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Gobierne como gobierne, la mayoría con AMLO

CIUDAD DE MÉXICO, 01DICIEMBRE2021.- Miles de personas han comenzado a arribar al Zócalo capitalino para escuchar el mensaje por los tres años del triunfo del presidente Andrés Manuel López Obrador. Entre banderas, peluches e imágenes del presidente las y los seguidores del mandatario han tomado su lugar en la plancha del primer cuadro de la ciudad.  
FOTO: GALO CAÑAS/CUARTOSCURO.COM

Si ya dos años eran suficientes para hacer un balance de su gestión, ver hacia dónde llevaba al país, medir sus logros y detectar sus fallas, a la mitad del camino este ejercicio no es solo necesario, sino inevitable. Más cuando estamos ante una presidencia de la república que no habíamos tenido, por su significación, tal vez, desde Lázaro Cárdenas, hace más de 80 años.

Vicente Fox y el PAN tuvieron el mérito de derrocar al PRI en las elecciones del 2000, pero fue tan timorata su administración y eran en el fondo tan parecidos uno y otro partido, que luego de gobernar doce años un país hambriento, terminaron por regresarle el poder.

Mientras, Andrés Manuel López Obrador, no la izquierda, sino él, tejía su proyecto. Identificado con los más pobres, que se contaban (y se cuentan todavía) por decenas de millones, orientó hacia ellos su discurso y sus arengas, enfocando sus baterías contra lo que denominó la “mafia del poder”.

Desde las elecciones de 2006 Andrés Manuel pudo ver el hambre de cambio de la gente pobre y buena parte de la clase media que no se sintió representada por un panismo desprovisto de un proyecto de país alternativo a lo que había construido el PRI durante más de 70 años. Le robaron la elección y el gobierno espurio de Felipe Calderón, sin idea tampoco de hacia dónde ir en medio de la polarización que dejó la forma en que llegó a la presidencia, terminó pavimentando el camino para el regreso del PRI en una de sus versiones, la última por fortuna, más mediocres y nefastas.

Terco, tal vez por visionario, AMLO no dejó de trabajar a pesar de la derrota en las elecciones de 2012. Se había salido del PRD, que terminó siendo un partido de utilería y construido su propio movimiento al que llamó, también con una visión muy clara de quiénes serían sus bases, Morena.

El resultado lo obtuvo en 2018, una elección histórica donde medio México votó por lo que él llamaba en campaña “un cambio verdadero”. La gente estaba hasta la madre de gobiernos que excluían criminalmente a la gran mayoría de mexicanos mientras brindaban privilegios a unos cuantos empresarios y políticos que saquearon las riquezas del país y los recursos del erario durante décadas, la corrupción como método y sistema.

Por eso la gente votó con mucha esperanza de ver un cambio, de enterrar para siempre un pasado lleno de marginación, de humillaciones, de cinismo y de corrupción. El reto, entonces, era descomunal. Por ello no es gratuito que ante la persistencia de males como la violencia, se apele a la herencia recibida, una forma clásica de no asumir la responsabilidad, el pasado como refugio.

Andrés Manuel ha logrado, como buen neoliberal, mantener hasta ahora las finanzas sanas. No ocurrió lo que tanto advirtieron sus “adversarios” y eso lo alejó ya del chavismo con el que tanto compararon su movimiento. Pero, por el contrario y a pesar de constituir el eje central de su discurso, no ha bajado el número de pobres sino al revés, de acuerdo a los números del INEGI.

Se hizo más fuerte con los programas sociales, sin duda, aunque estos no estén disminuyendo la pobreza. Ha tenido un pésimo manejo de la pandemia con alrededor de 700 mil muertos y tiene a México entre los países que menos apoyos brindó a las empresas pequeñas para paliar la crisis. La violencia generada por el crimen organizado es más brutal ahora que con Peña y Calderón… pero su popularidad sigue siendo la más alta que ningún presidente a la mitad del camino, pues trae una media de 65 por ciento según todas las encuestas.

Los encuestadores coinciden en un punto interesante: la gente reprueba sus políticas de gobierno, pero lo aprueba a él en lo personal. Y eso habla de su carisma y de la capacidad que ha tenido para comunicar. Polariza, sí, pero en esa polarización sale ganando por una razón sencilla: los que están de su lado constituyen esa mayoría históricamente marginada que el mismo sistema priista, ahora prianista, se encargó de acrecentar durante décadas.

Bola y cadena
A LA VUELTA DE TRES AÑOS queda claro que López Obrador no gobierna para todos; aquel discurso de toma de posesión fue solo eso, un discurso que se fue a la basura. Es verdad que su preocupación central son los más pobres pero ni siquiera sus programas sociales han sabido llegar a ellos. En vez de armonizar diferencias para conducir al país a un desarrollo con justicia social, las ha exacerbado, aplastando todos los días la discrepancia por mínima que ésta sea. No tolera la crítica y puede ser profundamente vengativo con quienes lo cuestionan, medios y periodistas incluidos.

Sentido contrario
EN EL DISCURSO DEL 1 DE DICIEMBRE el presidente no le habló a los mexicanos que debe gobernar al margen de ideologías y posturas políticas, sino a sus bases, a las mujeres y hombres que conforman su movimiento. Por ello puede decir que respeta la Constitución y ser aplaudido, que en su gobierno no hay privilegios para nadie y ser vitoreado, que se acabó la corrupción y ser aclamado, que hay transparencia, democracia, respeto a la crítica… Muchas de esas aseveraciones son profundamente cuestionables pero ninguno de los 250 mil que acudieron al zócalo estaba allí para cuestionar nada, sino para festejar el triunfo de hace tres años, más allá de si su líder gobierna bien o mal, porque de ese tamaño los “adversarios” del movimiento hicieron crecer ese desprecio por ellos.

Humo negro
PREGÚNTESELE, POR EJEMPLO, a cualquiera de esos 250 mil si se está militarizando al país y responderán que no porque así lo dijo Andrés Manuel. Aunque las manos y las botas castrenses ahora estén por todos lados, en las calles, en los bancos, en los hospitales, en el sector salud, en la construcción, en los puertos… Esto sí, me temo, peligrosamente “irreversible”.

Artículo publicado el 5 de diciembre de 2021 en la edición 984 del semanario Ríodoce.

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