Miguel Bojórquez, el golpe de la música

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Para Emilia Bryan

El domingo 2 de junio falleció en un accidente a la edad de 22 años, el cantautor y narrador sinaloense Miguel Bojórquez. Originario de la ciudad de Guamúchil, emigró a la capital del estado para realizar sus estudios en letras hispánicas en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Siempre cercano a la música, tocando con amigos en bandas punk de garaje desde adolescente, decidió hace un año tomar en serio las composiciones que hasta ese entonces había realizado solo para él, trabajarlas, editarlas y grabarlas para conformar lo que sería su disco debut Flor de noche.

La música de Miguel Bojórquez, enmarcada en una tradición resurgida hace casi una década en el norte de México, que músicos y críticos han denominado neo folk, muestra una cara, ahora indeleble, dentro de todas las propuestas musicales a nivel estatal. Entre acordes furiosos, crudas guitarras con armonías familiares típicas del folclor musical norteño, armónicas chillantes que rememoran al country folk de los 70, progresiones típicas del proto-punk, y letras sobre soledades, sueños, despedidas y borracheras, las canciones de Miguel Bojórquez retratan de una manera auto-ficcionada, cuasi autobiográfica, las veredas de la bohemia, las vicisitudes de ser el artista que vive por el arte, la vida del enfant terrible, fugaz y deslumbrante.

La crudeza de su música y de sus letras es precisamente donde radica esa honestidad que lo destacaba y destaca entre las demás propuestas a nivel local. Y que al mismo tiempo lo hacía demasiado extrovertido, algo poco común para la mayoría de la audiencia culichi. De esta misma extroversión surgió su sello particular que habría de dar forma a su primer y único material discográfico, Flor de noche: una pasión desbordante en el escenario, donde únicamente con guitarra, voz y armónica (y ocasionalmente acompañamientos) encontró la raíz de su sonido. Sin ornamentos, directo y visceral, impactante por su simpleza y falta de pretensión alguna, como solía decir, su objetivo era que las canciones “golpearan por sí solas”, nunca limitó su trabajo solo a la música, tampoco a la poesía, pues sus letras no buscaban serlo.

Fue así como en la marcha, como boxeador, abriéndose paso presentación tras presentación, Miguel Bojórquez fue buscando y descubriendo en destellos geniales lo que sería su sonido, plasmado en las diez canciones de su ahora único álbum, Flor de noche. Titulado así por una flor llamada novia de noche, que abre sus pétalos solamente al caer el sol, para permanecer cerrada durante el día.

El disco deja ese sabor a madrugada, a ocaso, a algo que se esconde entre penumbras. Envuelve en un aroma típico de la noche, que desentierra recuerdos, alegrías olvidadas, pero que, curiosamente, no se siente apesadumbrado. Se muestra latente el impulso renovador de una juventud en boga, el deseo de ser, de amar y ser amado, se siente como la luz neón del letrero de un bar o un café donde uno se mete a resguardarse de la noche.

“Nadie es profeta en su tierra”, dijo el cantautor en una entrevista con la revista Nexos, al ser cuestionada su relación con el público local, pues su disco, estrenado en agosto del año pasado, había tenido mucha mayor proyección en las zonas del centro del país, que en esta región.

No podemos juzgar a los artistas por su público ni al público por sus artistas, pero tal vez era cuestión de tiempo para que el talento que salía de sus amplis y bocinas hiciera más ruido. De ese ruido ahora queda el eco, un eco igual de estruendoso, o más a partir de hoy que convierte a Miguel Bojórquez en un referente indispensable de la escena y el folk local.

En su música no se percibe más ambición que la de ser canción, que va más allá de ser solo música, buscando una estética sonora profundamente influenciada por el punk, por la filosofía DIY (Do it yourself, hazlo tú mismo) que dicta que, para hacer música, solo se necesita algo que decir y corazón.

La naturaleza de Miguel Bojórquez como narrador, su cercanía a las letras, y al panorama literario a nivel estatal, hacían que rescatara en su lírica la tradición de antaño de la canción como narración; la lira, el músico, el juglar, son arquetipos que se yuxtaponen en lo que era, es, y ahora será la imagen del joven cantautor.

Artículo publicado el 9 de junio de 2019 en la edición 854 del semanario Ríodoce.

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