Meade y Anaya no levantan; el Peje, imparable

AMLO EN SINALOA. En caballo de hacienda.

Los actos masivos no dan votos, le dijo al diario Noroeste Jesús Aguilar Padilla, coordinador en Sinaloa de la campaña de José Antonio Meade. Le habían preguntado su opinión sobre los actos de Andrés Manuel López Obrador, en particular uno realizado en Mazatlán, “multitudinario”.

Y tiene razón: no hay una necesaria equivalencia entre buenos actos masivos de campaña y un resultado exitoso en las urnas. Pero que lo diga el ex gobernador es como para quedarse mirando hacia arriba tocándose la barbilla y haciéndose preguntas, como algunos de los emoticonos del WhatsApp. Se aprecia hasta raro porque fue el PRI quien inventó estos actos y la forma de retacar espacios abiertos y auditorios para mostrar músculo aunque todos supiéramos que la mayoría eran contingentes acarreados.

Esas multitudes eran parte ya de un sistema corporativo que nos dominó desde los años 30 hasta la fecha a través de organizaciones obreras campesinas y “populares”. De tal forma que hasta cuando su candidato a la presidencia de la república en 1976, José López Portillo, fue solo a la elección porque no tuvo contrincante, se paseó por el país llenando plazas con miles de mansos y pobres acarreados.

Es verdad, los actos masivos como los conoce y los ha promovido Aguilar Padilla no dan votos, pero algo dicen en circunstancias distintas a las que nos acostumbraron los priistas. En 1988, por ejemplo, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas llenó plazas en todo el país. No eran acarreados. Ningún candidato logró meter al zócalo capitalino los cientos de miles de simpatizantes que fueron al cierre de campaña del candidato del Frente Democrático Nacional. Y en las circunstancias de ese momento, esos actos reflejaban una realidad distinta a la que podían decir los eventos del PRI, con Carlos Salinas como candidato. La gente se volcó a votar por Cárdenas y éste ganó la presidencia, solo que tumbaron el sistema y le robaron la elección. Eso lo reconoció el propio ex presidente Miguel de la Madrid en sus memorias antes de morir. Dijo que México no estaba preparado para un gobierno de izquierda y que por eso entronizaron a Salinas.

Como en 1988, la gente está hasta la madre ahora también. Hasta la coronilla de la corrupción, de la pobreza, de la falta de oportunidades para crecer en su bienestar, de las burlas de la clase política, del incremento de los precios, de la violencia y la inseguridad. Cárdenas en aquél entonces representó una esperanza para millones de obreros desempleados por las políticas neoliberales que iniciaron con Miguel de la Madrid, para millones de hombres y mujeres de la clase media empobrecida y para millones de campesinos que tenían tierra pero no con qué sembrarla. En 2018 están presentes muchos de esos elementos y se concentran en el hartazgo de la gente sobre todo en dos temas: inseguridad y corrupción, que al final terminan siendo parte del mismo problema.

Y les guste o no a los priistas y a los panistas y a los perredistas, pero si alguien encarna ese hartazgo ahora es Andrés Manuel López Obrador. Y nos equivocamos quienes dijimos que sería para él difícil superar el techo de los 35 puntos de las preferencias de los electores en la justa presidencial. De donde se encuentra ahora —decíamos pocos días antes de que iniciaran las campañas— solo puede bajar. Y por lo tanto, sus contendientes subir. Se antojaba entonces que los dos que le siguen, Ricardo Anaya y José Antonio Meade, pudieran levantar y emparejar la elección presidencial. El otro escenario era que uno de los dos levantara a costa del rezago del otro, convirtiéndose esto en una contienda de dos.

Nada de esto ocurrió; el Peje siguió subiendo en todas las encuestas y los otros dos candidatos no solo no levantan sino que, al parecer, Anaya ha perdido puntos gracias a la contracampaña que le enderezó el PRI con aquello de su operación para lavar dinero a través de la compraventa de terrenos y bodegas. Mientras, Meade se mantiene rezagado entre 16-19 por ciento de las preferencias.

Así, López Obrador va solo en la contienda, como cuando un caballo se despega, mientras los otros pelean entre sí, pero no buscando alcanzar al delantero porque eso ya es imposible, sino por posicionarse en el segundo lugar.

Bola y cadena
LAS PRECAMPAÑAS SIRVIERON para que López Obrador consolidara su estructura, su discurso y su posición de delantero en las preferencias y se pensaba que, iniciadas las campañas podría observarse un cambio en las tendencias, pero ocurrió lo contrario. Los actos realizados en la semana pasada por ciudades del noroeste del país hablan de la fuerza que ha adquirido su campaña —sobre todo porque se trata de entidades y electores que en las elecciones de 2006 y 2012 se mostraron reacias al discurso del tabasqueño. Serían, por tanto, votos nuevos.

Sentido contrario
NADIE DUDA QUE LAS ESTRUCTURAS del gobierno, en Sinaloa, las del estatal y las de los municipales, van a trabajar en favor de los candidatos del PRI. Habrá para ellos recursos materiales y dinero; sobre todo dinero siempre lo hay. Pero no solo de los gobiernos; hasta ahora nada se ha dicho sobre a quién y a quiénes va a apoyar el narco en Sinaloa. Y no es poca cosa.

Humo negro
Y A PROPÓSITO DEL NARCO HA INICIADO una nueva guerra al interior del Cártel de Sinaloa, concretamente entre las huestes de la familia Guzmán, pues no se ponen de acuerdo Aureliano, hermano de Joaquín, el Chapo Guzmán y los hermanos Iván y Alfredo Guzmán Salazar, sobre quién va a manejar el negocio de la gasolina. Por eso los enfrentamientos en la zona del Tamarindo. ¿Saldrá, como en otros casos, algún enviado del Gobierno que les diga “tranquilos, señores, para todos hay… esto es un negocio”?

Columna publicada el 22 de abril de 2018 en la edición 795 del semanario Ríodoce.

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