Cine: ‘Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades’

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El mexicano Alejandro González Iñárritu “se pone el guarache antes de espinarse” y en el discurso que un antiguo amigo (Edison Ruiz) le da a Silverio (Daniel Jiménez Cacho) acerca de su multipremiado documental, define claramente lo que es Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades (México/2022): “Un ejercicio sumamente pretencioso e innecesariamente onírico (…), una sumatoria de escenas carentes de sentido (…). Todo está dicho como en metáfora, pero sin inspiración poética. Es como si te lo hubieras robado de algún lado (…). Es un plagio mal encubierto (…); es banal, fortuito (…): usaste las glorias de la historia para hablar de ti mismo”.


La cinta, escrita por González Iñárritu y Nicolás Giacobone, cuenta la historia un documentalista que, tras 20 años en Estados Unidos, regresa a México para afrontar su pasado, cuestionar su familia, su país, la nación en la que ha vivido y a su propia identidad. El filme en el que se aborda la paternidad, el nacionalismo, el odio/rechazo/coraje a los Estados Unidos, la hipócrita y convenenciera dependencia a esta nación y la pérdida de un hijo, no tiene una narrativa convencional, está cargada de simbolismos y fluctúa entre verdades e irrealidades, lo nostálgico y onírico (¿surrealista?).

La película disponible en Netflix, luego de su paso por las salas de cine, lo mismo hay quienes la enaltecen, la elogian o la rechazan y tildan de pretenciosa. Lo cierto es que, ya sea como una catarsis o una necesidad expresiva, es evidente que en Bardo… González Iñárritu se muestra a sí mismo como ese cineasta mexicano radicado en Los Ángeles desde hace dos décadas, junto a su esposa y dos hijos.

Hay que reconocer que técnicamente es mayormente atractiva, que las actuaciones son más que cumplidoras y algunas excelentes, como la de Jiménez Cacho, y que hay escenas, realmente, interesantes (la reconciliación de un padre y un hijo, en un baño), pero también que algunos efectos por computadora no son muy buenos: las piernas abiertas de Lucía (Griselda Siciliani), al dar a luz a Mateo, no corresponden con su cuerpo, lo mismo que este no concuerda con la enorme cabeza de un Silverio niño.

En esos 159 (a veces aburridos) minutos son innecesarios, y algunas frases y situaciones se perciben puestas a la fuerza y estereotipadas: “Qué hermosa esta ciudad tan fea”; “habla en español, estamos en México”; “habla español, ¿no?, tienes más cara de mexicano que yo”; “América es un
continente. Todos somos americanos”; “solo los mexicanos somos capaces de convertir una vergonzosa derrota en una victoria mítica”; “México no es un país, sino un pinche estado mental”; “eres un pendejo, ni eso sabes hacer: Chinga tu madre”; “la vida no es más que una pequeña serie de eventos sin sentido”.

Sin embargo, de la misma manera que el director autocritica su cinta, también la justifica en voz de su protagonista y “a lo mejor es solo una crónica de incertidumbres (…). No me interesa hablar de mi vida. La memoria carece de verdad, solo tiene convicción emocional. Además, estoy casando de decir lo que pienso y no lo que siento. A esta edad la vida pasa tan rápido que, más que vida, yo la siento como una convulsión, un tumulto de imágenes, recuerdos, trozos de instantes apachurrados, hechos nudo”. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 25 de diciembre de 2022 en la edición 1039 del semanario Ríodoce.

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