Malayerba: Encapuchado

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El ritual de verse todos los días en el expendio de cerveza se rompió esa tarde. Ya la sábana oscura y traslúcida empezaba a tenderse sobre el horizonte y el sol caía, rendido, detrás de la orografía infinita.

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Cuando llegó la camioneta él pensó que eran unos clientes más. No como ellos, que se la pasaban desde antes de que abriera el expendio para alimentar y humedecer sus gargantas. Esperó a que bajaran alguna yelera o escuchar el clásico déme un ochito.

Uno de ellos, el que iba manejando y no soltó el volante, dijo en voz alta, Ese es. Y otros dos lo tomaron por sorpresa, por la espalda: uno le colocó una capucha y el otro lo sujetó con fuerza, jalando sus brazos hacia atrás.

Ahora sí ya te llevó la chingada, cabrón. Vámonos.

Los que estaban ahí, en ese hábito diario de hurgar en el fondo de botes y botellas, retrocedieron dos pasos. No dijeron nada. Observaron, bajaron los brazos y ante la mirada filosa de los hombres armados, esquivaron pupilas.

Lo aventaron al piso de la doble cabina y los dos que iban en esos asientos montaron sus pies sobre su cuerpo. Qué pasó, de qué se trata compa, les dijo, con una voz temblorosa que se quebraba en medio del brincoteo.

Cómo te llamas, cómo te dicen en la colonia. Mmj. Para quién trabajas. Quién es el que está asaltando ahí, en los alrededores. Quién vende polvo. Conoces al Meño, al que detuvieron los militares.

Le preguntaron de todo, muchas veces. Cuando no sabía la respuesta eso les contestaba. Y siempre obtuvo una patada en los costados o un golpe con mano apuñada en la cabeza, como reprimenda. No te hagas pendejo, sabemos quién eres, dónde vives.

Percibió cuando dieron vuelta. Sintió en su pecho, confundiéndose y construyendo arbitrarias síncopas, el paso de las llantas por baches, vibradores, topes y piedras, en caminos de tierra.

Quiso adivinar a dónde iba. Cerró los ojos al imaginar su muerte, el cañón humeante, los ojos inyectados de su verdugo, el cuerpo frío y ya en el suelo, baldío, y su sangre huyendo, emanando, a borbotones.
Compa, no me hagan nada. No me maten, por favor. Yo no he hecho nada.

A la chingada. Vas a hablar porque vas a hablar. A menos que quieras que te lleve al infierno. Te vamos a matar.

No, por favor, no. Le hicieron las mismas preguntas: que el vendedor de drogas, que si por qué habían matado al muchacho que vivía a la vuelta, que si era soplón del Ejército o de la Policía.

Trató de decirles la verdad. Pero en ocasiones, nervioso, colapsado, se confundía y no sabía lo que decía.
Se detuvieron. Abrieron una de las puertas y bajó uno. Sintió el cañón de la pistola en su cintura. Le dijo, Camina. Pensó le peor: no mi compa, no me mate. Camina, pendejo. No, oiga. Vas a caminar o no hijo de la chingada.

Dio tres pasos y se detuvo de nuevo. Le pusieron otra vez el cañón. Está bien, está bien, contestó. Dio otros cinco pasos. Esperó la muerte. Oyó el trac-trac del arma de fuego cortando cartucho. Qué camines, le gritaron de nuevo.

No pudo moverse. Gritó que lo perdonaran. Escuchó que uno de ellos se acercaba. Le dijo está bien, pues. Le quitó la capucha. Abrió los ojos con desespero: estaba frente a su casa.

Volteó cuando uno le dijo, Ten. Era un billete de doscientos. Pa’ que te la cures.

Artículo publicado el 14 de mayo de 2023 en la edición 1059 del semanario Ríodoce.

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