agosto 5, 2020 4:10 AM

AMLO en Washington

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El viaje de López Obrador a Washington para encontrarse con su homólogo estadounidense Donald Trump, provocó un debate interno sobre la pertinencia de haberlo hecho en un momento en que transcurren las campañas electorales presidenciales en el vecino país.

Algunos argumentaron sobre lo que le ha sucedido cuando un presidente mexicano –y, quizá, también de otros países que tienen un buen número de migrantes que pudieran ser influidos cuando ocurran las singulares elecciones estadounidenses–  se mete literalmente entre las “patas de los caballos” y, los otros, ese gran arco que va desde los activos obradoristas de mayor incondicionalidad hasta los que confían en su presidente aun cuando reconocen lo poco oportuno de trasladarse a la capital estadounidense.

Los extremos tienen una cuota de razón sobre la conveniencia o no de asistir a Washington en estas circunstancias. La historia de estas relaciones diplomáticas bilaterales nos indica que no es recomendable ir en medio de un proceso electoral porque:

1) Acepta en desventaja una visita para asistir a la Casa Blanca –la verdadera– sin que hubiera sido posible negociarla en el marco de un calendario y las necesidades políticas del T-MEC, pues simplemente se impuso una fecha que le sirve al presidente de los EU para su campaña electoral y a AMLO lo deja en una mala postura que inmediatamente sus enemigos mediáticos de distinto tamaño han aprovechado para señalar que Trump le tiene tomada la medida y sabe cómo someterlo a sus caprichos, lo que contrastaría con la actitud previsora de Justin Trudeau, el Primer Ministro canadiense, quien no asistió al cónclave pese a su vínculo con el T-MEC; y,

2) Que al no negarse a asistir le abre un frente en caso de que se cumplan en las urnas los pronósticos de triunfo electoral de Joe Biden, el candidato del poderoso Partido Demócrata, y eso podría afectar la segunda mitad de su gobierno.

Sin embargo, la política internacional nunca fue fácil y menos con el gobierno estadounidense; había que tomar decisiones en las actuales circunstancias, ponderar lo que se gana o se pierde con la asistencia o no a Washington, y es donde pesa la ascendencia de AMLO en la gran comunidad mexicana que, recordemos, le votó el 68 por ciento  y también los precedentes diplomáticos: la dura campaña de Trump a favor del muro fronterizo que en su imaginario habrá de pagar México; el  envío de decenas de miles de miembros de la Guardia Nacional a la frontera sur para frenar la migración masiva centroamericana, la repatriación de ilegales de otros países a nuestra zona fronteriza, la modificación de la política de asilo o el más reciente, aun con todo lo justificable, el cierre unilateral de la frontera por razones sanitarias.

Y, como un adelanto de lo que podría ser esta visita, días antes el presidente Trump visita Arizona y se toma la foto frente al muro. Un mensaje duro, poco cordial, ante un presidente que asiste de buena fe y que va con ánimo amistoso. Pero, esto no vale, el levantamiento del muro con cargo al gobierno mexicano le trajo muchos de los votos que lo llevaron a la Presidencia de los Estados Unidos, y hoy, sin la fuerza de aquel año y con tendencia a la baja en las encuestas, es obvio, que habrá de lanzar una campaña más agresiva para reforzar el voto conservador, la clientela electoral de los republicanos y especialmente la de los estados fronterizos.

O sea, la reunión entre presidentes no sólo fue para hablar del T-MEC, si es que eso no queda en manos de los secretarios del ramo, sino es eminentemente política; Trump sabe que AMLO tiene un apoyo importante entre la comunidad mexicana establecida en la Unión Americana, como se ha visto en las manifestaciones a favor que han ocurrido en varias ciudades con su llegada a territorio estadounidense.

Y en el imaginario de estos mexicanos cuenta todo. Su trayectoria política, sus decisiones y sus cartas de austeridad que le ha dado un lugar en la percepción mundial.  Sea a través de trasladarse en su Jetta de Palacio Nacional al aeropuerto de la Ciudad de México O viajar a Washington en un vuelo comercial y hospedarse en la embajada mexicana.

Esas decisiones llamaron la atención de una franja de la prensa estadounidense –la mayoría no dio importancia a la visita– y no daba crédito a la sencillez luego del dispendio y alarde característico de presidentes de primer mundo que vieron con Fox, Calderón o Peña.

Luego vendría el protocolo del T-MEC donde Trump fue contundente: La relación entre Estados Unidos y México jamás había sido más cercana, ante el asombro de los opositores que esperaban una señal que les permitiera considerar que el presidente estadounidense estaba de su lado y nuca llegó. Por el contrario, la detención de César Duarte ese mismo día da cuenta clara acerca de cuál lado es el suyo.

Columna publicada el 12 de julio de 2020 en la edición 911 del semanario Ríodoce.

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