va a encolerizar Ortega y va a ordenar reprimir. Ellos no aguantan, no son gente mentalmente preparada para vivir en un país en el que hay oposición.

Ramírez dibuja a un presidente que ha “perdido la razón” y a quien “no le importa nada” ni que estén presentes organizaciones internacionales en el país. Y pone como ejemplo el “despropósito” de la vista del canciller Denis Moncada al Vaticano para pedir que la iglesia quite a los obispos molestos de la mesa de diálogo, algo que la Conferencia Episcopal Nicaragüense ha rechazado porque dice que son un bloque, no individuos concretos.

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En este sentido, el intelectual se muestra convencido de tres cosas: es “inamovible” la presencia de la Iglesia en el diálogo; la comisión de la Organización de Estados Americanos acabará entrando al país (aunque el gobierno, de momento, se niega) porque si no llegarán sanciones que empeoran el aislamiento y la crisis económica; y habrá negociación.

“Las posibilidades de Ortega de mantenerse en el poder están agotadas. ¿Cuál va a ser la salida? Yo no lo sé. Pero que tiene que haber una negociación, tiene que haberla porque las elecciones tienen que darse antes. No llegamos a 2021 sino con un país completamente en ruinas”.

—La economía retrocede y no dejan de perderse empleos.
—La nicaragüense es una economía muy pequeña. La reserva del Banco Central son 4 mil millones de dólares pero solo 1 mil millones están disponibles; el resto está comprometido al pago de la deuda y ya van 800 millones en retiros bancarios. Todo el que puede va sacando su dinero hasta que las posibilidades de la economía se agoten. El escenario va a ser peor.

—¿Qué pueden hacer países de la región como México?
—Yo trato de animar al presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, a darse cuenta de que no puede aislarse de la situación de Centroamérica y Nicaragua. Él ha visto siempre México hacia dentro, no se ha preocupado por el entorno internacional, quizá su idea es que solo tiene una frontera, con EU, y no, tiene una frontera sur muy importante para la estabilidad porque es de donde llegan todas las migraciones. Mi interés es que escuche que en Nicaragua hay un conflicto muy grave que puede llegar a desestabilizar a todo Centroamérica.

—¿La crisis económica y los grupos paramilitares pueden generar un problema de seguridad?
—Esta es una situación ideal para los cárteles de la droga, es una situación muy peligrosa para toda la región. EU ya lo advirtió pero quizás López Obrador todavía no.

TRIUNFO SANDINISTA. Hace 39 años. (Foto: Pedro Valtierra /CUARTOSCURO.COM)

—¿Se podrá enjuiciar a Ortega por su responsabilidad en la actual represión?
—Es una pregunta muy delicada de responder. Quizás no sea posible porque para llegar a una situación política distinta tiene que haber una negociación, no un diálogo, una negociación. Yo fui parte de la negociación para sacar a Somoza. Lo botamos con la participación de Estados Unidos y yo, en nombre del Frente Sandinista me sentaba a negociar con el embajador y él me decía: “Mira yo tengo aquí la renuncia de Somoza. Póngale fecha cuando nos pongamos de acuerdo”. Él insistía en esto del aterrizaje suave, que no se rompiera la estabilidad de la transición a pesar de que estábamos en medio de una guerra civil.

—¿Qué fue lo más difícil de aquella negociación?
—Aceptar que una parte de la Guardia Nacional quedaba viva. Porque el último acuerdo al que llegamos con EEUU es que se depuraba la Guardia Nacional y que habría un estado mayor conjunto con los jefes guerrilleros sandinistas que iban a manejar un nuevo ejército. Eso ya no fue posible porque el entonces vicepresidente se negó a renunciar, la Guardia Nacional se desmoralizó y dejó el camino a la guerrilla para que entráramos a Managua triunfal. Pero ese no era el plan, el plan era compartir el poder con la Guardia Nacional porque era hasta donde se podía llegar. Y se negoció dejar salir a Somoza.

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—Ahora ¿cabría algo parecido?
—Yo estoy hablando del ejemplo. Aceptamos que Somoza saliera al exilio sin pagar sus culpas, crímenes que había cometido dejando caer barriles de dinamita sobre barrios abiertos, asesinando jóvenes, delitos de lesa humanidad… pero se hizo el acuerdo y escogió a 60 personas que se iban con él en el avión.

—Si se adelantan elecciones, ¿la oposición podrá hacer un frente común?
—Es que aquí no se va a votar a un candidato se va a votar contra el Frente. Será un plebiscito.

—Pero luego hay que gobernar.
—Ese es otro problema que no nos está estorbando en este momento. Una vez que haya ley electoral confiable, un calendario con supervisión internacional, van a estallar los intereses políticos pero ahorita no estamos en el plano político, estamos en el plano cívico. Corremos el riesgo que la oposición se fragmente en 40 partidos o que haya un frente único para sacar a Ortega.

—¿Será el fin del Frente Sandinista de Liberación Nacional?
—Es difícil saber porque a pesar de todo el sandinismo es una fuerza. Si van a elecciones, y no creo que vaya ni él ni su mujer, habrá algún candidato del sandinismo y algún voto sacarán.

—¿Se siente todavía sandinista?
—Yo soy sandinista. Sandinismo y orteguismo son dos cosas contrapuestas. Los ideales, los propósitos que defendíamos en la revolución, dejaron de existir.

—¿Qué se hizo mal en la Revolución? ¿Cuándo se torció para llegar hasta aquí?
—Los errores de la revolución fueron de otro tipo pero no engendraron el caudillismo. El caudillismo de Ortega no se engendró en los 80 cuando había una dirección política colectiva. Se vuelve caudillo en la soledad de la oposición, cuando el Frente Sandinista se desarticula. Lo que quedan son restos que él recoge, tiene la habilidad de juntarlos. Hace un trabajo muy eficaz. Ortega tenía frenos, tenía límites, había un partido, hoy no existe nada de eso, solo Ortega, su mujer y unos operadores políticos que ejecutan lo que ellos dicen. Es un matrimonio que dirige un conglomerado político.

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—¿Qué mensaje les da a los jóvenes nicaragüenses que hoy están en la clandestinidad?
—Esperanza. Esta no es una lucha perdida, es una lucha ganada pero que tiene un plazo incierto. Es como las cacerías, cuando un animal herido corre y corre, pero caerá.

Los saludos han interrumpido un par de veces la conversación. Sergio Ramírez apura su limonada y paga la cuenta. Sigue platicando, sin prisas. Ha dejado aparcada temporalmente la literatura y los viajes.

“No me siento bien (estando) lejos”.

Sabe que este es su nuevo trabajo: hablar.

Artículo publicado el 12 de agosto de 2018 en el edición 811 del semanario Ríodoce.

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