Ecos del M68 Parte 5

A Delia siempre le gustaron los militares, los uniformes con sus insignias le atraían sobremanera. A los 20 años se enamoró del capitán Amancio Sánchez, le gustaba su voz de mando, cómo la tropa atendía sus órdenes. En los desfiles era de las primeras para ver su marcialidad, y el garbo de la milicia. El romance fue intenso y sin tropiezos, hasta que en aquella fiesta militar, su mismo amante le presentó al teniente Carlos Mondragón; se prendó de él desde el mismo instante en que la mirada intensa de aquellos ojos verdes la recorrieron de pies a cabeza.

—¿Estás segura de lo que está haciendo? —preguntó doña Amelia a su hija Delia.

—Sí mamá. Carlos me ha prometido casarse conmigo, Amancio sabrá comprender.

—Debes tener cuidado mija, ellos son hombres de armas tomar.

Cuando la bengala iluminó el cielo y se desató la matanza en Tlatelolco, el capitán Sánchez apuntó y jaló del gatillo, el general que comandaba al ejército cayó herido. Varios soldados, entre ellos el teniente Mondragón corrieron en su auxilio, no se dio cuenta cuando el capitán le disparó, tres balas atravesaron el cráneo del teniente, quedó muerto al instante con su mirada verde mar perdida en el infinito enrarecido por el humo; su rostro mostraba un rictus de sorpresa. El asesino se perdió blandiendo el arma humeante y dando gritos que arengaban a la tropa asesina.

La muerte expandió su horror por toda la plaza de las tres culturas; el sonar de las balas se fue alargando entre una y otra, los gritos se fueron apagando, los llantos y las quejas se convirtieron en sollozos de muerte. El olor de la pólvora, la sangre y la mierda invadieron el pavoroso espacio provocando desconcierto. Al paso de las horas llegaron máquinas: cargadores frontales, barredoras, pipas; y un ejército de militares comandado por civiles que gritaban ordenando; atendieron con destreza para cargar camiones con cadáveres que se deformaban al ser levantados junto con basura y una gran cantidad de zapatos y ropa desgarrada. Potentes chorros de agua limpiaron la sangre derramada, y las losas volvieron a quedar como siempre: mudas, ocultando en el silencio la muerte del pueblo.

El M68 quedó grabado para siempre: ¡2 de octubre no se olvida!

Días después, el gorila se declaró culpable, estaba dispuesto a ofrendar su vida, y así, completar su nefasto fin, para proclamarse héroe. Pero el pueblo que es más sabio, decidió dejarlo para que viviera en carne viva el repudio de su insana maldad. Ahora está en la larga lista negra de los que han traicionado a la patria, esos que no se han tentado el corazón para anteponer sus intereses personales y enriquecerse, aunque vivan eternamente con el repudio del pueblo.

El próximo 2 de octubre de este año 2018, se cumplen 50 años de aquella masacre. En el recorrido de estas cinco décadas, México y los mexicanos hemos seguido teniendo actos de violencia que han provocado más de 500 mil muertes y más de 200 mil desaparecidos. Todo, en el marco de luchas políticas que no han logrado asentar bases que nos garanticen un futuro de paz. Los acontecimientos, dados los resultados violentos, la gran pérdida de vidas, el estancamiento de avance en la educación, la academia, la ciencia, la tecnología, nos ubican como un país mediocre.

El pasado día 1 de julio, el pueblo, una vez más, dio muestras de querer enderezar esta nave llamada México. ¿Será posible que Andrés Manuel López Obrador, y la gran mayoría que ahora lo respaldan en el Senado y la Cámara de Diputados, logren componer esta situación? Yo, que me declaro entusiasta y creyente del género humano, estimo que es una gran oportunidad para que en base a la promesa empeñada de: No robar, No mentir y No traicionar, nos encaminemos a sanear esta casa mexicana que nos han dejado llena de pudrición. La tarea es larga y pesada, pero todo es posible con fe y dedicación.

Jamás hemos de olvidar, la historia está escrita con sangre y lágrimas. Aquí un fragmento de Jaime Sabines:
Nadie sabe en número exacto de las muertes ni siquiera de los asesinos ni siquiera del criminal. (Ciertamente ya llegó la historia este hombre pequeño por todas partes incapaz de todo menos del rencor). Tlatelolco será mencionado en los años que vienen como hoy hablamos de Río blanco y Cananea, pero esto fue peor, aquí han matado al pueblo; no eran obreros parapetados en la huelga, eran mujeres y niños, estudiantes, jovencitos de quince años, una muchacha que iba al cine, una criatura en el vientre de su madre, todos barridos, certeramente acribillados por la metralla del orden y la justicia social.

A los tres días, el ejército era víctima de los desalmados, y el pueblo se aprestaba jubiloso a celebrar las olimpiadas, que darían gloria a México. El crimen está allí, cubierto de hojas de periódicos, con televisión, con radios, con banderas olímpicas. El aire denso inmóvil, el terror, la ignominia alrededor, las voces, el tránsito, la vida. Y el crimen está allí.

Y el alevoso y cobarde asesinato de nuestro compañero y amigo Javier Valdez Cárdenas sigue impune, los que ordenaron su muerte, aún no se sabe, a ciencia cierta de ellos, andan libres sin que la autoridad pueda detenerlos; imponen la impunidad.

*Autor de la novela La agonía del caimán.

Artículo publicado el 23 de septiembre de 2018 en la edición 817 del semanario Ríodoce.

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