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Cine: ‘Guadalupe Reyes’

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Por extraño que parezca, Guadalupe Reyes (México/2019) es más que una comedia ligera, simplona y sin sentido. En medio de todas esas películas mexicanas que intentan hacer reír, la dirigida por Salvador Espinoza se diferencia por ese mensaje que invita a disfrutar la vida, sobre todo, a aquellos que casi llegan al medio siglo y creen que “ya no están para esas cosas”.

Al cumplir los cuarenta años, el soletero y millonario Hugo (Juan Pablo Medina) se cuestiona qué tanto ha hecho y ha dejado de hacer a su edad, con lo que recuerda que tiene pendiente el maratón Guadalupe Reyes con Luis (Martín Altomaro), su amigo a quien no ve hace más de diez años, desde que este se casó y se volvió un aburrido. Si bien, cuando Hugo le propone a Luis emborracharse todos los días desde el 12 de diciembre al 6 de enero, la respuesta es no, un problema matrimonial lo anima a revivir viejas prácticas y a tratar de recuperar el tiempo.

En su objetivo de hacer reír, Guadalupe Reyes falla por completo. No es una cinta netamente divertida, y no tiene ninguna escena que provoque carcajadas. Sin embargo, su fortaleza está en esa intención de dar un mensaje alentador a quienes están en el trance de, cada vez menos, ser llamados “joven” y, más frecuentemente, ser identificados como “señor”, y ahogados en la rutina, lo cual se resume en la pregunta de Hugo a Luis para animarlo: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo que querías hacer y no algo que tenías qué hacer?”.

En función de lo anterior, la mejor escena de la película escrita por Erik Zuckermann, Harald Rumpler y Marcos Bucay, es la cena de navidad. Para hacer el Guadalupe Reyes, Luis pone como condición pasar la nochebuena con sus padres, con la idea de guardar las apariencias, de seguir haciéndoles creer que todo va bien en su vida, que no tiene problemas con su esposa y que sigue siendo ese adulto que se comporta adecuadamente, pero gracias a las imprudencias de Hugo, Luis y su familia tienen la oportunidad de sacar a flote esas verdades guardadas por años, que solo les provocan limitaciones.

El otro momento que sirve como cierre a ese discurso de ánimo a los mayores, es el final, cuando el personaje de Altomaro tiene el valor suficiente para decidir lo que en verdad quiere hacer y no dedicarse a lo que es más conveniente, pero que no le llena, no le da satisfacción y no lo hace feliz.

Más que buen actor, Altomaro es muy carismático, razón por la cual su presencia en la pantalla grande es constante y se ha convertido en una especie de antigalán protagonista. Aunque también es recurrente en el cine nacional, Medina no es un gran intérprete, ni alcanza la gracia de su compañero. Así se vean ridículos e inverosímiles en algunas escenas, la ventaja de este par es que hacen buena mancuerna y la empatía entre ellos es indiscutible, al grado de parecer más que amigos.

A pesar de que, en apariencia, no es la intención de la película, buena parte del discurso de estos dos personajes es como si se tratara de una pareja: las frases de cariño y los reclamos son exactamente aplicables a unos novios, incluso, hay escenas, sobre todo en la que se piden perdón, que no puede verse de otra manera. No se la pierda… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 22 de diciembre de 2019 en la edición 882 del semanario Ríodoce.

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