Malayerba: El mirón

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Alrededor del pequeño parque ellos convivían. Se bebían unas cervezas tecate laic, que estaban dentro de una yelera azul, en el piso del automóvil.

La acústica del lugar permitió a algunos vecinos escuchar carcajadas, gritos festivos, el acordeón de alguna pieza norteña que reproducía el estéreo del vehículo y los pinches y chingado de los que platicaban en voz alta.

Estuvieron ahí desde las nueve de la noche, envueltos en una fiesta privada, de música, pláticas de viejas y jales exitosos, en el ejercicio íntimo de la cabina automotriz, aluzada por las lámparas que traspasaban el follaje tupido de los olivos.

Y ellos ji, ji, ji. Y luego ja, ja, ja. Uno al otro le decía jefe, jefe. El otro al rato lo compadreaba: compadre esto, compadre lo otro.

Y de nuevo cambiaban los títulos, en función de estados anímicos y temas abordados. A secas, uno le decía compa, amigo. Y el aludido respondía, Mi cuate. Y ambos, de repente, de manera espontánea, se llamaban viejo.

Nombre mi viejo. Así es, viejo.

Era una especie de condescendencia mutua. Un ritual de respeto y admiración, e igualmente de ponerse uno debajo del otro, subordinado, y a sus órdenes. Un reconocimiento de superioridad que ambos se otorgaban sin regateos.

Y luego el silencio. Esa oquedad del sonido y el viento en el parque y en esa cabina: ya no pasaban los camiones urbanos por el lugar, eran escasos los vecinos en las banquetas y nulo el tráfico vehicular.

Y ellos, en esa ausencia de sonidos, en las treguas entre rola y rola, y en esa terquedad de sacar y meter discos, se echaban sus sorbos, sus tragos inmedibles, de hasta medio bote por viaje, para apagar la sed y alcanzar el fondo del aluminio del recipiente frío.

Y ese silencio se hizo denso, ruinoso. Y se recogieron las palabras, los gritos, las declaraciones de afecto y amistad, para dar paso a la oscura y silente ausencia de ambos en ese rincón: estaban ahí, pero en un desencuentro que los distanciaba cada vez más.

Y las canciones dejaron de sonar y el acordeón como que quiso llorar. Ya no hubo cantos ni chingados ni pinches en aquel tono amistoso. Estaban enojados. Empezaba el pleito.

Tu chingada madre, le contestó el del volante. El otro le pidió subiendo el volumen, Compa, no me eche de la madre. Entonces le respondió, Qué me vas a hacer. Qué me vas a hacer tú, pinche tacuache, si eres un pobre pendejo, un mandadero, lambiscón.

Los gritos se multiplicaron. Ya no se distinguía quién era quién y apenas podían rescatarse palabras mochas de esa jauría de insultos y mentadas que ambos se lanzaban al mismo tiempo, atropellándose.

El pleito llamó la atención de algunos vecinos. Hubo siluetas en las ventanas, recorriendo la cortina, en cocheras y balcones.

Escucharon detonaciones. Se vio dentro del carro un chispazo fuerte, como relámpago, y luego otro.
El que disparó salió del lado del copiloto. Se fajó el arma y se fue de ahí, corriendo, perdiéndose entre las sombras de árboles y estructuras habitacionales.

La gente salió al fin a las banquetas. Alguien llamó al servicio de emergencias. Y aquello se vio invadido por los colores rojo y azul de las patrullas.

Los curiosos se arremolinaban. Los agentes tomaban nota de casquillos y cadáver. Los metiches mudos. Respondieron, No sé, no vi. Incluso aquel que había vuelto, con otra ropa, como si nada, a ver su obra homicida: su propia galería del horror.

Artículo publicado el 17 de diciembre de 2023 en la edición 1090 del semanario Ríodoce.

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