agosto 12, 2020 11:40 PM

Cuando el hartazgo y la ira se desbordan

protestas jalisco

Se va a requerir mucha serenidad y sobre todo altura de miras para que el país no se nos vaya al carajo. Visión de Estado de los que están encargados de dirigir los destinos del país y colaboración de la sociedad, de todos los sectores; también de los partidos. No solo México, el mundo vive ahora días convulsos, con protestas en las calles que tienen un denominador común: la ira. Los politólogos hablarán de las raíces profundas que hay debajo y los sociólogos del comportamiento de las masas en situaciones que ayer no imaginábamos, ocupados como estábamos en tratar de entender unos, explicar otros (y salvarnos todos de), la crisis sanitaria ocasionada por el virus SARS-COV-2.

El problema es que ni la cordura ni la altura de miras se observa por ningún lado. Por el contrario, la crispación es el denominador común frente a la pandemia –unos defendiendo hasta con los dientes lo que han hecho para tratar de controlarla y otros criticando hasta nimiedades con tal de socavar la imagen del gobierno–, con el agregado ahora de las protestas en las calles por los abusos policiacos, que han terminado en abusos contra los policías.

Para los que hablan del “fin del neoliberalismo” –como ayer hablaron del fin del capitalismo y el advenimiento del comunismo– , las protestas en los Estados Unidos a raíz del asesinato de George Floyd, les cayeron “como anillo al dedo”, para citar a un clásico.  El coctel que se había incubado en el corazón del sistema capitalista, con siglos de racismo, de explotación y ahora con el desempleo que ha provocado la pandemia, finalmente explotó y está demandando cambios que van más allá de la lucha racial, en un contexto –no hay que desdeñarlo—donde se juega ya la próxima elección presidencial.

En México las cosas no andan mejor. Los rezagos son históricos y las deudas del Estado –producto de décadas de explotación clasista y corrupción—con los sectores más vulnerables de la sociedad, descomunales. Por eso es fácil que protestas que ocurren en los Estados Unidos se repliquen de alguna forma en nuestro país, porque hay acumulados muchos agravios. Aquí también, como allá, o como en Francia, en Europa o en Sudamérica, basta una chispa para que las ciudades se incendien. Allí está el movimiento de las mujeres hace unos meses, de inusitado arrastre en todo el mundo. Son el racismo, la violencia contra las mujeres, la marginación y olvido de los más pobres, la organizada y funesta criminalidad, expresiones de un mismo sistema que si bien no va a desaparecer mañana, sí parece estar en una profunda crisis.

Por eso, sean copiadas o no, provocadas o no, instigadas con alguna perversa consigna o no, las protestas que se han generado en Jalisco y Ciudad de México a raíz de los asesinatos de George Floyd y de Giovanni López en Ixtlahuacán de los Membrillos, se cocinan en un caldo de cultivo histórico alimentado vastamente ahora con los problemas sanitarios y económicos, de desempleo, falta de ingresos e incertidumbre, que está provocando la pandemia.

Ante esta situación y para evitar que se desborden la frustración y la ira por un lado, y reacciones autoritarias –a nivel federal, en los estados o en los municipios– que podríamos lamentar mucho, por el otro, lo que debiera privilegiarse ahora es el encuentro de miras, de propuestas, buscando las salidas menos dolorosas a la crisis sanitaria y sus consecuencias en lo social y económico.  El problema es que ese encuentro no se ve por ningún lado. Sobre todo desde el gobierno debieran partir las iniciativas, pero lo que se privilegia ahora, allá y enfrente, son la confrontación, el engaño, la manipulación. Y en medio de la crispación de los actores políticos, la gente de a pie, los trabajadores que se han quedado sin empleo, los microempresarios que han bajado la cortina de sus changarros, los de miles de infectados por el virus que no encuentran apoyo de las instituciones de salud.

Si esos acuerdos no llegan, la crisis se agudizará, habrá más sufrimiento en los más jodidos, y muchos de los propósitos del nuevo gobierno, la mayoría encomiables, se quedarán en el camino.

Bola y cadena

PARA UN OBJETIVO ASÍ, ES DE PRIMER orden el papel y la actitud del presidente de la república. Pero Andrés Manuel López Obrador parece no haber entendido todavía que, si la elección del 2018 le dio la gran oportunidad de llevar al país justamente por donde él había querido, la crisis sanitaria le ha puesto en bandeja de plata la oportunidad de verse como el estadista que hasta ahora no ha sido. Y no por una causa menor, sino en medio de una de las crisis más profundas de que se tenga memoria. Qué lástima si no rectifica. Y qué pena por nuestra sociedad.

Sentido contrario

ENFRENTE DEL PRESIDENTE ESTÁN los partidos de oposición, algunos medios de comunicación claramente en contra de todo lo que diga y haga la llamada cuarta transformación, y algunos grupos empresariales y cámaras. Pero no hay en este bloque líderes capaces de articular propuestas coherentes y sólidas, y más bien lo que se observan son desplantes y rabietas descompuestas. Esto no es bueno cuando el hartazgo y la ira se desbordan. Y puede ser muy lamentable.

Humo negro

A PESAR DE LOS DISCURSOS “OPTIMISTAS” del gobierno, cada vez queda más claro que ni la pandemia se domó, ni vamos a regresar a la vida que llevábamos antes. Por lo pronto, nos quedan muchos meses más de confinamiento necesario, de sana distancia, de disfrutar hasta donde se pueda la vida de otro modo, de manifestar nuestro cariño por los demás de otra manera… y, lo peor, sin saber hasta cuándo.

Columna publicada el 07 de junio de 2020 en la edición 906 del semanario Ríodoce.

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