Mi 68 en Los Mochis

El estallido del movimiento estudiantil me agarró en Los Mochis cuando con 15 años estaba en tercer año de la Secundaria Federal Revolución, no es broma, así se llamaba, era lo normal, la reivindicación de la palabra revolución, aunque ésta se encontraba lejos de la que en esos momentos habría de ocurrir en el corazón político del país.

Eran tiempos difíciles para mi familia. Mi padre había muerto y había que sacar la casta estudiando, trabajando, contribuyendo al sostén de la casa. Nuestro paso por la escuela era como cualquier otra de la época. Las primeras tardeadas, los flirteos, la vagancia. La política era la misma que habíamos visto siempre. Obreros priistas del ingenio azucarero alternaban con empresarios que ganaban elecciones con la retórica del nacionalismo revolucionario. Nada desentonaba.

Mi sorpresa fue un día cuando escuché al líder de la sociedad de alumnos: Jaime Heredia, un joven espigado, bien vestido, educado, con su camisa blanca manga corta y corbata oscura, hablaba desde el púlpito a sus compañeros, lo hacía con una oratoria fuera de lo común, hablaba de lucha de clases. Ese joven con aspecto nerd luego supe era miembro de la Juventud Comunista del PCM, mi ciudad, no se olvide, tiene una historia política de izquierda sorprendente.

Resulta que en esa región del norte de Sinaloa se incubó durante el cardenismo uno de los tres ejidos colectivos que existían en el país y fue el más exitoso en términos económicos, y mucho de ello producto de la actividad de los comunistas, entre ellos los hermanos Carlos y Sóstenes García Ceceña.

Un día, uno de los miembros de base, peluquero como mi padre, me confió “llegamos a tener una militancia de 5 mil miembros solo en el ingenio#. Seguramente Jaime era hijo de uno de ellos. Se había formado en un ambiente de comunistas y más tarde se “enfermó” lanzando desde una motocicleta bombas molotov contra la sede del Congreso del Estado y en Mazatlán, le quemó el carro, creo, a Elio Millán por reformista.

Fue así como amplié mi visión del movimiento estudiantil que se gestaba en la capital del país y salí de los entretelones de la letanía nocturna del judío Jacobo Zabludovsky, que impúdicamente despertaba los fantasmas del comunismo internacional, asustando a padres con el cuento de que los comunistas venían a robarse a los niños para comérselos vivos.

Nunca se me olvidará cómo en aquellos días libertarios, el judío con micrófono cerraba su programa con una pregunta inquietante: Buenas noches, ¡Sabe usted, donde están sus hijos!, claro estábamos en la refresquería del Chino Marcos bebiendo la singular Ubola, una bebida refrescante de concentrados de frutas, o dando vueltas con la novia en la plazuela o metidos en el cine Rex, Venecia o Río. No había mucho a donde ir. Menos pensando en donde hacer política, nos bastaba para pasarlo bien, escuchar la frecuencia remota de Wolfman Jack que nos traía entre aullido y aullido la mejor música de rock en los ya lejanos años sesenta.

Por eso he visto como cinco veces la película Stand by Me, con el inmejorable actor Richard Dreyfuss; era ese mundo sencillo y cándido de nuestro Los Mochis. Pero el movimiento estudiantil estaba ahí, en los disciplinados medios de comunicación y llegaban todos los días con malas noticias desde la Ciudad de México.

Una de ellas era que algunos estudiantes sinaloenses dirigían aquel movimiento hermoso, libertario, justo, renovador. Yo había conocido algunos de ellos o a sus hermanos o hermanas. Menciono a dos mochitenses: Salvador Martínez de la Roca, el Pino, su hermano Víctor fue mi compañero en la escuela primaria Josefa Ortiz Domínguez y siempre cuando se le complicaban las cosas en asuntos de manos amenazaba: “Voy a traer al Pino”. Nunca lo llevó. El otro mochitense fue Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, quien vivía cerca de la primaria y, paradójicamente, al lado del pequeño cuartel militar y sus hermanas eran unas morenas claras muy bellas, como las de la mayoría del pueblo.

Luis Tomás ha sido considerado el líder más radical del movimiento estudiantil del 68. Y se cuentan cosas terribles de su paso por Lecumberri. Por ejemplo, que sufrió simulacros de fusilamiento y alguna vez lo hicieron borrar con la lengua una pinta que apareció en Lecumberri que rezaba: “Chingue a su madre Díaz Ordaz”. Pero también estaba Gilberto Guevara Niebla, el Comandante, sonorense que estuvo avecinado en Culiacán, y Florencio López Osuna, el concordense que pronunció el único discurso del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas; hoy por cierto, disfruto de la amistad de su hermano Faustino, quien escuchó los ecos del 68 desde Bulgaria, donde estudiaba economía política. Y cómo olvidar a Liberato Terán Olguín, el líder estudiantil sinaloense más auténtico, más emblemático de toda una generación de rebeldes de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Militante de la Juventud Comunista, inclaudicable en toda su vida, siempre del lado de las luchas justas.

Cuando en el otoño de 1971 salí a estudiar a la UNAM llevaba en mis alforjas los recuerdos difusos de esa época. Les encontré sentido en la gran ciudad. Fui beneficiario directo de los efectos culturales que tuvo el movimiento del 68, no conocí lo que hubo antes, quizá hoy algo entiendo, luego de idas y vueltas al DF, de lecturas, de amigos, algunos vivos otros que se despidieron antes de tiempo. En alguna forma me siento hijo de esa generación que nos enseñó el valor de la rebeldía, de la libertad y el respeto a la diferencia.

Artículo de opinión publicado el 30 de septiembre de 2018 en la edición 818 del semanario Ríodoce.

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