septiembre 19, 2020 2:51 AM

La otra epidemia en Ahome: desapariciones

Jorge Luis Espinoza

“Juan”, un niño de un fraccionamiento plagado de familias precarias en Los Mochis, tomó su balón y salió a jugar futbol frente a su casa, cuando dos autos blancos como la espuma prácticamente le rayaron los neumáticos en sus pies.

El chirriar de las llantas no lo asustó. Pero quedó petrificado cuando seis sujetos escuálidos bajaron corriendo con rifles en sus manos.

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Pasmado, no escuchó cuando su madre le grito, ni sintió cuando ella lo tomó en peso y lo condujo hasta el último cuarto de esa casa ajena que desde hace meses ocupaba, al igual que varios de sus vecinos, y con los cuales el silencio era la mejor forma de convivencia pacífica.

Y mientras se fusionaban en un abrazo fraternal, ya no alcanzaron a ver cuando aquel grupo de sicarios quebraron la puerta de la casa de su vecino, escalaron la azotea, azotaron muebles y gritaron insultos.

Tampoco observaron cuando, casi a rastras, se lo llevaban.

Cuando todo se calmó, y el viento dejó de asustarlos, “Juan” y su madre salieron y vieron la casa de su vecino toda revuelta. Esa misma visión la tuvieron todos los ocupantes de la cuadra, que se hicieron los disimulados cuando descubrieron que aquellos dos autos compactos de color blanco regresaban a la casa.

El niño se volvió a quedar petrificado, abrazando su balón y tomando con la diestra a su madre. Ambos, con un caminar apretado se metieron a su casa, cerraron la puerta por dentro, pegaron sus párpados lo más que pudieron y respiraron cuando el ronronear de los autos se convirtió en silencio.

A las horas, una patrulla pasó por el lugar, pero los agentes sólo vieron hacia la casa en sombras.

De ella había desaparecido una persona.

Aquel desconocido que se esfumó no era el único, porque la cabecera del municipio de Ahome, Los Mochis, sufría en mayo una epidemia de desapariciones ante la vista de muchos y la indiferencia de tantos, pero sobre todo, con la complicidad u omisión de las fuerzas policiales y la parsimonia del ejecutivo municipal y su gabinete inactivo.

JESÚS MARÍA GONZÁLEZ. Desaparecido el 15 de mayo.

De acuerdo con datos recopilados de los avisos de la Comisión Estatal de Búsqueda y del colectivo “Desaparecidos de El Fuerte”, entre los ausentes está, Jesús María González Rocha, que es un abuelo de 71 años de edad, residente de la colonia Rubén Jaramillo que desapareció el 15 de mayo cuando conducía un camión de volteo hacia las cribas del cerro Largo, en las inmediaciones del campo 35. Días después, el camión fue encontrado desmantelado en el fondo del canal Alto, en el municipio de Guasave, pero sin el conductor.

Gerardo Medina Palma, recuerda a Jesús María como un hombre bueno, trabajador, sin juicio en contra, que debe estar con su familia y no ausente.

El joven médico  guasavense, Óscar Roberto Blanco Zavala, estaba afuera de su casa en los alrededores del fraccionamiento Las Canteras escuchando música, cuando se esfumó. Eso ocurrió el 13 de mayo, dos días antes que Jesús María desapareciera. La familia ha clamado por su paradero en redes sociales, pero nadie le ha respondido.

Una madrina del galeno, contó que es una buena persona que buscaba siempre hacer el bien.

El 29 de mayo, en el fraccionamiento Las Flores, desaparecieron los gemelos oriundos del campo Esperanza, en el municipio del Fuerte, Francisco Antonio y Gonzalo Velásquez Quintero.

Por no tener familiares en el lugar, nadie cuenta qué pasó con ellos. Sólo se sabe que andaban en shorts y sandalias cuando fueron privados de la libertad.

Esa misma noche, en el ejido 20 de Noviembre, Tito Osorio Villanueva, se esfumó sin dejar rastro.

Al día siguiente, en el mismo ejido, Jorge Luis Espinoza Lerma, de 59 años de edad, corrió la misma suerte que Tito. Sujetos que allanaron su casa se lo llevaron.

Indra Rocío Castro Millán y Julio Íñiguez desaparecieron juntos ese mismo 30 de mayo, pero en el ejido Benito Juárez, al surponiente de la ciudad. Nadie sabe qué fue lo que pasó con ellos.

La noche de terror se alargó hasta el fraccionamiento, Santa Teresa, en donde Alán Luna Miranda, de 34 años de edad, quedó en manos armadas y desapareció. Sujetos allanaron su domicilio y lo sacaron a la fuerza. La policía ni siquiera se paró en la casa.

De acuerdo a Mirna Nereida Medina Quiñónez, fundadora del colectivo de Desaparecidos de El Fuerte, la cifra de seres humanos ausentes en Ahome es alta e inestimable porque las familias guardan silencio, pero va en ascenso, sin que autoridad alguna los hubiese podido localizar.

En los casos hay hombres y mujeres, muchachos y adultos, trabajadores y desempleados, profesionistas y obreros, sin que en los casos exista un patrón.

Carlos Francisco Rodríguez Ponce, director de la Secretaría de Seguridad Pública y Tránsito del Municipio de Ahome, afirmó que las desapariciones de personas no le son reportadas, y que para fines estadísticos, el municipio está en calma, con un solo caso, pero de enero.  “Mayo estamos en cero, tanto con nosotros como por reportes a la Central de Comunicación”.

Columna publicada el 07 de junio de 2020 en la edición 906 del semanario Ríodoce.

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La denuncia de Emilio Lozoya

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