julio 26, 2021 7:08 AM

Cuántos rojos tiene el rojo

covid-Mazatlan

El 10 de julio de 2021, día 499 de la pandemia contando desde el primer caso detectado, se reportó la muerte de una paciente mujer de 100 años que falleció en el hospital general de Escuinapa con la precondición de hipertensa. Sin conocer los detalles de su historia, solo el dato de un siglo de vida es relevante. El otro, que ella murió seis meses antes, el 12 de enero. De ese nivel puede ser el retraso en la base de datos que se reporta día con día por la Secretaría de Salud –en este caso la de Sinaloa, pero lo mismo sucede en otras entidades y por tanto en todo el país.

El martes 13 de julio se reportó la muerte de un paciente masculino de 61 años en la Clínica del Mar de Mazatlán, diabético e hipertenso, como en el caso de la paciente de 100 años él murió también seis meses antes, el 18 de enero pasado. Ese día además se reportó una muerte del 3 de febrero –ocurrida cinco meses atrás-, otra del 13 de marzo –cuatro meses antes-, dos del mes de abril –tres meses antes-, y una de mayo –dos meses.

Esto no es más que una constante en los reportes diarios sobre las muertes que entran a la tan discutida plataforma de salud. ¿Cuántas muertes por Covid ocurrieron el 10 y 13 de julio? Durante muchos meses será imposible saberlo, es una actualización constante. Hasta el corte de la primera quincena de este mes, ese 10 de julio ya contabiliza 13 decesos que sí corresponden a ese día, en un mes donde empiezan a verse las consecuencias de la tercera ola en que estamos.

Pasamos el día 500 de la pandemia –fue el 11 de julio- en casi año y medio no han podido conformar un sistema de alimentación de datos para que la plataforma contenga información actualizada –sería soñar pensar que tuviera información en tiempo real. Ni la Secretaría de Salud con sus sistemas desconectados, retrasados, ni tampoco la Secretaría de Innovación, que en teoría debiera encargarse del tema del uso de la tecnología y la actualización de procesos. Nada. Seguimos como el primer día, por más extraño que parezca.

Y 500 días después, también estamos en una situación muy parecida a los primeros meses de la pandemia: Con la amenaza de la saturación de hospitales, con los contagios diarios en niveles aun superiores a las etapas peores de la pandemia –que hemos llamado como primera y segunda olas-, y con registros de muertes que superan el promedio que se había tenido hasta el momento que eran 13 decesos diarios, la última semana subió a 17 (con la acotación explicada antes de que son muertes que no corresponden a esos días, sino anteriores).

El punto que es que volvemos al semáforo rojo, decretado a partir de este lunes 19 de julio. Aunque sabemos también que el semáforo nunca fue una herramienta de utilidad para que ciudadanos y gobierno tomaran decisiones sobre las actividades y la movilidad. Ese semáforo no fue más que adorno. No controla tráfico, crea confusión, es más parecido a un teléfono descompuesto que a un semáforo.

Margen de error

(La ola) Si revisamos los datos, estamos en rojo desde hace semanas. Y aquí es donde es determinante la información a tiempo, el flujo de datos desde las unidades hospitalarias hasta la Secretaría de Salud, el procesamiento y la difusión. De lo contrario seguirán tomándose medidas a destiempo.

Hay una certeza a estas alturas, y si no se ha entendido algo anda mal en nosotros mismos, no en los gobiernos: la protección de los contagios dependerá de cada quien. El Estado –en todos sus niveles y de todos los colores- entendieron que la economía no soportaría cierres masivos y prolongados de la actividad. El impacto en el empleo y en los ingresos individuales sería catastrófico.

Que cada gobierno podría hacer mucho en más en cada nivel, sin duda es así, y todos se han visto rebasados 15 meses después. Podrían contenerse los excesos que por mantener las actividades económicas se permiten o solapan, podrían vigilarse los sitios públicos y las concentraciones. Podrían ser más serios y ecuánimes, en lugar de dictar tonterías como el cierre de playas a las 8 de la noche, como es en Mazatlán, para que los cientos de turistas estén hombro con hombro en la banqueta del malecón.

Aquí, desde hace tiempo, es un sálvese quien pueda. La pandemia seguirá costando muerte, dinero de las finanzas personales, y problemas prolongados en la salud pública.

Pero cuidado, que se entienda, quien espera que los gobiernos le dicten las medidas y los protejan, que despierte de ese sueño.

Primera cita

(Ojo rojo) Hay de rojos a rojos. En el mundo de la moda, especialmente el de los cosméticos, es maravilloso el ingenio para distinguir un rojo de otro rojo. Los nombres que se utilizan para distinguirlos llegan a alcanzar niveles de creaciones poéticas, o ingeniosas referencias según la marca.

El 999 de Dior, dicen quienes sabe que es un tono de rojo “inimitable”. Está el Cruella de Nars, “un rojo escarlata”. Y así otros, igual de impresionantes en su descripción para el mercado.

Dave, el protagonista de Linda 67 la novela policiaca de Fernando del Paso, trabaja en una agencia de publicidad y se dedica a pensar en nombres atractivos para los colores de los cosméticos. El día que planea matar a su esposa, Linda, sueña en rojo:

“Rojo amanecer. Rojo mediodía. Rojo atardecer. Rojo Linda. Rojo sangre. Rojo Olivia. Linda se ahoga en un mar de sangre. Olivia vomitaba cerezas rojas, redondas, brillantes. Dave se hincaba ante Papá Sorensen y le enseña las manos, que estaban rojas. Papá Sorensen era Benjamín Franklin, con los labios pintados de rojo…”

Deatrasalante

(Es) Estamos en rojo, como ayer y antier. Y quizás como mañana y pasado. El que entendió entendió (PUNTO)

Columna publicada el 18 de julio de 2021 en la edición 964 del semanario Ríodoce.

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