noviembre 19, 2019 7:03 am

Trump y la primera transformación de la 4T

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El 10 de junio de 2019 es el día en que se cumpliría la amenaza del presidente Donald Trump de Estados Unidos de aplicarle a México el mismo trato que le han dado a Cuba, sin éxito, para obligarlos a seguir sus designios políticos.

Si no pudieron doblegar a Cuba con más de medio siglo de bloqueo comercial, que es una isla pequeña con mar de por medio, menos lo podrán hacer con México, donde tenemos una frontera de tierra de más de 3 mil kilómetros.

Trump pretende aplicar escalonadamente aranceles del 5 por ciento hasta el 25 por ciento en un lapso del 10 de junio al 1 de octubre de 2019.

Hasta ocioso resulta prever las consecuencias de estas medidas. De salirse con la suya, nos hundiría y fuera una derrota tan desastrosa como la guerra de 1848, cuando nos arrebataron la mitad del territorio.

Si ocurriese, lo haría un presidente americano que está por finalizar su mandato contra un presidente mexicano que se considera líder de una nueva época en la historia nacional.

Reflexionar sobre sus consecuencias resulta interesante, pero nos alejaría de las decisiones que deben tomarse en el corto plazo.

La guerra comercial implicaría colapsar las cadenas globales de producción que tienen asiento territorial en México, y de las cuales depende el saldo de la balanza comercial, el equilibrio fiscal, el control de la inflación, los niveles de empleo, mantener los servicios de educación, salud, seguridad pública, bienestar, la atención a grupos vulnerables. Trastocaría también el tejido económico de las regiones exportadoras.

Ni siquiera Antonio López de Santa Anna se rendiría ante esa amenaza. Menos Andrés Manuel López Obrador.

Según Goldman y Sachs, el impacto de estas tarifas de 5 por ciento en la economía mexicana sería de 18 mil millones de dólares por año, y como la amenaza es elevarlas a 25 por ciento antes de que termine este año, implicaría 90 mil millones de dólares. Esta cifra es equivalente a 27 por ciento del presupuesto de egresos de la federación con base en 2019.

Cualquier recuento de daños es desastroso.

No es conveniente perder el foco del verdadero conflicto, que es la política migratoria del gobierno mexicano. Los estadounidenses han estado muy claros con su meta de cero tolerancia.

La crisis no es solo culpa de Trump, quien es el principal responsable y cuyas víctimas a la vista son sus conciudadanos, pero también tiene responsabilidad el presidente López Obrador por sus omisiones y decisiones erráticas.

Después de los Tratados de Westfalia en 1648, quedó claro entre los países europeos la diferencia entre política interior y política exterior.

La política exterior tenía como objetivo defender los intereses de la nación en territorio extranjero. Al interior se reservaba la inmunidad de jurisdicción que significa que los problemas internos se resuelven con instituciones y normatividad propia.

La filosofía reiterada que autoproclama la Cuarta Transformación Nacional es que la mejor política interior es la política exterior. Eso es un oxímoron, es decir, una palabra que se contradice a sí misma.

Significaría a la letra, que los problemas con Trump los podemos resolver entre los mexicanos, con nuestras instituciones, con nuestras ideas. Ignora a la globalización, donde lo “externo” está también en nuestro territorio.

La terca realidad reclama cordura al gobierno mexicano ante ese despropósito.

Las bravuconadas del presidente estadounidense son resultado de aplicar al pie de la letra ese despropósito en el terreno de la política migratoria.

AMLO abrió grandes expectativas a los centroamericanos de que en México tendrían un lugar y empleo. Ya Peña Nieto había mostrado dejadez al final de su mandato ante los flujos de migrantes centroamericanos organizados por mafias de polleros, permitiendo que entraran como si no fuera a tener consecuencias.

En las últimas semanas AMLO quiso corregir, pero el gobierno de Trump le perdió confianza. Ni siquiera han conversado cara a cara como para generar buenos cálculos políticos entre ambos.

Esto no solo es un exceso más del mandatario estadounidense. También obedece a una errática política exterior mexicana que carece de un esquema de relaciones bilaterales con Estados Unidos, ni multilaterales, que nos convierten en blanco fácil de una orquestación política como la que afrontamos.

Estamos en una guerra diplomática comercial con la mayor potencia mundial, enviando a nuestros representantes en aviones comerciales (en clase turista), cuando un empresario como Jesús Vizcarra o Enrique Coppel ante cualquier conflicto con sus negocios, tienen a su disposición aviones para trasladar a sus ejecutivos.

La ausencia de AMLO en la Cumbre de Tokio es la mayor prueba de una presidencia sin proyecto real de país globalizado.

Como en la vida personal, tocar piso es una oportunidad de replantearse objetivos y medios para el futuro.

El capital político de López Obrador le permitirá detener por unas semanas la avalancha trumpista.

Su convocatoria para manifestarse en la frontera es un misil político más peligroso que los que exhibe el presidente de Corea del Sur. Debe explotar líneas de confrontación diplomática y pacíficas.

Sin embargo, la economía mexicana requiere distensión, no tensión.

Por lo tanto, a la 4T no le queda más que replantear su proyecto. El país está preparado. El Presidente debe demostrar que también puede afrontarlo. Ya no se trata de repetir lo que hizo o no Benito Juárez, que ganó las elecciones en 1871 con 5 mil 847 votos, de un padrón de 13 mil 261, con el lema “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

Somos un país de 130 millones de habitantes y vivimos una situación inédita.

Artículo publicado el 9 de junio de 2019 en la edición 854 del semanario Ríodoce.

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