diciembre 12, 2019 10:29 pm

La moto

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Policía condecorado, de carrera. Era destacado y así se había mantenido cuando fue a cursos al extranjero. Hasta un reconocimiento se trajo por su desempeño. Por eso lo ascendieron a comandante y lo nombraron jefe de una base de la policía que estaba lejos de la ciudad capital.

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Le ordenaron párteles la madre. Tenía luz verde para entrar a domicilios, detener sin orden de aprehensión, irrumpir sin permiso de un juez donde le pareciera. Por sospechas, porque le daba la gana, porque esa apariencia de malandrín lo ameritaba, no más por que sí. Y zas tumbaba las puertas, reventaba candados y luego decía era una casa de seguridad, por eso nos metimos a revisar.

Inventaba que había drogas. Y como no la había, la sembraba. Sobredosis especial de saña cuando se trataba de gente pobre: indefensos, ignorantes, solos, en el abandono, con sus vidas miserables y en medio de un cuarteado páramo. A esos los golpeaba al antojo. Cada que podía tomaba dinero, joyas, teléfonos celulares. Napalm del hurto en tierra de nadie.

Pero algunos empezaron a quejarse. Las inconformidades llegaban a oficinas de organismos de derechos humanos, luego a la policía. Se hicieron denuncias públicas. También llegaron papeles de estas quejas a manos del procurador. La gota para que aquello empezara a derramarse fue cuando él acudió a la ciudad más cercana y se topó con varios que iban en motocicletas. Le echó el ojo a una de ellas. Prendió la torreta, pitó. Hizo señas para que se detuvieran.

Es una revisión de rutina, les dijo. Sonrió con picardía, como si tuviera un diente de oro qué presumir. Esta me la llevo, anunció. Era una jarlei negra, con adornos dorados y rojos como ornamentaciones. Poderosa, de mofle malhumorado, grande como dragón. También me quedo con el casco. Por qué, le preguntó el dueño. Porque me gusta.

Se interpuso una queja y luego una denuncia. El comandante insistía en que era una belleza ese monstruo de dos ruedas. Y lo limpiaba y trataba como si fuera una diosa de acera. Hasta compró solventes para borrar la serie del motor y labrar otro. El jefe de la policía se hartó porque llegaban las quejas y no dejaban de llegar. Otra vez con tus pendejadas, cabrón. Agarra la onda. Mira nada más el desmadre que traes. A ver cómo resuelves esto. Poco le importó.

Lo buscaron, le insistieron que la regresara, que la moto tenía dueño. Háganle como quieran. Esta cabrona es mía: la lustraba, tallaba y tallaba el serial, y repetía me gusta para montarla. Las víctimas de sus abusos seguían quejándose. Las denuncias por robo, asaltos, tortura, detenciones arbitrarias, se agolpaban en archiveros y escritorios. Hasta esa vez que le cerraron el paso, lo bajaron de la camioneta en que iba con unos amigos y le dispararon. Hasta aquí dejaste de chingar, le gritaban.

Columna publicada el 17 de noviembre de 2019 en la edición 877 del semanario Ríodoce.

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