agosto 2, 2021 10:23 PM

Llamada desde NY

GUERRA SUCIA. Los ajustes con el pasado.

La semana pasada recibí una llamada inesperada de un sobreviviente de la guerra sucia de los setenta que me dice que se autoexilió en la Unión América. Se trata de RCZ, un joven mochitense que fue vecino y compañero de escuela, y que desde muy joven se integró a la “lucha revolucionaria” primero en el “movimiento enfermo” que se incubó en la UAS con las tesis de la “Universidad fábrica” y más tarde, en diversas organizaciones revolucionarias clandestinas. Yo no sabía de él desde aquellos años sobreideologizados que costaron la vida de cientos, quizá miles de jóvenes, que estaban influidos por la Revolución Cubana y la figura icónica del Che Guevara.

Me dio gusto la llamada y después de los saludos de rigor, me hizo un pedido que escribiera sobre los jóvenes del norte sinaloense que desde entonces están desaparecidos. No acostumbro a escribir por encargo me parece que en el periodismo de opinión cada uno debe escoger, pero cierto nadie recuerda ya a estos muchachos. Me hizo llegar las fotos de Gilberto, Joel, Edmundo, Marco Vinicio, José Manuel, Juan de Dios, Cristina e Ignacio; revisé con atención estos rostros en la flor de la juventud. Ninguno de ellos tenía más de 18 años cómo lo muestran sus rostros serios con tres pelos de barba, bigote ralo, ropa sencilla y, vamos a decir con Benedetti, con mirada que siembra futuro.

Todos ellos habían sucumbido ante la retórica de la revolución. No había manera que tuvieran éxito frente al Ejército o los torturadores de la Dirección Federal de Seguridad. Algunos probablemente cayeron cuando distribuían propaganda en los campos agrícolas haciendo una pinta en algún muro de una agroindustria en el Valle del Fuerte que en ese entonces era un delito grave. No tenían edad para entender la complejidad de una revolución y su visión agitada seguramente era binaria siguiendo el manual de pobres y ricos, explotados y explotadores.

Cierto, hoy el número de desapariciones es el pan de cada día y no se necesita aparentemente ninguna razón para que suceda en cualquier tarde y esquina. Estamos hablando de cientos de jóvenes que son arrebatados de sus familias y de los cuáles no se vuelve a saber de ellos, que se vuelven un número en una estadística, dejando rotas y en medio del dolor a familias enteras. Lo grave es que frecuentemente estos jóvenes son levantados y asesinados por otros jóvenes.

Así que es válido recordar a aquellos jóvenes desaparecidos en los setenta. Fueron semilla fértil de lo que vendría en las décadas siguientes. Nunca debieron desaparecer. Hoy seguramente varios de ellos serían profesionistas, tendrían familias y harían política a través del sistema de partidos u organizaciones ciudadanas, algunos de ellos quizá estarían en la prensa o habrían cultivado un arte o serían académicos. Pero, no fue así, aquellos jóvenes fueron capturados por la utopía redentora, liberadora, socialista. Habían decidido hacer la revolución acompañando con armas las luchas de campesinos, obreros, colonos.

Una iniciativa que desató la furia del gobierno de Luis Echeverría y José López Portillo y con esa rabia se formó la Brigada Blanca que recorría el territorio estatal buscando detenerlos y muchos de ellos, sobre todo los que habían participado en actos de sangre, simplemente cuando eran capturados se les desaparecía ya sea arrojando sus cuerpos vivos al mar o a socavones, lo menos un tiro que se justificaba con la frase “caído en un enfrentamiento”. Héctor Aguilar Camín da cuenta de ello en su novela histórica: La Guerra de Galio, que seguramente contó con información clasificada de los sótanos de la Secretaría de Gobernación.

Luego vendrían otros textos, pero hay uno testimonial, muy importante para Sinaloa, de lo que ocurrió en esos años en Sinaloa. Escrito por Gustavo Hirales, fundador y dirigente de la Liga Comunista 23 de Septiembre que vivió en la clandestinidad en el estado. Se trata del libro bajo un título camusiano: Memoria de la Guerra de Los Justos. Hirales, miembro del desaparecido Grupo Los Procesos que habían roto con la Juventud Comunista del PCM y que fueron semilla de esa confluencia de rebeldes que dieron forma a la LC 23 de S. Él relata con buena prosa cómo era la vida en la clandestinidad. Durmiendo dónde se podía, comiendo cuando había, activando en la madrugada.

Han transcurrido desde entonces 50 años. Los sobrevivientes pintan canas si no es que han muerto por enfermedades o adicciones. Es una generación de sinaloenses que creyó en la revolución como se la imaginara cada uno de ellos con su idealismo. Escucho la voz de RCZ y todavía tiene un toque de alegría revolucionaria. Hay entusiasmo en sus palabras. No ha perdido la fe, siente que tiene un compromiso con los chamacos de su generación, los del Barrio del Piojo de Los Mochis. Quiere platicar las historias propias y ajenas. Hacer su propio ajuste de cuentas con ese pasado que le arrancó los mejores años de su vida. Lo hace con gozo con la convicción de que lucharon por algo bueno. El luminoso mundo socialista.

Hace unos años estuve en Buenos Aires y fui a visitar el Monumento a las Víctimas del Terrorismo, de la Guerra Sucia de los años setenta, un lugar del barrio de Belgrano en las afueras de la ciudad, frente al Río de la Plata, y cerca de donde estuvo el aeropuerto militar el diseño arquitectónico es un sistema de losas transversales, en ellas se han inscrito los nombres de los desaparecidos o peor los que fueron arrojados en los “vuelos de la muerte”. Y, siempre me he preguntado, por qué en México no tenemos un memorial que recuerde a estos y otros jóvenes que soñaron con un mundo mejor y lo que encontraron fue la muerte.

Columna publicada el 23 de agosto de 2020 en la edición 917 del semanario Ríodoce.

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