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Relato de Navidad

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Mi primera Navidad la recuerdo vagamente, pero no tanto por el entorno en el que pasé mi infancia. La viví en el callejón Sinaloa del desaparecido barrio de los también desaparecidos Estadio de Beisbol y la antigua Cárcel Municipal en Los Mochis. Un barrio populoso donde convivíamos los niños de familias de empresarios y trabajadores. A los niños nos unía la calle y los juegos cotidianos, pero muy pocas veces cruzábamos el umbral de las puertas sólidas de las “casas grandes”. La desigualdad social era notoria pese a la cercanía cotidiana de los niños que íbamos a las mismas escuelas y se expresaba especialmente en Navidad.

Cada familia la vivía a su manera con sus arreglos, posadas y regalos. Por ahí vivían las familias Couret, Ascencio, Quiñones, Cárdenas, Casillas, Hernández. Comerciantes, agricultores, empleados, obreros, peluqueros como la estirpe de los Hernández.

Una mezcla impensable en los barrios de hoy que tienden a ser cotos, selectivos, elitistas y discriminatorios. Bueno, en aquellos barrios todavía comunitarios nací y fue mi primer microcosmos de la vida. Ese que Santiago Ramírez reducía a una sentencia psicoanalítica: Infancia es destino.

No recuerdo haber visto un árbol navideño en casa y sí en las de algunos vecinos pero, sobre todo, el que se encendía el 1 de diciembre en el Cerro de la Memoria que les deseaban a todos una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo. Era un gesto rutinario de las autoridades municipales, pero a la vista de un niño era el inicio de una fantasía que duraba 31 días y siempre dejaba el recuerdo con que se esperaba gozoso el del año siguiente.

Ese día para mí significaba la transformación de la atmósfera y recuerdo a la gente más sonriente, más amable, más saludadora, mejor vestida y dispuesta a disfrutar de las posadas y los bailes de fin del año. En el barrio para gusto nuestro estaba instalado el principal centro social de aquellos años. Era el Club Caza y Pesca a donde concurría lo “mejor” de la sociedad mochitense. En esas noches frías los vecinos escuchábamos a lo lejos la música y voces orquestales de Los Modernistas y Los Chanitos que se filtraba a través de las hojas de sus grandes laureles y en un ambiente bullicioso aparecían los bailadores que se desplazaban con cadencia por el salón al ritmo, entre otras, de esa canción guaraní que todavía me remonta a aquellos años inolvidables: Recuerdos de Ipacaraí (Una noche tibia nos conocimos/ Junto al lago azul de Ipacaraí/ Tú cantabas triste por el camino/ Viejas melodías en guaraní/ Y con el embrujo de tus canciones/ Iba renaciendo tu amor en mí/ Y en la noche hermosa de plenilunio/ De tu blanca mano sentí el calor/Que con sus caricias…)

La gente salía de ese lugar mágico a la medianoche para caminar por la calle Gabriel Leyva que se vestía con luces multicolores colgadas de los arbotantes de cemento sólido. Ese tránsito nocturno significaba entrar en un túnel colorido que se perdía allá donde estaban aquellas chimeneas inmensas del ingenio de azúcar que creó el norteamericano Benjamín Johnston. Las parejas de enamorados iban de la mano o abrazados tarareando alguna de las piezas que se habían evaporado entre las hojas de los laureles.

Por esos días festivos además resultaba obligado asistir a las verbenas que se celebraban en la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, el Santuario, como hasta hoy lo identifican mis paisanos. Se multiplicaban las misas, los bautismos, las primeras comuniones, las bodas, los cánticos celestiales que surgían de lo alto acompañado de un órgano tubular que te transportaba en el tiempo provocándote sensaciones reconfortantes, expiatorias, silentes y sorprendentemente regocijantes.

Se sentía en el ambiente el espíritu navideño. Los aromas de los inciensos de la liturgia católica se conjugaban con los de los atoles y gorditas de maíz que se vendían en los accesos del templo. Las fiestas navideñas se vivían entonces en los templos religiosos, las plazas, los mercados y los salones de baile.

La gente de Los Mochis creo que nunca se caracterizó por la religiosidad que encontraría en los estados del centro y sur del país. Para esas personas “ir a la iglesia” significaba ir al encuentro de los otros, los conocidos, los amigos, la novia o el novio. La ocasión para relacionarse socialmente y hasta para hacer negocios. No había mucho a donde ir en aquel Los Mochis de finales de los años 50 y principios de los 60. Y la asistencia a la iglesia era obligada los domingos, para niños como yo además era la oportunidad para ir a la caza del bolo que los padrinos lanzaban al aire luego de los bautismos para regocijo nuestro.

Esa estampa de contrastes, en esos días fríos luego de largos veranos, tendía a armonizar la vida del barrio. Los avaros que los había dulcificaban su rostro y buscaban ser amables con los vecinos; los generosos invitaban a romper la piñata y los pobres a ponerse sus mejores galas. Participaban todos ellos del espíritu navideño. El barrio se volvía una comunidad que hoy lamentablemente se ha ido diluyendo en las aguas oscuras del individualismo y la violencia que ha enrarecido la vida de los sinaloenses.

En fin, antes de escribir este texto desde la nostalgia, recordé la obra de Charles Dickens, aquel inglés que conmovido con la sobreexplotación de los niños en las fábricas de Londres recreó la Navidad desde los valores dominantes de la época victoriana, unos valores representada en Ebenezer Crooge, un viejo avaro y egoísta que odiaba esta celebración religiosa por lo dispendioso.

Recodemos que Crooge era un individualista extremo, solo le interesan los negocios y hacer más dinero como un signo de fortaleza, hasta que una noche oscura fue visitado por el fantasma Marley, un espíritu justiciero que se mete en sus sueños más profundos y lo condena a vagar eternamente cargando una pesada cadena, pero antes le da una última oportunidad para corregir su egoísmo en bien de su comunidad, y al despertar de su pesadilla decide enmendar el camino andado y hacer el bien a los que él había despreciado, humillado, evitado y con ello se salva.

Una enseñanza de vida que debe seguir viva en estos días en que el mundo está de cabeza.

Artículo publicado el 29 de diciembre de 2019 en la edición 883 del semanario Ríodoce.

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