junio 21, 2021 7:54 PM

Los secretos de las reuniones secretas

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De tanto en tanto las circunstancias y los años me hacen reflexionar sobre las formas que adoptan las sesiones de trabajo a las cuales nuestros empleos nos obligan a asistir. Juntas con abogados, clientes, ciudadanos, organismos sociales, empresariales y con dependencias gubernamentales.
Reuniones organizadas o desorganizadas, casuales o estructuradas, abiertas o cerradas, breves o eternas, interesantes o aburridas. He estado en todas ellas paisano, igual que tú. Pero hay un tipo de juntas que despiertan la imaginación de todos nosotros: las reuniones secretas.
En 1997 acudí a mi primera reunión nacional en el piso subterráneo, que no sótano, de la entonces PGR, hoy el edificio de la SEIDO, a la altura de Garibaldi en la ciudad de México, frente al monumento a Simón Bolívar. El tema por el cual fuimos convocados fue el relativo a informática y estadística en las instituciones de procuración de justicia.
Era la primera reunión de su tipo en la historia del país. Pero, para mí, esa junta fue memorable por otras dos razones: 1) hice una pregunta que incomodó a quienes presidían el acto y fui debidamente amonestado; y 2) la firma del acta de la sesión se retrasó por más de una hora porque entre todos los informáticos que estaban reunidos, no pudieron hacer funcionar la impresora.
Dos años después, en Mazatlán, recibimos a los titulares de las dependencias de seguridad pública y procuración de justicia, estatales y federales, de toda la región noroeste del país. La sesión era cerrada y la presidía el Gobernador de Sinaloa. El salón que nos fue asignado estaba alejado de la entrada principal y aislado del edificio central por un canal que permitía la entrada del mar. Sólo se podía acceder abordando una embarcación.
En la ceremonia de inauguración me tocó fungir como maestro de ceremonias. Presenté al presidium y con toda tranquilidad anuncié que la bienvenida sería dada por el Procurador de Justicia. En ese momento alguien se acerca a mi oído y me dice que el fiscal general no había llegado, que apenas había tomado la embarcación.
Volteo a ver a los asistentes, quienes ya sospechaban que algo estaba pasando, y con los nervios en el estómago les digo: “Acaban de comunicarme que el navío del Procurador no ha llegado a buen puerto”, y lo alcanzo a ver que entra corriendo sin aliento, “pero aquí está”. Su llegada arrancó una salva de aplausos y pudo dar la bienvenida.
En otra ocasión, sería el año 2003, se desarrollaba en Tampico la Conferencia Nacional de Procuración de Justicia. Me tocó intervenir en el primer día de los trabajos, a las 21:00 horas, justo antes de irnos a cenar. El tema, la investigación de los homicidios dolosos; la propuesta, crear un banco nacional de información balística.
Pero la sesión se retrasó, como siempre lo hacen las reuniones maratónicas llenas de temas y más temas a tratar. Cuando fue el momento de exponer eran casi las diez de la noche. Nadie hizo caso cuando anunciaron mi intervención; todo el mundo estaba platicando entre sí y todos queríamos cenar.
Empecé a hablar mencionando que esa situación me recordaba el chiste del orador que se inscribió a concursar por el premio de oratoria sobre la Revolución Mexicana. Le tocó participar en el lugar 121 de 100 competidores. Nadie le hacía caso. Cuando salió al escenario, el público o estaba dormido o charlaban unos con otros. Tomó el micrófono y gritó a todo pulmón, chinguen a su madre, momento en el cual todos voltearon a verlo y él continuó, dijo Villa a los gringos que habían entrado a México a perseguirlo.
Justo en el momento en que replicaba la mentada de madre en el micrófono del salón de sesiones, todos los procuradores voltearon a verme sorprendidos. Con sus miradas encima les dije: “y ahora que tengo su atención, me gustaría hablarles sobre la investigación de homicidios dolosos…”
Ahora es 2009 y estamos en Bucarest en una reunión binacional en materia de trata de personas. La delegación mexicana está compuesta por mujeres y su servidor. Queremos ser amables y establecer una buena relación con nuestros anfitriones. La delegación rumana es dura.
Una fiscal de nuestro grupo hace una petición no muy complicada y recibe por respuesta que lo solicite por escrito. Parece que la temperatura hubiera descendido a 30 bajo cero, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Todos sentimos la tensión.
Otros temas son puestos en la mesa y el ambiente se distiende. La reunión avanza y la confianza se extiende. Un miembro de la delegación rumana hace una petición. Con una sonrisa en los labios le respondo que lo solicite por escrito. Hay una nueva incomodidad, esta vez es una tensión entre iguales.
Pero les prometí una reunión secreta. En 2001 recibimos la instrucción de reunirnos con una persona en Estados Unidos porque tenía información para el Procurador General de la República. Se nos pide proceder con toda discreción. Nadie debe enterarse.
El objetivo se encuentra en Harlingen, Texas. Mi jefe y yo decidimos volar a Monterrey, cruzar la frontera vía terrestre por Laredo y trasladarnos desde ahí por la carretera que atraviesa el sur de Tejas. Para llevar a cabo nuestro plan reclutamos cómplices.
En el aeropuerto, antes de subir al avión veo llegar a Gilberto en traje, muy formal. Volteo a ver mi camuflaje, o sea mis jeans y tenis, y pienso que nuestra cubierta acaba de ser comprometida. En el trayecto, al cruzar la frontera, el agente norteamericano solicita los pasaportes. Todos son verdes, excepto el mío que es gris. Es un pasaporte oficial para funcionarios federales. El agente se queda viendo el documento y me pregunta qué es. Con mucha seguridad le digo que soy funcionario mexicano y conforme a la Convención de Viena me debe dejar pasar. Yes sir.
Al llegar a Harlingen nos saludan dos elementos del FBI a la entrada de la casa de nuestro objetivo. Tiene protección del gobierno de los Estados Unidos de América. Es mediodía en pleno verano. Hace un calor de la chingada. Los del FBI y nuestros cómplices se saludan y ni tardos ni perezosos se van juntos a comer donas.
En la casa, en realidad un pequeño departamento, Eduardo Valle “El Búho” nos recibe con unas Pacífico. ¡Qué detalle! Dejo que Gilberto y “El Búho” platiquen de sus cosas y me dedico a observar la casita y saborear mi cerveza.
No me preguntes paisana, nunca supe de qué charlaron. Por eso era secreta. Y tú disculparás estas remembranzas, pero es que estoy en una reunión.

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