El elegido (Fragmentos)

 
striper

                                                                     Es inútil creernos hijos del Sol:

                                                                   Todos llevamos muy adentro la noche.

                                                                                                             JEP

1
La calle se me oferta como un cuerpo desnudo sobre una cama sin sábanas. Siento un ligero temblor en los huesos. Corro el cierre de los guantes, me ajusto el cuello del abrigo y el gorro hasta las orejas. Un vagabundo al verme pregunta, when was the last time somebody said you: I love  you, dice y no recuerdo cuándo fue la última vez que me dijeron I love you. No sé, tal vez, nunca nadie me ha dicho I love you. Yo tampoco se lo he dicho a nadie y dudo que pueda decirlo alguna vez. Quién querría oír un «te quiero» de mis labios, después de todo que puede significar decir «te quiero». Nada, nada, las palabras pertenecen al mundo de lo etéreo. En lo personal, prefiero la realidad inmediata; el deseo que se esfuma al ser saciado, como se sacia el hambre de un animal. No deja de resultarme absurdo el que alguien pregunta when was the last time somebody said I love you. Sigo de largo y mi interlocutor, cubierto por el polvo de los días, me persigue media cuadra, sin dejar de insistir when was the last time somebody said I love  you. Al ver mi indiferencia repite la pregunta al transeúnte que viene detrás.
Cambio de acera. La noche (cubierta con una capa de niebla, que tiende a volverse más espesa conforme la madrugada se acerca), eterna e inamovible, me guarda bajo su cuerpo. Las criaturas que pasan a mi lado son etéreas. Presiento que camino entre fantasmas. El frío me toca la piel, el aburrimiento comienza a invadirme y para asesinar el tiempo o al menos para matarlo un poco, me detengo en un café de turcos. En medio del humo de una decena de fumadores, pido una ensalada de espinacas con queso de cabra, una crema de pepino con yogur, pan de centeno con ajo y aceite de oliva extra virgen, y como realmente siento que mi apetito comienza a despertarse pido también un asado de ternera, medio crudo y medio cocido, quiero morder la carne tierna y sentir cómo se deshace en mi boca. En 20 minutos la cena está servida. Mientras devoro mi manjar un grupo de músicos toca el acordeón y una cantante vestida de luces golpea el pandero; canta con una voz tan lejana, que parece venida del desierto. La canción habla de amores que de tanto buscarse no se encuentran jamás. Supongo que soy la protagonista de esas pequeñas historias. Aunque dudo que alguien como yo busque el amor o que el amor quiera encontrarme.
2
Subo la calle empinada. «Dos cuadras a la derecha y luego media a la izquierda», me dice la voz de un hombre con impermeable negro y gorra de destellos metálicos, que me sale al paso para darme una tarjeta tipo postal en la que se anuncia un espectáculo de striptease. Lo veo sin verlo, doblo el papel y estoy a punto de echarlo al bote de la basura cuando el mismo anuncio y la misma fotografía aparecen frente a mí en la parte posterior de la caja de un camión que irrumpe en la calle silenciosa. Llama mi atención la imagen de un tipo de ojos intensamente azules y tez bronceada, vestido con un entallado calzón color cobre que se confunde con su piel, quien promete ser la mejor diversión de la noche, no quiero aspirar a tanto y me digo a mí misma que me conformaré con un poco de entretenimiento.
Al llegar al sitio indicado, encuentro un auténtico tugurio: las paredes sin pintar, carcomidas por la humedad, tapizadas por fotografías de esculturales cuerpos desnudos (auténtica exhibición de la masculinidad) y los meseros ataviados con moño blanco al cuello; guantes y ajustados pantalones de cuero (a los que basta jalar tres o cuatro botones para hacerlos caer), van de un lado a otro del salón como si en lugar de caminar danzaran y de pronto se detienen para tomar un pedido, servir una bebida o simplemente para dejarse tocar por quien desee acariciarles las piernas, los brazos, el estómago, la espalda o las nalgas. Son un monumento a la tentación, seductoras esfinges vivientes. No me entretengo más en escudriñar hacia adentro y en un intento por aliviar mi soledad, pago los doce dólares de la entrada.
No termino de escudriñarlo todo cuando un hombre algo viejo y vestido de etiqueta de color negro opaco, quien cumple funciones de maestro de ceremonias, sube al escenario y como si estuviéramos en el teatro, sin esconderse detrás de la cortina, micrófono en mano, hace la primera llamada y en la pantalla del fondo comienzan a aparecer las imágenes de los «artistas» de la noche, incluyendo la del espécimen de tez broceada y ojos azules. La mercancía se expone a lo largo y ancho de la pantalla. Desfilan disfrazados de ellos mismos. Los hay de todos colores, desde el blanco pálido, casi transparente, hasta el negro color de ébano. Sin dejar de lado, el moreno claro y el amarillo sulfuroso. La estatura es casi uniforme, van del 1.80 al 1.85. El público aplaude. Impaciente espera verlos desfilar por el escenario. Cualquiera de esos cuerpos está al alcance de mi mano y no tengo que elegir. Ya he elegido.
Vestido con un entallado pantalón de cuero y una corbata, un tanto ridícula que le llega hasta abajo del ombligo, en medio de las luces y los gritos de la concurrencia, mi elegido sube al escenario y al ritmo de la música, que no logro identificar (demasiado ecléctica para mi gusto), empieza a moverse, primero con cierta parsimonia y de pronto sus movimientos se vuelven más enérgicos. En menos de diez minutos se quita lo que lleva puesto, menos el calzón color cobre que refulge como una estrella en medio de las luces. No puedo decir que me ve, más bien soy yo la que lo mira. Sin que la música se interrumpa deja el escenario y sin ningún pudor, sin dejar de danzar, debo reconocer que no sin cierta vulgaridad, se acerca al público. No son pocas las que estiran la mano para colocarle un billete en cualquier parte. Espero mi turno, me preparo con un billete de cien dólares y escribo una tarjeta con mi dirección y la hora de la cita, apenas he terminado de hacerlo cuando él ya está parado frente a mí, mirándome como si me esperara, supongo que intuye que he venido por él, no pierdo la oportunidad y expongo bajo su tanga mi oferta y sin prestarle más atención, tomo lo que queda de mi bebida, pago y me marcho. Antes de que amanezca, mucho antes, mientras la luna dormita entre nubes negras, ese cuerpo perfecto, esas manos hermosas estarán tocando a mi puerta y esos ojos azules se encontrarán de nuevo con los míos. Entonces la noche, siempre la noche, en lugar de agonizar, renacerá de nuevo. Y ahí estaré yo; una vez más, muchas veces más, palpando el borde de sus abismos.
Nota. El presente relato fue originalmente publicado (completo) en el número veintiuno (octubre-diciembre del 2013)  de la revista La Otra.
 

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