Malayerba: Lo que quiera

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Los del periódico mandaron al fotógrafo a tomar gráficas de una fiesta de quince años. La celebración era en un local fastuoso, apenas inaugurado, de fachada con columnas de Partenón y un color mamey en los muros, cubriendo un fino enjarre con relieves.

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Sabía lo que tenía qué hacer. Llegar, presentarse con los organizadores, los padres de la joven, el padrino, sacar el equipo y empezar el ritual de poses y destellos del flach y el clic del disparador.

Casi de memoria podía repetir y ahora de esta forma, de lado, sentada, así, una sonrisita, y ahora con los padrinos, que vengan los padres, que se acomoden todos los de la familia, y luego los amigos, mirando para acá por favor.

No es que le gustara. Es que tenía que hacerlo. Y con suerte, ya al final, podía entregar sus tarjetas de presentación y ponerse a las órdenes de padres y padrinos, y venderles unas fotos, tal vez una tamaño póster, con todo y marco.

Y después podían salirle más chambas por su cuenta, con otros invitados o conocidos de la festejada o de sus padres o familiares. Así que además de las que iban a publicar en el periódico podía usar algunas gráficas para venderlas aparte y sacar un dinero adicional.

Iba contento, relajado. Sábado. Después de esto habrá tiempo para las tecate laig, ir a un téibol, la cantina, escuchar algunas rolas y jugar dominó con los amigos. Hoy juegan las Chivas, con suerte alcanzo el segundo tiempo.

Llegó al lugar y afuera había dos tipos altos, uno de ellos traía una cachucha: las piedras brincaban luminosas en la oscuridad, y de las cavidades oculares solo se veía lo blanco y no sabía hacia dónde disparaba esa mirada.

El otro era de botas y mezclilla. Traía una camisa de marca, con muchos estampados. Oloroso a perfume, bien portado, amable y discreto, pero serio. Ese fue quien lo recibió con un, Buenas noches. Qué se le ofrece.

El otro rompió con la amabilidad escasa del primero y le dijo, De dónde vienes. Él respondió, Del periódico, me mandaron a tomar unas fotos, es una fiesta de quince años, ¿no?

Le dijo, Traes una identificación. Sacó una que apenas le habían dado una semana antes. La vieron y lo vieron. El hosco se la pasó al otro. La vieron y lo vieron. La dieron la vuelta a la credencial: revisaron fecha, firma, nombre. El de la mezclilla masculló. El otro solo pujó. Y se fue para adentro.

Aquí espere, le dijo. El otro vio que se acercaban otros invitados, así que le pidió que, Por favorcito, hágase pa’llá, pa’que pasen las gentes. En eso llegó un grupo como de cinco y rápido entraron. Otros cuatro, con aspecto de gente de rancho, también entraron y hasta los saludaron con deferencias: a sus órdenes jefe, pásele.

El que le pidió que aguantara en la puerta salió. Traía un sobre amarillo, pequeño. Se lo dio, con todo e instrucciones: pase, baile, coma y pistee todo lo que quiera, pero no tome fotos, porque a la primera le quito la cámara y le pongo unos chingazos.

Se quedó tieso. Le preguntaron si iba a pasar, pero no supo qué decir. Pocos segundos después reaccionó con un, Ah, muchas gracias. Abrió el sobre: un fajo de billetes le sonrió. Todos de quinientos.

Enfiló hacia el carro y le dijeron, A dónde va. Voy al carro, ahorita me regreso. Regreso pura madre, musitó, mientras buscaba las llaves. Voy a festejar, a ver el partido completo.

Artículo publicado el 03 de diciembre de 2023 en la edición 1088 del semanario Ríodoce.

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