Sin destino

 
 
camion
Mientras soñaba visité un lugar desconocido. Permanecí de pie hasta agotarme en un transporte parecido a los de la realidad. Me llevó de paso por una ciudad en cuyo paisaje vi el mar tranquilo con algunas montañas de fondo. Las construcciones eran coloridas, además en una especie de malecón vi expuesta una osamenta blanca, perteneciente a un crustáceo. Quise bajar, correr por la playa, rozar la arena en mis pies, respirar la brisa corrigiendo recuerdos, oír las carcajadas de la marea destejiendo la ilusión perdida. No había opción para descender, en cambio hubo un lugar disponible, me apuré a ocuparlo aunque la compañía se vislumbraba poco atractiva, pero al fin iban a descansar mis piernas hinchadas. Desconozco cómo le hicieron, pero los viajantes se habían instalado. Justo al sentarme, abrí la bolsa para disponer del dinero que debía pagar por el pasaje. Mi cartera vacía, sin dinero ni tarjetas. En un segundo me convertí en la mujer más desprotegida del universo. Cómo era posible salir de casa para realizar un viaje en esas condiciones; la frustración creció, me vi desnuda, un cero a la izquierda. Quise descender del transporte pero este viró por la carretera para dejar ese pueblo fantástico. Casi nunca saco las tarjetas ni el dinero del bolso, pero lo había hecho para efectuar unas compras rápidas en el súper, cerca de casa. Alguien dejó olvidados unos juguetes redondos de plástico que a primera vista me parecieron grandes monedas doradas de diez pesos. Cuánta emoción: al menos tendría para pagar el pasaje que hasta ese momento debía; pero solo era una ilusión sin valor monetario. Me resultaba casi inevitable llorar delante de aquella gente extraña, desterrada de casa sin un centavo. ¿Cómo procedería? Nadie parecía darse cuenta o importarles. Seguían en lo suyo. El chofer era indiferente, sin embargo faltaba ver si dejaría de exigir el pago al bajar, ¿y qué urdiría una vez en mi destino, qué rumbo tomaría? Quizá me convertiría en una pordiosera para regresar a la ciudad donde tenía un nombre, un trabajo, una familia.
Desconocía el tiempo transcurrido porque por desgracia, aún en tierra firme, me encontré a Marián, quien vio en mi viejo reloj la solución a su problema. Me lo pidió prestado porque debía supervisar a los soldados a su cargo. Por otro lado una mujer con vestido militar solicitó una pluma; le concedí la mejor, por la cual había pagado sin regatear doscientos cincuenta pesos. Después me retiré por el acotamiento, siguiendo la carretera donde me alcanzó el transporte y subí. Ya tenía un tiempo considerable, no había parado ni para que los pasajeros fuéramos al baño o para comprar algo de comer. Eso último no lo podría hacer por las razones antes expuestas.
¿A dónde vamos?, pregunté, A donde nos lleve este trasporte, respondió mi compañera de asiento, Pero a dónde, insistí, A todas partes pero a ninguna en especial. Ponte cómoda, cuando te toque bajar será por la ventanilla y será porque habrás muerto, ¡Qué!, Llevamos horas acumuladas en días de viaje. ¿No te has dado cuenta que ahora hay más espacio, además tienes un lugar cómodo?, Sí, y eso qué, Es porque un muerto te lo ha heredado, Quién, Un desconocido, qué más da su nombre, ¿No me engañas?, ¿Qué ganaría con eso? Yo permanecí en el fondo y me he dado cuenta como boqueaba la gente, a veces ancianos, a veces niños, a veces jóvenes o mujeres que aún se percibían fuertes.
La desconocida me comunicó con naturalidad que el transporte no cesaría su marcha, además me condonarían la deuda del pasaje por el cual me preocupada tanto. El chofer no frenaba ni cuando había que arrojar a un muerto corrompido, eso dijo, tratando de imprimir resignación en mí. Saqué conclusiones. Cuando subí apenas pude acomodarme de puntillas en los escalones, cerca de la puerta, posteriormente se fue desahogando, al final estaba cómodamente sentada, eso indicaba que había pasado bastante tiempo, quizá semanas o meses, y muchos pasajeros en el transcurso habían expirado, por tanto fueron arrojados en cualquier parte de la carretera; donde quizá yo les haría compañía en poco tiempo.
Fue forzoso relacionar mi presente con el pasado, me vi gris y olvidada por los que había dejado atrás. El desasosiego de estar a la deriva me impulsaba a romper la ventanilla prematuramente, suicidarme antes de fenecer, dejar a todos, cómplices de un ser desquiciado que va, solo va sin saber a dónde, sin parar en un lugar maravilloso donde la existencia pudiera tener mayor sentido, un ser sordo a las necesidades de la vida, un ente gemelo del tiempo que impide recapitular, que solo va, y nos arrastra sin saber a dónde, sin opción de regresar.

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