Abyección política

SENADO DE LA REPÚBLICA. Al servicio del Ejecutivo.

La semana que acaba de terminar nos ha dejado una escena de abyección que pensamos que ya habíamos dejado atrás con el proceso de desarrollo democrático de los últimos 40 años y que tiene que ver con un mundo plural donde en la diferencia hay espacio para el entendimiento mediante el diálogo, la negociación, el acuerdo político y el buen convivir.

Y es que resulta que la sumisión de la mayoría que vimos primero en la Cámara de Diputados, se reeditó en la Cámara de Senadores.

A diputados y senadores morenistas, pevemistas y petistas, les llegó la iniciativa presidencial de reforma electoral y al ser rechazada por la oposición como estaba previsto, se puso en marcha lo que se conoce como Plan B.

Un conjunto largo de reformas a leyes secundarias, reglamentos y códigos y este documento de más 300 cuartillas fue votado sin haber sido leído y al no conocerse, menos, fue discutido y acordado con las fracciones de la oposición.

No es mi interés reproducir el relato ya conocido sino sustanciar esto que denomino abyección política de la mayoría legislativa.

¿Qué es la abyección simple y llana? De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española tiene dos acepciones: Una, como bajeza y envilecimiento extremo, mientras la otra, es simplemente humillación.

Mejor lo que nos dice Martha Nussbaum, una filosofa judía, que ha escrito sobre la condición humana en situaciones límite, la frontera entre la abyección y la dignidad humana.

Dice está filosofa que “la repugnancia tiene que ver con el temor a incorporar en nuestro interior, en nuestro cuerpo, un elemento contaminante –lo abyecto, lo que se rechaza o arroja fuera de sí– que proviene de un objeto ofensivo. Se siente repugnancia o asco porque uno piensa que se volverá vil o contaminado por la ingestión o contacto con aquel objeto. ¿Y cuáles son los objetos que generan repugnancia? Son sobre todo los animales y productos derivados de los animales, aquellos que consideramos desechos o basura. Es decir, la repugnancia se centra en la descomposición y los desechos animales, en cadáveres y heces”.

Ergo, la abyección, ocurre cuando consumimos algo que culturalmente nos han dicho “no has de comer” porque te puede envilecer y eso entre los políticos poco éticos, lo leen en clave de que la política es el “arte de comer mierda sin hacer gestos”, lo que choca con una visión humana y se acerca más al espíritu animal.

Justo, la Nussbaum, explica esto de la siguiente manera: “a todo esto subyace la necesidad de establecer una clara frontera entre nuestra humanidad y nuestra condición animal, entre el ser humano y los animales…La mayoría de las culturas, si no todas, vinculan la dignidad humana con la capacidad para lavarse y eliminar desechos…la repugnancia, entonces, está relacionada en última instancia con el temor a ser mortales y corruptibles. La filósofa sigue aquí al psicoanalista E. Becker, quien señala que la excreción muestra al hombre su abyecta finitud, su frágil condición material. De ahí que nos produzca ansiedad la vulnerable condición que compartimos con el resto de los animales, el hecho de que estemos destinados a la descomposición y a convertirnos en productos de desecho”.

El individuo que milita en un partido está en ese espacio cerrado donde implícitamente hay un dilema que puede estar o no resuelto, y eso tiene que ver con las prácticas que en el existen sean democráticas o autoritarias, lo que significa que en democracia la repugnancia se dirime a través de la toma de decisiones colectivas y, en el autoritarismo, los individuos que están en política frecuentemente deben como vulgarmente se dice “tragar sapos” o “comer mierda”. Y al hacerlo, está más cerca, de aquella imagen plástica justificativa: “Hay que ser cochi, pero no tan trompudo”.

Lo que vimos el miércoles y el jueves por la madrugada fue la renuncia ética de la izquierda más moderna a seguir hablando, como lo hacía en el pasado. Como la reserva moral y de justicia social de este país. Al someterse a los dictados autoritarios de AMLO engulló lo que siempre dijo que no haría porque “moralmente” era superior. Dejó a un lado la repugnancia y se atascó en lo que repugnaba. Se atascó en la abyección y si lo vemos en términos maquiavélicos de que “el fin justifica los medios”, nunca la regresión autoritaria será un mérito, y menos para la izquierda.

Al tiempo.

Artículo publicado el 18 de diciembre de 2022 en la edición 1038 del semanario Ríodoce.

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