Malayerba: Choque

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El golpe le llegó por atrás. La camioneta Cheyenne, gris oscuro, con una oscuridad que invadía los cristales de la cabina, se le había echado encima desde metros atrás, empujando su vehículo varios metros por el bulevar.

Los del automóvil impactado no dudaron en salir para ver los daños: la defensa aplastada hacia adentro, la placa de la unidad echa un nudo, los focos de los estops destrozados y la capa de pintura agrietada.

La mujer, joven y bella, de muñecas y dedos brillantes, por tantas esclavas y anillos, y de uñas multicolores, con piedras como incrustaciones y siluetas sinuosas, bajó el cristal del lado del conductor nomás para que la vieran.

Oiga, la espetó el mayor de los hermanos que iban en el automóvil. Me chocó. Fíjese por dónde va. Pinche vieja babosa. No sabe manejar o qué. Vea nomás cómo me dejó el carro, chingado.

La mujer apenas volteó a verlo. De reojo, buscó los controles instalados en la puerta de la camioneta y aplastó un botón para que subiera, lentamente, con ese ligero y agradable sonido de motor del elevador, el cristal de su lado.

El hombre, afuera, sin que ella lo oyera, seguía vociferando. Ella en sus aposentos ni volteaba a verlo. El celular en la oreja.

Ay amor, es que a mí no me gustan estas cosas. Ven por favor. Es que choqué. No, no quiero salir. Aquí estoy, adentro de la camioneta. Apúrate, ay.

El menor le decía a su hermano que se calmara. Mira carnal, tranquilízate. Qué tal si son malandrines, hay que calmarnos. Más vale que le bajes, tranquilo.

Ahorita arreglamos. No creo que haya problema, está muy claro: ella no se fijó, no frenó, y pegó por atrás.

Y el otro parecía no escucharlo. Seguía gritando, haciendo aspavientos con los brazos. Manoteando y brincando de coraje sobre al pavimento hidráulico.

Decía que acababa de pintar el carro, que estaba ahorrando para equiparlo, que quería comprar otra parrilla, tapizar los asientos y comprar fanales. Tanto que se había esforzado, chingadamadre. Y el otro insistiéndole que le bajara.

La mujer se animó a salir de la cabina cuando vio a varios conocidos suyos que llegaban a la escena del choque. Ay mi amor, qué bueno que llegaste.

Eran seis. El hombre que parecía jefe traía una barba de tres días: rala, descuidada y con granos intercalados. Los otros traían lentes oscuros, tenis de marca, hebillas grandes, cintos de cuero, cachuchas de tela y pelo corto.

El que encabezaba el grupo se acercó a los jóvenes hermanos. Bueno, entonces con cuánto se hace. Dígame, pa’ arreglarnos ya.

El menor se quedó callado, queriendo concentrarse para sacar cuentas. El otro reinició los gritos. Qué arreglar ni qué nada. Pinche vieja, que aprenda a manejar.

El de la voz de mando lo miró y apretó los labios. Unió los cueros de ambos lados de sus ojos, en el centro de su cara. Y arrugó el mentón, como queriendo acomodar con gestos esa fea barba.

Mira, pendejo. Esa vieja es mi vieja. Y tú no la vas a insultar porque te mato. Aquel pareció no escucharlo y siguió como si todavía tuviera cuerda. El otro le dio un cachazo con su cuarenta y cinco en la boca. Después en nariz y párpado.

Ambos labios partidos. La nariz rota y la ceja derecha cortada. Sangre emanando. Casi rendido. Inclinado, con la mano queriendo cubrirse, impedir el flujo del líquido tibio y rojo, todavía atarantado.

Y ahí está, pendejo. Le aventó un puño de dólares que sacó de una cangurera. Pa’ que sigas gritando. La mujer se acercó y le dijo, Ay amor, qué bueno eres. Mua.

Artículo publicado el 24 de marzo de 2024 en la edición 1104 del semanario Ríodoce.

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