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Rocha: el estilo personal

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Podremos estar o no de acuerdo con las formas de conducir la política de parte del gobernador Rubén Rocha Moya, pero en lo que sí nadie puede diferir es que le imprime un sello particular que no habíamos visto en otros gobernadores.

Si intentaramos describir de manera sintetizada la actuación de sus antecesores más recientes, podríamos decir:

Renato Vega: ausente, la gubernatura fue su retiro; Juan Millán: mano de hierro con guante de terciopelo; Jesús Aguilar: inteligencia, paciencia y sobre todo timing para las decisiones, salvo el quinto año que lo perdió la soberbia.

Mario López Valdez, Malova, frivolidad y corrupción; Quirino, eficiencia administrativa e indiferencia por la política.

Con todo y esas características particulares, entre los ex gobernadores encontramos un hilo conductor que es el de la mínima aparición posible en temas polémicos.

Practicaban aquel viejo estilo de que el peso del gobernador se sintiera, pero que no se viera.

En los meses que Rocha Moya lleva en el ejercicio del poder, quizá sea temprano para tener una opinión completa de su “estilo de gobernar”, pero lo que sí se puede afirmar desde ya, es que hace todo para que el gobernador se sienta y no le importa que también se vea.

Lo vimos en su activismo personal y directo en favor de la revocación-ratificación de mandato; en los ceses fulminantes de Héctor Melesio Cuen y de Ruth Díaz Gurría y más recientemente en la destitución de Estrada Ferreiro de la Presidencia Municipal de Culiacán y el impulso ante el Congreso para la designación de Juan de Dios Gámez, su ahijado, admitió, al frente de la alcaldía.

Ningún empacho tuvo tampoco en inaugurar en Mazatlán un negocio (uno más) de su defenestrado Secretario de Salud y sentarse con él en su propia “guarida” de Casa María, para resolver el bache en que lo metió Estrada Ferreiro con su intempestiva e intencionada petición de licencia dejando a cargo como alcaldesa a la pasista María del Rosario Valdez Páez.

De manera directa, lo que no hizo el Químico Benítez, salió en defensa del secretario del Ayuntamiento de Mazatlán, Edgar González Zatarain, ante las denuncias interpuestas en su contra por los hermanos Arellano (Grupo Arhe) y en el colmo de lo inusual, apenas en el noveno mes de su mandato, “destapó” al primer edil mazatleco y a Gerardo Vargas como sus posibles sucesores.

Los que ofician en la política siguiendo “el librito” al pie de la letra, obvio, critican y no están de acuerdo con el activismo frontal del gobernador a quien, por su disciplinado servicio de muchos años a gobiernos priístas, siguen considerando como “de los suyos”.

Se autoimponen la ortodoxia que quisieran ver en el mandatario y por lo mismo son incapaces de criticarlo mas allá del comentario sotto voce en pequeñísimos círculos de confianza.

Decía mi abuela que hay “hombres y hombrecillos, monicacos y monicaquillos” con lo que daba a entender una especie de escala en la valía de los individuos. Yo creo que igual medida puede aplicarse en la política y los monicacos y monicaquillos que desde la mesa del café y el infierno de estar fuera del presupuesto critican un día sí y otro también las formas políticas del gobernante, están muy lejos de entender la intención de sus acciones.

Porque de que esas acciones tienen intención, la tienen. Ninguna de las declaraciones, toma de posición y proceder del gobernador, son producto de la ocurrencia, de la irreflexión o del “boteprontismo”

Son modos, estilos, actitudes de entender y ejercer la política.

Los resultados se podrán contrastar con el paso del tiempo pero, a los que el ejercicio les resulta singular, deben de entender que desde 1975 en que asumió la gubernatura don Alfonso G. Calderón, no se había visto en Sinaloa otro gobernador con el poder absoluto en el Congreso del Estado; con todos los diputados federales y senadores de su mismo partido y con la totalidad de los alcaldes llegados al cargo al amparo de su movimiento político.

Luego entonces no debería sorprenderles que un gobernador, con todos estos activos, actúe de manera diferente.

¿Mano de hierro como Millán? Sí, sin guante de terciopelo. ¿Paciencia como Aguilar? No la necesita. ¿Corrupción y frivolidad como Malova? Hasta ahora ausentes. ¿Eficiencia administrativa e indiferencia por la política como Quirino? Lo primero está por verse, la política para Rocha, es ejercicio diario.

La gran, gran diferencia, marcada desde el inicio con sus antecesores, es que el gobernador no tiene emisarios ni personeros. La política la hace él sin importar que su mano se sienta y se note.

Los ortodoxos, aun siendo sus seguidores, afirman con un dejo de pesimismo que “se desgasta”, pero esa supuesta erosión no parece estar en las preocupaciones de Rocha Moya.

Tiempo y circunstancias dirán quién tenía razón.

Artículo publicado el 26 de junio de 2022 en la edición 1013 del semanario Ríodoce.

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