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Rumbos paralelos

 
 rumbos paralelos
Rumbos paralelos (México/2016), dirigida por Rafael Montero (Cilantro y perejil, 1997) y con guion de Sharon Kleinberg, hace un esfuerzo grande por ser atractiva, pero lo que se imagina desde el principio, acerca de a dónde va la historia, sucede tal cual, y aunque la cinta da un giro completo y lleva la historia por otro camino, se trata de un producto predecible, del que no hay que esperar mucho para saber su inevitable final.
Diego (Santiago Torres) y Fer (Julián Fidalgo) son dos niños que, aunque no tienen las mismas condiciones económicas, disfrutan mucho lo que hacen y son felices a lado de sus familias. Ellos no se conocen, pero tienen algo en común: su fecha de nacimiento es la misma.
Mientras Fer tiene una modesta fiesta en la sala de su casa, acompañado de pocos amigos y Gaby (Ludwika Paleta), su mamá —quien decidió criarlo sola, por lo que el niño no conoce a su papá—, Diego celebra en el enorme patio de su casa, en donde Silvia (Iliana Fox), su madre, y Armando (Michel Brown), su padre, instalaron muchas mesas para atender a sus  invitados.
Los dos niños tienen su propio pastel con las velitas que les darán la posibilidad de un deseo, pero sólo Fer logra apagarlas, porque justo en el momento en que Diego lo intenta, se desmaya.
El diagnóstico del médico no es nada favorable: Diego necesita con urgencia un trasplante de riñón, y los candidatos idóneos en proporcionarle ese órgano son sus padres. Cuando éstos se hacen los exámenes necesarios para la operación, Silvia y Armando escuchan del doctor una noticia que nunca esperaron.
La necesidad de conseguir un donador hará que Silvia busque a Gaby y le informe lo que tampoco imaginó que podía suceder, por lo que Diego y Fer tendrán la oportunidad de conocerse y hacerse amigos, sin importar que ese sea el inicio para que sus progenitores quieran enmendar el pasado mediante un juicio legal.
A Rumbos paralelos se le ha criticado su similitud con la japonesa De tal padre, tal hijo (2013), a pesar de que Montero asegura que su cinta ya se filmaba cuando aquella dirigida y escrita por Hirokazu Koreeda y de la que se dice que es mucho más interesante y está mejor lograda, ya se había presentado.
Lo más rescatable de la película mexicana, sin hacer a un lado que la historia por sí sola es interesante por el tema que aborda y lo complicado que puede ser para unos padres vivir esta experiencia, son las actuaciones de los niños protagonistas, tanto cuando aparecen solos, como por la empatía que logran desde el momento en que se conocen.
Si bien Paleta es convincente con su interpretación, no entrega una actuación extraordinaria. Fox se mueve en el mismo sentido en la primera parte del filme, y aunque no dudo que una mamá haga lo que ella cuando la cinta da ese giro a otro planteamiento, a la actriz de Las Aparicio (2015) no se le cree.
Por más que lo quisieran evitar, la película, que además tiene un ritmo lento, termina muy cercana al tratamiento de una telenovela, o al menos a un episodio extendido de Lo que callamos las mujeres y programas similares, con todo y el infaltable final feliz. Vaya a verla… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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