mayo 26, 2020 11:31 pm

Malayerba: La bendición

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Vamos a un jale, lo invitaron los amigos. Se le hizo fácil: pensó en todo lo que no tenía, en la ausencia de padre y madre, en los cuidados que él debía otorgar a sus hermanos, en todo lo que quería y añoraba, en nada. Y contestó que sí. Se alistó en un dos por tres, llenó la mochila de trapos y se fue con ellos.

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Era un joven como cualquiera. Solo que a pesar de no tener quién lo guiara, a falta de progenitores había salido adelante a punta de chingadazos. Bien en la escuela, disciplinado, deportista, sin vicios y en general buena persona. Sus tíos, primos, vecinos y amigos lo sabían y acudían a él por solidario y confiable. Había alcanzado, a pesar de todo o quizá por eso, un lugar en ese entramado social y familiar de joven honesto y trabajador.

Pero tenía sus amigos malandros y lo sonsacaban para que anduviera con ellos. Se había resistido a esa vida de espinas y cañones humeantes, de dinero rápido. A la mota y la coca. A eso no, bato. Yo de plano paso sin ver. No le entro. Pudo dar dos, tres pasos atrás. Supo hacerse a un lado, esquivar. Esgrima frente al plomo y los bultos de quinientos, sin perder amistades, buenas relaciones y cercanías.

En los deportes era siempre el líder. Hasta lo distinguieron con el cargo de capitán en el equipo de futbol. No faltaba a los entrenamientos y siempre tenía energías para más y más y más. Impetuoso, sometido a la dinámica del grupo y del entrenador, dispuesto a los sacrificios y a trabajar en equipo. Tejió redes de convivencia que le permitieron tener contactos aquí y allá, a la vuelta de su casa y en la colonia de enseguida, en los salones de al lado y con los de cuarto grado.

Pero esa vez que lo invitaron, algo en él se descuidó. Aceptar ir con ellos, sabiendo a qué se exponía. Ellos mismos le habían platicado de otros jales mal paridos, en los que la sangre les había llegado a los tobillos y más arriba: los parches de los amigos muertos en algunos enfrentamientos con enemigos, la policía y el ejército, estaban en la panza pero más en el corazón. Cuando hablaban de esos que habían sido trozados, sus ojos se deshidrataban y los parches mostraban sus grietas.

Pero de esa no regresó. Los torcieron en el camino. Y les dieron con todo, sorpresivamente. Algunos se salvaron. Él no. Regresó en un traje de madera que le quedaba grande. Los vecinos le lloraron, la familia se desvaneció a tal grado que parecía un pelotón de vaho y los amigos cayeron en el sepelio, a pedazos y con nuevos parches resquebrajados. Uno de ellos se acercó. Traía entre los dedos un churro de yerba. Le dio un toque profundo. Aguantó el humo y lo esparció sobre el ataúd, como queriendo abarcarlo todo con esa ola enervante. Le dijo te doy mi bendición, morro amigo.

Columna publicada el 29 de marzo de 2020 en la edición 896 del semanario Ríodoce.

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