Exponen  “los días del terremoto”  

File photo shows the Hotel Regis in Mexico City collapse

La narrativa de Carlos Monsiváis revive el drama del sismo de 1985,en el Museo del Estanquillo

 

 

 

 

“A golpe de pico y pala la sociedad civil toma los poderes. A las diez de la mañana del 19 de septiembre, el Presidente de la República hace un llamado a los mexicanos para que se queden en sus casas. Desde el jueves 19 lo más vivo en la capital es el nuevo protagonista: las multitudes forzadas actuaron por su cuenta, la autogestión que suple a una burocracia pasmada y sobrepasada”.

Con esta narrativa urbana describe el recordado escritor Carlos Monsiváis, lo que ocurrió aquella trágica mañana tatuada en la memoria de los capitalinos y que al cumplirse 30 años del terremoto de 1985, se exhibe como parte de una exposición en el Museo del Estanquillo, en la capital del país.

El cronista de la ciudad más grande del mundoperpetúa el surgimiento de una sociedad civil organizada que se levantó de los escombros y empezó a tejer una nueva historia plasmada en su libro No sin Nosotros: los días del Terremoto. 1985-2005, de donde se extraen textos que ilustran parte de ese drama que hoy rememora  en la exposición Los días del Terremoto, diciendo:

“Al ritmo impuesto por la tragedia una sociedad inexistente y pospuesta se conforma de golpe: son las brigadas de voluntarios, los niños que acarrean piedras con disciplina rígida, los adolescentes en pleno estreno de la ciudadanía, las enfermeras espontáneas,  las señoras que hierven agua y preparan comidas, los médicos que ofrecen sus servicios, los ingenieros que integran peritajes. El voluntario pertenece a su brigada, desde su casco y el cubre bocas, desde la indiferencia ante el cansancio y el sueño.

“Para el 20 de septiembre hay en la calle 150 mil brigadistas entre los 15y los 25 años. La primera intervención de estos jóvenes en la vida nacional es a golpe de pico y pala. Fueron al mismo tiempo policías, agentes de tránsito, socorristas, funcionarios, médicos. Diputados, líderes vecinales, regentes.

“Desde el 19, la gente conoció la toma de poderes, de los más nobles de la historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad. Fue la conversión de un pueblo en gobierno y del orden oficial en orden civil. Democracia es, también, la importancia súbita de cada persona”.

El director del Museo Del Estanquillo, Enoc de Santiago Dulché, comenta que en muchos sentidos, la Ciudad de México se refundó tras el terremoto, porque a 30 años de los trágicos sucesos del 19 y 20 de septiembre de 1985, se aborda tanto el fenómeno natural como sus repercusiones culturales.

“A partir de esos días la ciudad tomó conciencia de su propia ciudadanía, pero también sus artistas notaron diferentes aspectos. Testimonio de la Tragedia; registro de la respuesta ciudadana y estética del derrumbe”.

De ahí que la exposición que incluye distintos formatos desde el cine, crónica, poesía, plástica y hasta caricatura, marca tres núcleos temáticos: la protección de la tierra, a golpe de pico y pala; la sociedad civil toma los poderes; y escenas de una ciudad reconstruible. Con esto, la muestra pretende ser un registro, a la vez que una interpretación de los hechos que sucedieron en 1985 y cómo estos marcaron a la ciudadanía y a la comunidad artística  a través de más de 90 obras que abarcan desde 1985 a nuestros días.

La exposición sobre los sismos de 1985 muestra la vulnerabilidad del progreso en esta megalópolis y descubren que su modernidad, la construida en elalemanismo, se ha derrumbado. La desaparición de buena parte de su arquitectura emblemática de los años 50 y 60 abre el camino para que sus artistas la reconstruyan en un nuevo imaginario que el recordado Carlos Monsiváis llamó “post apoclíptico”.

La exposición permanecerá abierta hasta el 12 de enero del 2016.

 

 

 El otro sismo

Monsiváis: reflexiones sobre el Estado y la sociedad en la escala Richter

 

Después del terremoto de aquel 19 de septiembre en la Ciudad de México, y del espanto y el terror ante los derrumbes, las personas atrapadas, la pérdida de bienes y de vidas, los ciudadanos experimentaron otro temblor: el de ellos mismos, la ciudadanía emergente y solidaria, frente a la tragedia total, la de los demás y la propia, en los escombros de ese amanecer trágico.

Carlos Monsiváis está en uno de los salones de su casa, en la colonia Portales. Despeinado, como suele estar. Con esa voz pastosa, salida de esos labios que casi no mueve, aunque sus palabras sean pedradas lanzadas con vigor y verdad, afirmó que esa sociedad civil que emergió del sismo de 1985 desnudó al Estado mexicano, lo rebasó, y se ubicó como protagonista de la vida nacional.

“El 19 de septiembre de 1985 la Ciudad de México experimenta un terremoto de consideración que causa un gran número de muertos (las cifras de las autoridades jamás se establecen con seriedad, los damnificados acercan el número a veinte mil fallecidos). Al día siguiente, otro terremoto (o temblor) de menor intensidad reanuda el pánico y vigoriza el ánimo solidario.

“El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo —al parecer de manera súbita— da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca, distribuye la solidaridad”, manifestó.

El autor de A ustedes les consta, Entrada libre y Las leyes del querer, entre otros muchos libros, y considerado uno de los principales pensadores del México contemporáneo, además de cronista y ensayista, habló también sobre el papel del gobierno frente al sismo, y específicamente del presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado.

“Ante la ineficacia notable del gobierno de Miguel de la Madrid, paralizado por la tragedia, y ante el miedo de la burocracia, enemiga de las acciones espontáneas, el conjunto de sociedades de la capital se organiza con celeridad, destreza y enjundia multiclasista, y a lo largo de dos semanas un millón de personas (aproximadamente) se afana en la creación del albergues, el aprovisionamiento de víveres y de ropa, la colecta de dinero, localización de personas, el rescate de muertos y de atrapados entre los escombros, la organización del tránsito, la atención psicológica, la prevención de epidemias, el desalojo de las pirámides de cascajo, la demolición de ruinas que representan un peligro.

“A estos voluntarios los anima su pertenencia a la sociedad civil, la abstracción que al concretarse desemboca en el rechazo del régimen, sus corrupciones, su falta de voluntad y de competencia al hacerse cargo de las víctimas, los damnificados y deudos que los acompañan. Por vez primera, sobre la marcha organizadamente, los que protestan se abocan a la solución y no a la espera melancólica de la solución de problemas”, manifestó.

 

Los llamaremos si los necesitamos

Monsiváis advirtió que cientos de miles “trazan nuevas formas de relación con el gobierno, y redefinen en la práctica sus deberes ciudadanos (El 19 de septiembre, el civismo es, si acaso, un término alojado en los recuerdos escolares). Sin debates previos, sin precisiones conceptuales, en cuatro o cinco días se impone el término sociedad civil, lo que, por el tiempo que dure, le garantiza a sus usuarios un espacio de independencia política y mental”.

Como es previsible, agregó, el impulso genera la pretensión de “cogobierno” en el empeño de salvar vidas y de restaurar o instaurar el orden urbano, y esta es la gran certeza de 1985: “el descubrimiento de que la colectividad sólo existe con plenitud si intensifica los deberes y anula los derechos, si la sociedad civil es una idea todavía imprecisa, los cientos de miles que se consideran sus representantes le otorgan energía y presencia irrebatibles”.

Dijo que en un acto de “teoría confiscatoria”, el presidente Miguel de la Madrid se opuso al uso “irresponsable” del término, y aclaró que la sociedad civil es parte del Estado. Fue como decir ‘pueden irse a sus casas, ya los llamaremos si los necesitamos’, creyendo estar hablando ante sus alumnos de la facultad de leyes o ante nadie.

“¿A quiénes les envía la rectificación y la orden? No a sus alumnos de la Facultad de Leyes, ni a quienes podrían ver en la televisión el pizarrón del aula, ni a la ciudadanía, sino, francamente, a nadie. El ímpetu de los que reclaman la condición de sociedad civil no se frena con puntualizaciones de fin de semestre. Por su lado y tardíamente, con voces titubeantes, el regente del DF, Ramón Aguirre, y el PRI califican a la sociedad civil de entidad muy secundaria. Se reitera el apotegma del presidencialismo: en el país de un solo partido y un solo dirigente no caben los voluntarios, y el PRI y los funcionarios se aprestan a la compra de líderes y el maniobreo con los damnificados”.

 

Para el cronista de la ciudad de México, el debate es primordial, pero carece de público. “Ha sido tan opresivo el autoritarismo priista que el término sociedad civil, con lo voluntarista del caso, más que detallar las movilizaciones resulta más bien la profecía que al emitirse construye realidades en torno suyo, psicológicas y culturales en primera instancia. Nada científico o sistemático, pero sí necesario. Invocados, los cientos de miles de voluntarios integran simultáneamente una visión premonitoria de la sociedad equitativa y su primera configuración práctica.

“Sin andamiaje teórico, lo que surge en los días del terremoto desprende su concepción ideológica de lo ya conocido, de lo que no sabía que sabía, de las intuiciones como formas de resistencia, del agotamiento de las asambleas, de las vivencias del dolor y, muy especialmente, de lo inconfiable que resulta el depender de las autoridades”.

Recostado en su sillón, rodeado de gatos y de un olor a viejo y polvo y humedad, Monsiváis afirmó que desde el gobierno se resucita el pragmatismo, expresión antes peyorativa: “si el presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) exclama ‘A mi izquierda y a mi derecha está el abismo’, el presidente De la Madrid podría decir; ‘Fuera del Estado sólo hay vacío conceptual y desacato administrativo’. A las pruebas se remite.

 

En unos cuantos meses, luego de las intervenciones del aparato oficial, parece asimilado —burocratizado, comprado en un remate— el espíritu del 19 de septiembre de 1985, todo lo que auspicia la pregunta del líder del PAN Carlos Castillo Peraza: ‘¿Quién es esta señora Sociedad Civil, que nadie sabe decirme dónde vive?’

 

 

Texto editado, tomado del libro No sin nosotros. Los días del terremoto 1985-2005, de Carlos Monsiváis, de la firma Editores Independientes

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