septiembre 24, 2020 10:11 PM

Llegó al IMSS de Los Mochis buscando salud, pero encontró la muerte

CLÍNICA 49. Muerte insólita.

Sus ojos estaban desorbitados, pero no podría emitir un solo grito de dolor, porque una apoplejía se lo impedía. Su brazo derecho tasajeado goteaba sangre como regadera descompuesta. El bíceps desde el codo hasta casi los hombros estaba cortado por la mitad.

Las sábanas blancas de la cama 123 de la sala de enfermos renales estaban teñidas de rojo y de ellas emanaba un olor dulzón; el piso estaba moteado de color escarlata y resbaladizo.

Víctor R. el enfermero de turno estaba parado frente al hombre de 68 años de edad que tenía ya 17 días internado, y con sus manos escudriñaba en la carne viva que cortó desde el codo hasta casi el hombro del brazo derecho. No mostraba ni un asomo de sorpresa, pavor o misericordia. Estaba impávido, imperturbable, buscando quien sabe qué cosa adentro de las carnes de Gilberto Cota Mendívil, su enfermo renal que estaba a la espera de diálisis y de una tomografía cerebral que rebelara la causa por la que su costado izquierdo estaba paralizado y lo tenía sin habla.

Víctor R. sólo reaccionó cuando la estación de enfermería se vació al mismo tiempo que los testigos gritaban escandalizados porque el enfermero destazaba vivo a su paciente. La corretiza de las enfermeras que a gritos pedían un médico alteró el silencio en la sala de hemodiálisis de la clínica de especialidades número 49 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en Los Mochis. Inmutable, el enfermero dio unos pasos y luego se esfumó del hospital. Para escabullirse, burló toda la vigilancia interna y externa del IMSS y desde el lunes 7 de septiembre se convirtió en una sombra.

Mientras, en la colonia San Francisco, Fernando Cota Peña, uno de los tres hijos de Gilberto se preparaba para su turno nocturno del cuidado de su padre. Le sonó el celular. Era su tía la que lo llamaba. Pensó que aquella llamada era para que apurara la llegada o porque se requería de algún medicamento.

-Bueno-, contestó al mismo tiempo que le picaba al botón verde del aparato.

Sí, efectivamente era su tía, pero estaba tan alterada que apenas podía contarle la escena de horror y sadismo que había presenciado y en la que su propio padre era la víctima.

Escuchando aquello, se quedó estático. Para él, el tiempo se había detenido y las cosas cotidianas pasaban en cámara lenta. No sentía nada ni percibía nada. Era como un zombi.

No sabe explicar cómo llegó al hospital. Sólo recuerda estar con su tía y que la sala otrora tranquila era un desmadre. Gente aquí y por allá. Médicos tratando de explicarle lo que había pasado con su padre, diciéndole que estaba estable y que se recuperaría. Pero él estaba como anestesiado o drogado. Estaba insensible, bloqueado. En sus recuerdos de la ocasión hay lagunas que se comenzaron a rellenar cuando su tía le contó lo ocurrido y que ahora repetía sentado en la banca de un parque, ajeno a las miradas de mirones y de devotos católicos que entraban a la parroquia La Divina Providencia. Sus ojos se hunden en el tiempo, su cuerpo se tensa en el vacío interior, la voz se torna un susurro, y comienza a recomponer cuadro por cuadro los últimos días de su vida al cuidado de su padre.

Contó que el 22 de agosto, su padre ingreso a la clínica 49 por retención de líquidos ya que era un paciente renal y por un accidente vascular que le había provocado una apoplejía, impidiéndole hablar y desarrollar las actividades de una persona de 68 años de edad. Fue en esa estancia cuando se relacionaron con el enfermero.

El enfermero Víctor R. siempre fue amable durante los 17 días previos. Nunca una mala atención, y hasta se había creado un vínculo de amistad, recuerda, al grado que hasta le prestaban dinero.

Pero a las 16:00 horas del lunes 7 de septiembre, su padre comenzó a sangrar del brazo izquierdo. Justo en donde la aguja hipodérmica le metía el suero al cuerpo.

Su tía llamó a Víctor y él llegó. Se aprestó a cambiarle de brazo el suministro de suero, y para ello tomó otra aguja. Picó a Gilberto en varias partes, pero no pudo insertarla en la vena.

Pidió a la mujer acudir a la estación de enfermería por unas tijeras. Ella se sorprendió pero fue por la herramienta. Cuando regresó a la cama, el enfermero ya estaba alterado. Recibiendo las tijeras, le pidió regresar a la misma estación pero ahora por un anestésico local. Ella se sorprendió más, pero fue con las enfermeras.

Ellas le negaron el spray pedido porque era bajo estricta instrucción médica, y retornó a la cama en donde estaba Gilberto.

Cuando regresó a la cama, Víctor ya había destazado la parte interna del brazo derecho desde el codo hasta casi los hombros. Con sus manos esculcaba adentro de la carne viva. Entonces, el caos estalló y no paró hasta que los médicos suturaron el tajo.

Fernando estaba como ido, pero reaccionó. El martes acudió ante la Fiscalía General de la República para denunciar el hecho. La institución abrió la carpeta de investigación FED/SIN/MOCH/00010711/2020 y un fiscal federal le prometió que investigarían el asunto.

Él asegura que el caso de su padre contra el Seguro Social no terminará así como así porque la institución fue negligente al tener en sus servicios a un enfermero que acusaba rasgos sádicos y era un riesgo para los pacientes.

Dos días después de haber sido atacado por el enfermero, el padre de Fernando, Gilberto, murió.”No cabe duda que esa lesión y lo que sufrió al ser atacado le aceleró el deterioro de salud. El IMSS y el enfermero deben pagar por lo que mi padre sufrió. Esto no va a quedar así como así. Debemos proteger a los pacientes que llegarán al IMSS”.

Fernando cree a pie juntillas que el sindicato del IMSS protege al enfermero agresor.

Tras el escándalo, el IMSS Sinaloa emitió una tarjeta informativa y consideró el caso como “una mala práctica por parte de un auxiliar de enfermería quien al no tener éxito en la canalización, originó una lesión cortante en el brazo del paciente. .. que fue suturada por el personal médico”.

El IMSS aseguró que la vida del paciente no fue comprometida y que separó de sus funciones al auxiliar de enfermería; lamentó el caso y se dijo coadyuvante en las investigaciones.

Y tras la muerte de Gilberto, la institución alegó que esta sobrevino por complicaciones propias de los padecimientos.

Artículo publicado el 13 de septiembre de 2020 en la edición 920 del semanario Ríodoce.

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La denuncia de Emilio Lozoya

Consulte aquí el texto íntegro
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