Un amigo en la nota roja: ‘Manuel’ narra el asesinato de su amigo

Un amigo en la nota roja: ‘Manuel’ narra el asesinato de su amigo

JUVENTUDES PRECARIZADAS. E ignoradas por el Estado.

 

 

 

 

‘Manuel’ narra el asesinato de su amigo ‘Gabriel’, quien como muchos jóvenes fue asesinado en Culiacán, y que han sido ignorados por la sociedad y el Estado

 

 

Días después del sepelio, su abuela narró que “Gabriel” había salido brevemente de su casa para ir a comprar unos cigarros. Tardó y tardó en volver. Era de noche y la angustia llegó; se le incrustó en el cuerpo. Salió a buscarlo. Sus piernas se conmovieron: fueron para allá y por acá, regresaron. La vista le penduleaba, enfocaba la oscuridad y los pegostes de luz de las luminarias públicas, deshechas, a medio iluminar. Finalmente, su abuela lo encontró tirado. Muerto. Asesinado. Con la ropa desgarrada por los arañazos de las balas; quién sabe quién le disparó, y no una sino varias veces.

“Manuel” cruza sus piernas, acaricia el contorno de sus labios y seca con sus manos el escaso sudor que lagrimea sobre su frente. Y narra: “Gabriel” no nació en esa colonia, aterrizó ahí como otros tantos que llegan a casitas populares; lugares pequeños con ventanas diminutas, cuartos achicados con baños y cocinas inadecuadas para una familia completa. “Gabriel” no era el amigo que tienes en tu colonia y con el que te conociste desde muy pequeño, donde las mamás son íntimas amigas. En verdad que es raro ser amigo de alguien que llega justo en la adolescencia, pero coincidimos dentro de la cancha, pateando el balón.

Hubo un día en que nos llevaron al estadio de los Dorados; inmenso para nuestras cortas edades. Podíamos tomar los refrescos que quisiéramos, andar por la cancha, pasearnos por todo el estadio; todo fue muy bonito. Nos sentíamos bienvenidos, útiles. Abrazamos el sentirnos parte de algo y que podíamos salir de la colonia, del barrio. Pensarnos como unos profesionales, jugando ahí, era olvidar la cuadra en la que vivíamos. Pasar de jugar entre la tierra suelta al pasto verde, acolchado; más amigable para los pies y las caídas.

Después… crecimos y nadie salía a jugar. Un tiempo dejé de verlo. Luego supe que tuvo un bebé y formó su familia; lo veía pasar de vez en cuando, ya con otras edades adornando el cuerpo. Sabía que trabajaba en la construcción como albañil; su papá le enseñó el oficio.

Aquella mañana, mi mamá llamó al teléfono. Su voz sonó más aguda de lo normal; distinta, aderezada de malos augurios. —¿Bueno? —contesté. —Hijo… —deletreó tras un silencio prolongado—. “Mataron a ‘Gabriel’”. La escuché llorar y lloré; después lloré porque recordé a “Gabriel”, atraje esas memorias de nosotros con 13 o 14 años. Busqué la nota y lo confirmé: durante la madrugada un joven fue asesinado mientras viajaba a bordo de su motocicleta… Leer la nota y saber de quién se trata es distinto a cualquier otra en la que no sabes absolutamente nada de la víctima. No esperas leer sobre un amigo de la infancia en una nota roja, pero es raro porque no puedes dejar de leer, quieres exprimir cada detalle: qué pasó, cómo pasó, por qué pasó, ¿cuál es el plan para que deje de pasar?

Sinceramente, la mayoría de las notas de nota roja se parecen entre sí, llevan una misma estructura, son similares en el inicio y en el final: matan a tal y las autoridades hacen sus diligencias, se repite. Nunca hay detenidos y siempre muchos disparos; balas regadas por el asfalto, hoyos inmensos en la carrocería y las paredes, sangre, cuerpos mutilados, pero no hay más. Pareciera que nos obligan a pensar que a quien matan siempre anda mal; enredado con aquellos.

No pude ir a su sepelio; mi mamá sí, y me describió el funeral. Me confesó que cuando llegó hubiera preferido no haber ido, porque al salir se sintió aún más triste. Había un techo improvisado con un hule negro cubriendo las cabezas, mucho consumo de alcohol y un calor como los que hacen en Culiacán: ofensivos.

Intento pensar en soluciones —entre comillas—, en la reparación del daño. Pienso en “Gabriel” y en otras tantas familias que no tienen acceso a servicios de funeraria ni a una atención de psicología integral. Pienso en estos muertos y muertas que nos ha dejado la guerra entre los cárteles y me pregunto: ¿quién tiene la responsabilidad sobre estos muertos?

Me carbura la cabeza: si estos tejidos hoy están destejidos, pensar en tejer de nuevo, en reparar algo tan profundamente roto, nos obliga a voltear a ver. Voltear a quienes se benefician del narcotráfico, a quienes aceptan la mayor parte de la riqueza, de los billetes maquillados por el crimen organizado. Pienso que esas armas y balas que fabrican en Estados Unidos y venden de manera ilegal en México están más cerca de atravesar nuestros cuerpos que de atravesar a los principales actores que ocasionan esta violencia.

He estado enojado con el gobernador que nos tocó, pero considero que enojarse en demasía no nos ayuda a pensar. En parte nos sentimos aliviados con esa licencia que tomó el gobernador, pero eso nos lleva a decir que el problema nace con él, que el problema nace con el alcalde, que es un problema regional y no es tan grande, que es obra de unos campesinos de los noventa que bajaron de la sierra, los hicieron sembrar opio y empezaron a estructurar un negocio.

Pensar así de pequeño es caer en la irracionalidad y nos lleva a culpabilizar a las víctimas de sus muertes, a pensar que esos cuerpos sin vida son solamente culpa de ellos. Cuando hablo de inocentes también hablo de los jóvenes, de juventudes precarizadas, orilladas a trabajar en el narco; olvidadas, ignoradas por el capitalismo, pero también por el Estado.

La mañana en la que mi mamá me daba la noticia, me decía que por eso le daba miedo dejarnos salir tan de noche. Yo le contesté que sí, sí, mamá, puede ser cualquiera; pueden asesinar a cualquiera en la calle y nada pasa. Nada pasa con “Gabriel” y con otros cientos de personas que son víctimas de esta guerra.

Él era de esta colonia y lo seguirá siendo por un buen tiempo; en las memorias de sus hermanos, en las reuniones de su familia, de amigos y en los relatos que podemos seguir construyendo en torno a quienes mueren. Volví a pensar en “Gabriel”: el trabajador, el papá. Pensé en que no merecía morir y que no había por qué matarlo.

“Manuel” toma aire y se reincorpora; su frente sigue sudando, ya no de calor, sino de coraje.

Artículo publicado el 31 de mayo de 2026 en la edición 1218 del semanario Ríodoce.

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