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Don Cachito y su nostalgia por la ciudad

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Al icónico personaje que recorrió las calles de la ciudad vestido de rojo y amarillo, se le nublaron los ojos y poco escucha

Don Cachito no está vestido de rojo con amarillo. Tampoco trae puestos sus tenis blancos, ni sus lentes de alta graduación, ni trae su bolsa de plástico en mano, esa misma con la que recorrió los rincones de la ciudad vendiendo la suerte.

Su figura apenas se distingue a través de las rejas de su casa. Dormita en el sillón frente a una imagen religiosa y un abanico con el que mitiga el calor.

Está en compañía de una de sus hijas, en ese espacio del que poco ha salido desde hace tres años, cuando sus ojos se nublaron y su audición disminuyó casi por completo, pero no así su mente: lúcida y precisa.

Los 91 años que ha vivido le han permitido no perder sus recuerdos, asegura, mientras se acomoda y ofrece vestirse de rojo y amarillo. No se le avisó con tiempo por eso no estaba cambiado así.

También dice en voz alta: “Aparte de ciego, ahora estoy sordo, pero de repente la gente pasa y me grita o me toman fotos sin que me de cuenta”.

“Tengo casi tres años aquí sin salir, yo viví toda mi vida recorriendo las calles; trabajé 38 años en correos y cuando me jubilé empecé a vender cachitos de lotería y ahí conocí mucha gente que hasta me quería abrazar y tomarse fotos”.

Por aquí pasó Don Cachito

El Mercado Garmendia, Catedral, la calle Rosales, Ángel Flores y el Mercado de Abastos, configuraron los lugares comunes por donde César Gaxiola Rodríguez vendió cachitos de lotería. Durante más de 30 años, esa fue su rutina.

Desde entonces su visión, no le respondía del todo. Tenía cataratas, después glaucoma y finalmente una infección, que le impidió de nuevo mirar los colores y resplandecer con su vestimenta bicolor entre la gente.

Don Cachito se volvió un personaje icónico de la ciudad. Se crearon páginas en las redes sociales y logró tener más de 20 mil seguidores en facebook.

Ahora es pasado, asegura: “Aquí me la paso, claro que sí extraño todo eso pero me estaban curando las cataratas, y luego me dijeron que tenía glaucoma y me cayó finalmente una infección, que ya no sané, no veo nada”.

“Con esta enfermedad que hay, dejaron de atenderme porque según ellos, la mía no es grave, yo compro mi propio medicamento pero sí estoy desesperado porque ya tengo mucho tiempo en la casa y no puedo salir”.

Los seres de otro mundo

Aunque su visión y audición mermaron, Cachito no perdió su conexión con los ‘seres del más allá’. Ellos mismos le indicaron los colores de la vestimenta y le confiesan secretos que no puede revelar porque lo ‘castigan’.

“Es curioso porque aunque no veo nada, cuando esto se me aparece, sí logro verlos y me siguen mandando mensajes, eso no va a terminar hasta que me muera, son cosas que no son de este mundo. Miro sin mirar, cuando llegan”, precisa.

CÉSAR GAXIOLA RODRÍGUEZ.
Amor por la vida.

“No puedo decir lo que me dicen porque me castigan, pero estoy pensando que si lo digo a nivel mundial, ya no voy a ser castigado, porque eso he pensado dar a conocer todos los mensajes que me dan”.

Ahí sentado en el sillón gris y sin perder su vigorosidad para hablar, recuerda que a los 4 años empezó a mirar en el cielo discos de colores. Se les quedaba mirando y desde entonces se sintió rechazado por sus compañeros.

“Mi mamá fue la única persona que me entendió en ese momento y gracias a ella me pude venir a los 18 años a Culiacán para superarme”.

‘Yo no miré al papa’

Solo tiene contacto con su familia y con pocos clientes que le siguen comprando cachitos de lotería, pero no siente soledad.

Pausa la voz y revira: “A veces veo por la reja de la puerta a la gente pasar, sí quisiera andar en la calle porque eso ha sido mi vida, pero aquí en la casa me la paso de un lado al otro, me siento, me acuesto, lavo mi ropa, no falta”.

“Quiero poner aquí un puesto de venta de boletos de lotería, eso quiero hacer, estoy esperando que me atiendan y me arreglen los ojos”.

Antes, rememora que sus hijos le enseñaba en la computadora sus fotografías con personajes y lugares que nunca conoció, por ejemplo le dijeron que lo vieron en Guanajuato con el Papa y eso nunca sucedió.

“Oyes, me dijeron que fuiste con el Papa y me enseñan ahí la foto y eso es mentira, yo nunca conocí al Papa, eso no se vale que alguien vaya y se vista como yo y ocupe mi lugar”.

“Estoy esperando que vengan de la televisión y me inviten a hacer anuncios, me ven por todos lados pero yo no me entero y a mí no me dan nada. Nomás me dicen y yo me cambio de rojo y amarillo”.

No sé si se acordarán

Don Cachito está alejado del bullicio de los jóvenes que lo seguían para fotografiarse con él. Desde el interior de su casa todo es quietud. No sabe si la gente se acuerda aún de él, pero sabe que por ahí debe andar en las computadoras, eso me dicen sus hijos.

Insiste en vestirse de rojo y amarillo, así quiere que lo vean siempre para que en la memoria de la gente no se olvide.

“No quiero que me olviden, claro que no, me gusta que se acuerden de mí y me recuerden cuando yo caminaba por las calles, vendiendo cachitos de lotería”.

Y sí, acepta que tiene nostalgia por la ciudad, por la gente, por los colores que ya no puede mirar.

Artículo publicado el 26 de septiembre de 2021 en la edición 974 del semanario Ríodoce.

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