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Cine: ‘El hoyo’

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La inclusión de El hoyo (España/2019) en la programación de Netflix, no puede ser más oportuna para este momento en el que, claro que sí, vale responsabilizarse de la salud propia y de la ajena, pero también reflexionar en el ser/hacer individual y social, y qué tanto repercuten eso en beneficiar o dañar a los otros.

Con la intención de dejar de fumar, Goreng (Ivan Massagué) se interna voluntariamente en un centro de readaptación, que tiene una habitación por piso, dos reclusos en cada una, y donde solo se puede comer una vez al día, cuando una plataforma desciende y se detiene un minuto con los alimentos destinados para todas las celdas –cada uno es libre de comer lo que guste mientras los platillos están ahí, aunque no pueden quedarse con nada cuando la tarima baje al siguiente nivel. Lo que parecía sencillo y llevadero, se torna en una guerra de todos contra todos, más difícil para quienes están al final de esa estructura vertical, por lo que urge mandar un mensaje a quienes están primero y evitar comerse unos a otros.

Con un excelente minimalista diseño de producción, una estructura narrativa que atrapa y emociona, elementos del suspenso y el terror que funcionan, y actuaciones que cumplen muy bien, la cinta dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, escrita por David Desola y Pedro Rivero, que le hace guiños a El cubo (1997), no es más que un reflejo de la sociedad actual: una crítica a todas las estructuras sociales (más a la capitalista). Lo mismo cuestiona las economías, que las políticas, los gobiernos y las religiones. Su discurso va a los más poderosos, a los menos privilegiados y a los que están en medio. Sus señalamientos son tanto en el sentido vertical, descendiente o ascendentemente, como en lo horizontal, de un extremo a otro. Nadie se salva.

En El hoyo, (y en la realidad), los de arriba, (los ricos), no se dan cuenta que los de abajo, (los pobres), se quedan sin almorzar, porque la comida no alcanza, (que los recursos del estado no llegan a la sociedad), porque quienes la reciben desde el principio, (quienes toman el presupuesto), se sirven hasta el hartazgo, (y desvían el dinero a cuentas personales). Si en algún momento los de abajo suben (logran colarse en la opulencia) no solucionan nada, solo se “mean” en quienes quedaron abajo, (se olvidan de los suyos y los pisotean, igual). El filme, aclara que, generalmente, se culpa al sistema, (al gobierno), de los males, pero, en realidad, es el comportamiento de las personas lo que perjudica a la sociedad; y que cuando hay individuos con buenas intenciones, a veces se corrompen y terminan haciendo lo que buscaban evitar, por lo que el problema es la condición humana.

En estos tiempos de encierro y de envío deliberado de información que lo mismo acredita que desacredita y en donde todos se creen capaces de opinar, El hoyo puede decir mucho (su egoísmo, violencia, mezquindad, individualismo, segregación, discriminación, crudeza…) y ser la clave para entender, entre muchas otras cosas (incluso, pandemia aparte), los carros del súper a tope de papel higiénico o comida; las personas en los espacios públicos, fiestas, conciertos y restaurantes, a pesar de las recomendaciones; y porqué hay quienes todavía estornudan o tosen sin cubrirse adecuadamente, no se lavan las manos, y así se tocan la cara o saludan. Además de solidaridad, empatía y bondad, ¡urge una panacota! No se la pierda… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 29 de marzo de 2020 en la edición 896 del semanario Ríodoce.

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