Desierto

 
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Desde Año uña (México/2007), su ópera prima, Jonás Cuarón dejó ver que se le da muy bien lo de hacer películas. En aquella ocasión el hijo de Alfonso presentó la historia de un adolescente de 14 años enamorado de una norteamericana de 21, con la que pasaba la mayor parte del tiempo, pero a la que nunca le dice nada de lo que siente por ella.
Lo más interesante de ese filme está en que Cuarón, con una Nikon FM2, se dedicó por un año a tomar fotografías de su novia, familiares y amigos, que después ordenó por temas y les añadió diálogos en voz en off. Más que la trama, lo importante radicaba en cómo el también coguionista de Gravedad (2013), la contó.
En Desierto (México-Francia, 2015) su segundo largometraje, que lo mismo dirigió, escribió (junto a Mateo García), produjo y editó, Jonás Cuarón repite la fórmula: lo relevante no es que un grupo de indocumentados se quede en el intento de cumplir el sueño americano, mueran en el desierto y sean víctimas de un fanático racista, sino en cómo el también niño actor en Solo con tu pareja (1991), ópera prima de su papá, logra de principio a fin un excelente thriller que lleva al público a la máxima tensión.
El mismo día que Sam (Jeffrey Dean Morgan), un cazador estadunidense, se interna en el desolado y seco paisaje fronterizo de su país, una camioneta se detiene en el lado mexicano (en realidad Baja California Sur), y por más intentos que hace el chofer, ya no logra arrancarla de nuevo.
Uno de los guías del viaje (Marco Pérez) abre la puerta de la caja trasera del vehículo y pregunta si alguno sabe de mecánica. Moisés (Gael García Bernal) contesta que él, pero tampoco consigue componer el transporte. El encargado de orientar al grupo indica para dónde queda Estados Unidos y que ahora deberán continuar a pie.
Los migrantes comienzan entusiasmados su recorrido, y no tardarán mucho en cruzar una cerca de púas que divide los países, pero el cansancio hace que cinco (entre ellos, Diego Cataño y Alondra Hidalgo) se separen del resto, y por más que quieran alcanzarlos, ya no lo logren.
Desde un pequeño cerro, el grupo que se queda atrás ve que, acompañado de su perro, de una camioneta sale un hombre con un rifle. Como no saben quién es ni qué hace ahí, se esconden tras unas rocas. Lo que verán desde ese ángulo hará que reconsideren si quieren continuar su viaje y les quede claro que, ya sea de ida o de regreso, no será tan fácil salir con vida.
La cinta de Cuarón es precisa, incluso, en su duración. No eran necesarios más minutos para provocar en el espectador un suspenso capaz de hacer sentir, además del miedo a los disparos y las mordidas de un perro, sed, cansancio por tanto correr y los rayos del sol.
Para darle mayor agilidad y dinamismo, la bien ejecutada cámara de Damián García nunca descansa y, como los migrantes, siempre está en movimiento de un lado a otro, lo que hace más disfrutables las secuencias de acción y violencia, sin hacer a un lado ese diseño de sonido de Sergio Díaz, que aunado a la música de Woodkid, contribuyen a generar más temor.
Que Gael García entregue una buena actuación no es novedad, pero el resto del elenco también hace un trabajo muy creíble y disfrutable. No deje de verla… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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