¿Abrazos, Élmer?

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¿Abrazos, señor Presidente?, es un buen título para un artículo periodístico, pone de entrada en duda la afirmación obradorista: “abrazos, no balazos”, la vuelve interrogante, y la interrogante es el instrumento del periodismo, la que escudriña, pulsa, provoca, disiente y busca una respuesta inteligente, informada o no, o simplemente se deja como tótem de una preocupación pública que cualquiera puede asumir como propia, y más quien tiene la pregunta o las preguntas correctas, el oficio de escribir, el medio donde publicar, la capacidad de multiplicar su voz hasta el infinito ¿y eso basta?

Pues sí, y es lo que hace Élmer Mendoza, quien asume sin rubor que hoy es lo suyo, la conciencia colectiva, las pulsaciones que dejó el momento trágico del jueves 17 de octubre y lo recupera desde su púlpito iconoclasta y sus historias bizarras de narcos y policías, a despecho de otros miembros del Colegio de Sinaloa ausentes en el espacio público y varios tan alejados del terruño que los vio nacer y por su edad con sus problemas de salud cotidianos, y da gusto el discurso converso de último aliento, que alguien de ellos rompa con el protocolo, las formas, del buen comportamiento, de la etiqueta intelectual políticamente correcta, aquella galvanizada y a prueba de sacudidas coyunturales, sean estas por corrupción en la esfera pública, fraudes electorales o simple y llanamente por los tres o cuatro asesinatos que ocurren a diario en Culiacán, Mazatlán o Ahome.

Esos que son el pan de cada día de esta tierra tan bella y que ya a nadie le quitan el sueño. “Es normal”, alguna vez dijo sin pensarlo mucho Jesús Aguilar Padilla, desde el púlpito del gobierno del estado sin provocar la reacción en Ëlmer que estaba en otro ánimo y quizá por eso no escribió en contra de esa tontería digna de una antología de la infamia sinaloense. Una anomia que ninguna sociedad merece cargar sobre su espalda y menos que sus intelectuales vuelvan la vista hacia otro lado.

Sin embargo, Élmer Mendoza ahora si se preocupa e interroga al Presidente de la República, al que seguramente no le votó, porque su activismo siempre ha sido en otro lado. Acaso nos olvidamos ya de su actividad organizando foros con otros menos renombrados para “dotar de una política cultural al estado” que luego se tradujeron en cargos para su grupo. Pero, corrijo, aumentado, también en la UAS donde es la quintaesencia de la cultura sinaloense con sus homenajes en vida y, claro, sus becas, promociones hasta convertirse en lo que es hoy: Presidente del Colegio de Sinaloa.

Y nuevamente premios, reconocimientos y discursos, como es el caso el más reciente en la Feria del Libro de Los Mochis, sé que dirán los organizadores que se lo merece por trayectoria y si eso no fuera suficiente, por la novela ambientada en la tierra de Owen y Johnston, aunque no sea la de mayor éxito comercial, pero eso ¿qué importa?

Interesa, por ser un escritor sinaloense capaz de una narrativa dulzona del narco sinaloense que un amigo español la clasificó como literatura para turistas. De la escuela que creo Pérez Reverte con la exitosa novela La Reina del Sur. Nada que ver con la narrativa testimonial, cruda, violenta; dulce y humilde de Javier Valdés.

Entonces, ¿abrazos, señor Presidente?, podría ser un acto impostado de conciencia colectiva, una pregunta que busca instalar en el imaginario colectivo o en su propia conciencia atormentada o mensajes encriptados de dolor por esa ciudad que una tarde de perros superó y con mucho su propia imaginación.

Quiero pensar que a Élmer lo mueven más los años, los malditos años que traen vejez y mala salud, y que al final de la vida terminan por ayudarnos a recuperar algo de valentía de nuestra juventud. Aquella que seguramente vivió al lado de su amigo que militó en la Liga Comunista 23 de Septiembre y que le impulsó a escribir su mejor novela: El Amante de Janis Joplin, y que luego trajo otras con falta de fuelle humano, escritas solo para satisfacer las necesidades banales del mercado, de su bolsillo.

Se lo escuché decir hace unos años en la FIL de Guadalajara, que tenía compromisos con su editorial de escribir una novela al año, como si la vida estuviera sujeta a calendarios comerciales y la pasión fuera cosa de tomar uno o dos cafés exprés.

Que no era fácil después de sufrir una crisis cardiaca. Quizá, después de perder la pasión que reclama la tarea de escribir, de meterse en los intestinos de la vida, de mancharse para seguir escribiendo, esperemos que la pregunta que lanza al presidente López Obrador no sea parte de una estrategia mercadológica para narrarnos más adelante lo que sucedió aquella tarde de perros, que igual se vale, si no escribe porque se lo exige una editorial, sino una conciencia revivida.

Artículo publicado el 3 de noviembre de 2019 en la edición 875 del semanario Ríodoce.

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