julio 26, 2021 8:26 AM

Malayerba: Tan bonita como Maribel

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Hace chou de Selena. Pero asegura eufórica que ya vestida se parece a Maribel. Y se apura a negar la prostitución como una de sus formas de sobrevivencia. Es un joven de veintiocho. Él es ella. Al menos lo quiere ser.

Lea: Malayerba: Sola https://bit.ly/2Twi0rc

Allá en Los Cabos tenía pareja. Nada más que con el comandante de la policía de aquel lugar. Vestido de mujer, con ropa entallada y luciendo ese cuerpo atlético que confunde a cualquiera, se dispuso a pasear por el malecón. Prohibidos los travestis y sus exhibiciones públicas, fue detenido por agentes de la corporación.

Le advirtió al agente que lo esposó y subió a la patrulla. Te vas a arrepentir, cabroncito. Le dijo con esa voz que pretende ser suave y vestirse de femeneidad. Pero el uniformado apenas sonrío, burlesco.

Hasta los separos de la corporación llegó el comandante. Bastaron sus gritos en la barandilla para que su pareja fuera sacado de la cárcel. Otro grito más para dejar al agente osado tres días castigado en las mismas celdas.

Y él lo platica con orgullo: mi hombre me rescató, mi héroe, mi gordito.

Allá trabajaba en una estética propiedad de una narca. Lujos en los sillones del local. Aparatos con tecnología de punta. Tintes, uñas acrílicas, pelucas, secadoras, tubos calientes, plancha para alaciar, cosméticos. Lo mejor.

Sin mucha clientela, pero no hacía falta. Había que mover el dinero, invertirlo y reinvertirlo. Ponerle escaparates para distraer al enemigo… y a la policía. Todo iba viento en popa. Pero los buenos sueños duran apenas una primavera. La competencia llegó e hizo sus advertencias: estando el personal adentro y con la dueña ausente, los impactos de cuerno de chivo dejaron cacariza la fachada y desaparecieron de tajo los cristales. Ninguna baja.

Todos salieron huyendo. La narca se perdió del escenario empresarial y andaba a salto de mata. Los empleados, que sabían en lo que andaban, desaparecieron de Los Cabos y de aquel estado. Y así llegó a Culiacán. Aquí trabaja en otra estética y estuvo en una agencia de modelos. Pero su mejor jale está ahí, en El Quijote.

Después de Chenchito, ese muñeco y su ventrílocuo arrabalero y juguetón, sube a la pasarela al chou de las siete. Pero el de las once es el mejor chiquita: me puse un vestido transparente y entallado, nalga parada y surcada por una prenda ínfima, estola color rosa mexicano.

La pasarela ardió. Los feligreses se derretían entre sus propios gritos y el vidrio que se estrellaba en sus ojos. Las palmas hicieron mayoría y compitieron con las bocinas gigantes detrás del templete. Era Selena. Era él vestido de ella, en pleno apogeo. Baile cachondo. Devaneo que no echó a perder los frutos postizos que adornaban su pecho. Ya no era él, sino ella.

Entre los asistentes seguía presumiendo. Cambió el atuendo aquel del espectáculo por uno igualmente entallado, pero discreto. Blusa en lugar de camiseta. Maquillado y con las cejas depiladas. Pelo corto y el delineado en su cara. Hacía grandes esfuerzos por aparentar algo que no era.

No soy prostituta. Bueno, sí, pero por más de mil. Decía que era Selena, la reina del texmex. Pero que cuando se vestía mejor era tan bonita como Maribel. Qué Maribel, se le preguntó. Maribel… Maribel Guardia.

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