agosto 5, 2020 4:51 AM

Cine: ‘Madre’

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El “quédate en casa” se impone cada vez más y va para largo, contrario a lo que de manera optimista se vaticinaba (o malévola se ocultaba) al inicio del confinamiento que marca indeleblemente al 2020, así que Netflix recibe cada vez más clics para reproducir su catálogo de películas y series, entre ellas Madre (Chile/2016), escrita y dirigida por Aaron Burns.

El comportamiento de Martín (Matías Bassi), un niño autista, es incontrolable y complicado para Diana (Daniela Ramírez), su mamá, quien además está embarazada y sola, porque Tomás (Cristobal Tapia Montt), su esposo, trabaja en otro país. Por fortuna, se topa con Luz (Aida Jabolin), una filipina que labora en un supermercado y demuestra que es capaz de hacer que el niño supere una crisis con solo pronunciar su nombre, por lo que Diana la contrata casi de inmediato. En un solo día, Martín mejora en todos los sentidos y su madre se pone feliz, pero no por mucho tiempo: ahora comienzan a suceder situaciones muy extrañas en la casa.

La referencia a El bebé de Rosemary (1968) es más que evidente en Madre. No se trata de una copia exacta del filme de Roman Polanski, pero los elementos principales están ahí en la cinta de Aaron Burns. Eso sí, resaltan más las diferencias entre los largometrajes: indiscutiblemente, el clásico protagonizado por Mia Farrow y John Cassavetes es, por lejos, superior al que nos ocupa ahora.

Una característica esencial de la película de Polanski es esa atmósfera de misterio, zozobra, incertidumbre e inquietud que la rodea de principio a fin: todo se tiene que descubrir; y las predicciones que se hacen, pocas veces se aciertan, por esa hábil manera del director de provocar el suspenso y la sorpresa. Por lo contrario, en la de Burns no existe ese ambiente, porque cada pronóstico cae en la obviedad y lo que se piensa e imagina de la trama, resulta tal cual.

Las debilidades del guion de Madre se notan, incluso, por más oscuro que esté. Su introducción es demasiado extensa: no es necesario que se muestre una y otra vez la condición de Martín y lo complicado que es para su mamá. También, hay situaciones y personajes que solo crean confusión, no porque sea el objetivo del director o el requerimiento del género de suspenso, sino que no se desarrollan, no se explican, no se justifican, y si se quitaran no alterarían negativamente la historia, más bien la mejorarían. Su final es inverosímil y sin sentido.

Las actuaciones es otra de las fallas de la película y diferencia significativa con aquel filme de 1968: aunque no de manera extraordinaria, la única con una interpretación destacable es Ramírez, quien sí logra esos matices que delinean sus emociones y sentimientos; los berrinches, llantos y majaderías de Bassi se perciben falsos y sobreactuados, al igual que su milagroso buen comportamiento; Jabolin solo se enfoca en su acento filipino, pero carece de expresiones y gestos que definan su personaje; y los gritos y reniegos de Tapia Montt no son suficientes para impactar.

Al mostrar las implicaciones de un “extraño” que llega a trabajar a una familia, resulta más interesante La nana (2009): ese drama, también chileno, dirigido por Sebastián Silva y protagonizado por Catalina Saavedra, que sí logra estremecer al espectador. No se las pierda… bajo su propia responsabilidad como siempre.

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RÍODOCE EDICIÓN 914
02 de agosto del 2020
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