Perlas de pepe

 
vargas llosa
Peruano de nacimiento, nacionalizado español, polémico por antonomasia y universal por todos los costados, Vargas Llosa celebrará sus 76 años este 28 de marzo. Pleno y con una lucidez que lo mismo lo lleva a decir disparates, como lo es ofrendar su respaldo a Josefina Vázquez Mota, que a crear genialidades. Para festejarlo no haré “la fiesta del chivo”, ni recurriré a “los cuadernos de don Rigoberto”, ni a “la orgía perpetua”. Tampoco buscaré al adolescente castrado por un perro, ni a la niña mala, para que siga haciendo travesuras, ni al Jaguar, ni al negro Ambrosio. Prefiero hurgar en su discurso de recepción del Rómulo Gallegos, en 1967, en mi añorada Caracas, para reencontrarme con el Vargas Llosa fundacional:
“Pero dentro de diez, veinte o cincuenta años habrá llegado, a todos nuestros países como ahora a Cuba la hora de la justicia social y América Latina entera se habrá emancipado del imperio que la saquea, de las castas que la explotan, de las fuerzas que hoy la ofenden y reprimen. Yo quiero que esa hora llegue cuanto antes y que América Latina ingrese de una vez por todas en la dignidad y en la vida moderna, que el socialismo nos libere de nuestro anacronismo y nuestro horror. Pero cuando las injusticias sociales desaparezcan, de ningún modo habrá llegado para el escritor la hora del consentimiento, la subordinación o la complicidad oficial. Su misión seguirá, deberá seguir siendo la misma; cualquier transigencia en este dominio constituye, de parte del escritor, una traición.
“Dentro de la nueva sociedad, y por el camino que nos precipiten nuestros fantasmas y demonios personales, tendremos que seguir, como ayer, como ahora, diciendo no, rebelándonos, exigiendo que se reconozca nuestro derecho a disentir, mostrando, de esa manera viviente y mágica como solo la literatura puede hacerlo, que el dogma, la censura, la arbitrariedad son también enemigos mortales del progreso y de la dignidad humana…”
En su cumpleaños, y siempre, debemos acercarnos a él para admirar, no al de los zapatos clownescos, sonrisa pintada y nariz de pelota roja, sino al domador de fieras que un día puso uno de sus libros en la cabeza de una belleza que apareció en una escena de mi vida para decirme que quería ser modelo. Y se esfumó.
 
Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “Conversación en la librería”.

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