agosto 3, 2021 7:09 PM

No votar también es una opción

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La elección federal intermedia que viene no tiene dos caras, como las monedas. No se ocupa echar a la suerte el destino de los comicios para saber que el abstencionismo se impondrá sobre todo en aquellos estados donde solo se elegirán diputados federales. No es posible establecer si el nivel de participación ciudadana será menor a los números históricos (2003 y 2009 han sido los más bajos), pero es evidente que la gente muestra ahora un rechazo mayor hacia este tipo de eventos.

Aunque en las elecciones presidenciales se observa un decremento de la asistencia de los electores a las urnas (en 1994 se registró una participación del 76.3 del electorado, contra el 55.8 en 2006 y 63.3 en 2012), es en las elecciones intermedias, como las que ya están en marcha en todo el país, donde se expresa con mayor fuerza el abstencionismo.

En Sinaloa, los dos procesos federales intermedios más recientes, los de 2003 y 2009, observaron el nivel más bajo de la historia moderna: 40.2 en 2003 y 41.2 en 2009. ¿Qué puede esperarse ahora, en medio de este desencanto que campea en el país respecto a la política y a los políticos? Todo, menos que los electores, en su mayoría, acudan a las urnas. ¿Quién gana? Siempre es esa la pregunta: los que tienen el poder, se responde. ¿Ir a las urnas es entonces un imperativo para cambiar el estado de cosas? Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo: quién sabe.

En México las cosas están cada vez más turbias y ya no es tan convincente la vía electoral para transformar al país. Y no es que la gente esté tomando las armas, aunque no deben desdeñarse ejemplos como los de Chiapas, Guerrero y Michoacán. La gente va a votar cada vez con menos convicción y reclama cada vez menos un buen ejercicio del gobierno. No cree en sus diputados y senadores, pero tampoco les exige cuentas. No cree en sus gobernadores y presidentes municipales, pero tampoco les cuida las manos. El surgimiento de expresiones “ciudadanas” es importante pero hasta ahora muy limitadas en su influencia. Sobre todo en algunas entidades como la nuestra, alertan sobre aspectos de la administración pública, pero no van más allá. Y algunas hasta son elitistas: buscan acercamientos con empresarios pero se olvidan de las paradas de camiones y los mercados, donde está la gente.

Esta propensión del ciudadano a abstenerse en las urnas, que se ha expresado sobre todo a partir de las elecciones que han ocurrido de 2003 a la fecha, pudiera acentuarse con los ánimos surgidos a raíz de los hechos de Iguala, Guerrero, que terminaron con la desaparición de 43 jóvenes normalistas.

El hecho ha causado tanta indignación en el país (y en el extranjero también), que crea condiciones para que se ejerza un voto de “castigo” al sistema, que puede expresarse simplemente no yendo a las urnas, o anulando el voto.

Si los mexicanos tenemos derecho a votar, tenemos también derecho a no hacerlo. No comparto la idea de votar por el menos peor. En todo caso, hay que buscar otras vías y no necesariamente violentas.

La clase política y los gobiernos saben que nunca como hoy el sistema está “quebrado”, que hay en los ciudadanos una búsqueda de opciones más allá de las formas convencionales para ejercer su poder. Nada podrán hacer por lo pronto. Solo esperar que los votos sean contados para confirmar que, puntos más o menos, la gente está hasta la madre de los políticos y del sistema de partidos.

A partir de los hechos de Iguala se han lanzado iniciativas para impulsar el abstencionismo en las próximas elecciones. Estados como Michoacán y Guerrero, sobre todo éste último, tienen como elemento adicional del desencanto la violencia impulsada por grupos radicales, algunos de ellos ligados a expresiones guerrilleras diversas.

“Esta democracia es una porquería”, alegan. “Que no es capaz de contener el dinero del narcotráfico en las campañas”, argumentan. Una “cacocracia”, concluyen.

Sí, todo esto es verdad. Pero nos seguimos quedando con la pregunta. Si no vamos a votar ¿hacia dónde vamos?

Bola y cadena

POR LO PRONTO, LAS CANDIDATURAS independientes, legalizados a partir de la reforma al 116 constitucional de septiembre de 2013, que elimina el término de exclusividad para que los partidos políticos presenten a los candidatos a puestos de elección popular, se pondrán a prueba en las presentes elecciones. Y ya se verá si se presentan como reales alternativas o terminan ahogándose en el mismo caldo. Serán una prueba para quienes han estado impulsando su pertinencia, pero también para el propio sistema, que podría ofrecer por esta vía una salida convencional al hartazgo ciudadano.

Sentido contrario

LA CIUDAD SE PARECE A CUALQUIER ciudad de madrugada. Borrosa y algo fría. El viento corre y arrastra papeles, periódicos con noticias que ya a nadie interesan, hojas secas y cuanto encargo tenga a su paso. Algunos perros ladran por obligación. Las luces de un carro imprudente obligan a cerrar los botones plateados de la bragueta antes de tiempo. El chorro delator queda en el livais. Las cuadras se hacen largas. El mar se revela tímido en el recuerdo, bastante alejado. El oleaje leve, con cara de vals más que de rock. Cosas, como pensar en el mar. Eso guarda la memoria.

El texto pertenece a la crónicaEl maremoto, los Beatles y una tal Mary Quant”, de nuestro querido amigo José Luis Franco, que hace referencia a la Semana Santa de 1964. Unas con él. Unas por él.

Humo negro

PARA CUANDO ESTA EDICIÓN VEA LA LUZ, ya descansamos. Les debemos los cuentos que hubiera querido leer Ernesto Hernández en la barra de algún bar playero durante los días santos. Tiempo sobra. Y cuentos también. Que la Pascua alimente los reencuentros.

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