julio 18, 2019 3:50 pm

Malayerba Ilustrada: El Chicón

 

El chicón era muchas cosas pero menos chico: alto, corpulento, de voz de mando, esa pistola atrapada entre el pantalón, la camisa y el cinto, ese atuendo caqui como de policía rural. Era el capo del barrio, la colonia, buena parte de la ciudad y esa calle en la que a todos saludaba.

No quiero que estos plebes se echen a perder, decía. Debemos cuidar a los nuestros, la gente de la cuadra, nuestras familias, los hijos, repetía y usaba ese tono patriarcal, noble, didáctico, de sacerdote senil y de maestro de comunidad. Su sentido era ese. Al estar sentado ahí, en la poltrona, sobre la banqueta, oteando la calle: el sentido de la comunidad, de lo familiar, la cercanía, lo sagrado de la convivencia en medio de la inmundicia que ya asomaba.

Y pasaban los morros y los chavos y las muchachas y lo saludaban. El viejo sabio sentado y vigilante, afuera de su casa. Y los plebes en la corredera, pateando el balón y buscando la forma de darle a la pichada en el juego de béisbol. Él ahí, mirándolo todo sin festejar, como el jefe que se cerciora de que todo esté en orden y en paz en sus aposentos.

EL Chicón era eso y más. Narco con identidad. Capo de pertenencia y arraigo. Mafioso de la vida cotidiana y citadina, amante de la armonía, la convivencia, el respeto y la honestidad. Pórtense bien, plebes. Y les daba palmadas. Y esa voz retumbaba en sus sienes y zona torácica, como un consejo que también era orden. Pórtense bien. Y les daba los buenos días como las buenas noches.

La fusca fajada y él vigilante. Muchos lo seguían. Pistoleros a sueldo que él mantenía, parentela metida en la vida delictiva. Pero todos formados, hechos a su antojo y medida, sin escándalos ni algarabía. Todos tras el balón y él tras ellos, con esa mirada de águila y de señor y patrón.

Un chirrido en la calle de abajo. En la esquina, dos carros habían chocado. El Chicón ve todo y se levanta. Les grita a los morros que no se muevan. Se busca la pistola pero esa mañana la dejó sobre la mesa de la sala. Da dos pasos. Y otros cinco, para ver qué pasaba.

Los morros en la calle, anegándola de voces calladas. Y el Chicón se detiene. Vuelve a sobarse el costado derecho: la pistola no está. Y él con ese uniforme caqui, ese porte de autoridad, esos pasos de zancos.

Todo fue rápido. Tanto que pocos de los plebes lo vieron y no supieron qué se fraguaba y estaba a punto de ocurrir frente a ellos. Cuatro pasos atrás, un hombre avanzaba. Casi corría. Sacó un arma y cerrojó. Crac. La levantó a la altura de su cabeza. Se acercó más y más. El Chicón caminaba sin saber. A sus espaldas, el dedo en el gatillo.

Pum pum. Cuatro disparos: cuello, cabeza, pecho. Como un poste, un árbol frondoso y herido, el Chicón cayó. Besó el suelo ya muerto. Y así murió también el barrio ese, la calle.

Columna publicada el 1 de julio de 2018 en la edición 805 del semanario Ríodoce.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

RÍODOCE EDICIÓN 859
14 de JUlIO del 2019
GALERÍA
EL 'CHAPO' GUZMÁN: SU DETENCIÓN, FUGA, recaptura, EXTRADICIÓN Y JUICIO EN IMÁGENES
COLUMNAS
OPINIÓN

LO MAS VISTO

El Ñacas y el Tacuachi
ENCUESTA

AMLO dijo que buscará que el dinero que sea confiscado al ‘Chapo’ Guzmán sea entregado a México, ¿Crees que el gobierno estadounidense aceptará regresarlo?

BOLETÍN NOTICIOSO

Ingresa tu correo electrónico para recibir las noticias al momento de nuestro portal.

DEPORTES