Perlas de pepe

 
 
En los años setenta, preguntándonos en Guadalajara qué iba a ser de nosotros, con Serrat hablando de esas pequeñas cosas, explicando que la mujer que se quiere no necesita bañarse cada noche en agua bendita, que tu nombre me sabe a hierba y cuando nace una flor al olor de la flor se le olvida la flor, con un barquito de papel que nos habla de que el estanque era el mar, se nos aparece, ahí, en la peluquería, en una de esas revistas que pierde su calidad de añeja cuando no tenemos otra cosa a la mano, un tipo del que todo el mundo hablaba, incluida su mamá, que decía que lo que escribía su hijo no tenía nada qué ver con su familia.
Tenía la apariencia de un tipo pulcro y formal, como si se escapara de una primera comunión, aunque luciera el pelo largo, a la usanza de la época. Su sonrisa era desbordada, dientes enormes, mirada penetrante. Tenía un aire de Sandro, un cantante argentino que le daba por hacerse pasar como el Elvis latino. Era Mario Vargas Llosa y traía un brete porque había escrito una novela revelando la historia de su amor incestuoso: La tía Julia y el escribidor.
En cuánto hubo “manera” fui a la Gonvill a buscarla. En la amplia sección de novedades, siempre llena de lectores, merodeaba una jovencita más o menos de mi edad: manos finas que acariciaban portadas, pelo largo y lacio, bufanda al cuello, boca de terciopelo, nariz con carácter, pómulos festivos, ojos maravillosos que se indignaron cuando descubrió que los míos no se le quitaban de encima.
Amonestado con una mirada, la seguí observando con dócil y fingida indiferencia. Detecté el libro La tía Julia y el escribidor.
La muchacha de ensueño se encaminó a la caja con un tabique en las manos. Me apresuré para ganarle el puesto y tener chanza de verla un rato más, pero me fue imposible; en el acelere derribé un libro y, derrochando decencia, me puse a reubicarlo. De todos modos la alcancé en la caja. Por coincidencia llevaba otro libro de Vargas Llosa: Conversación en la Catedral, con una portada que era una exaltación a la literatura: dos vasos de cerveza, bachichas apagadas sobre la mesa, humo de cigarrillos. Remando en contra de mi natural timidez me animé a preguntarle, al ver el grosor del libro:
—¿Lo vas a leer?
Me barrió con una mirada de autosuficiencia, pagó su mercancía con una sonrisa y un muchas gracias. Me hundí en mi nosomosnada y entonces ella, como para darme la puntilla, se colocó el libro en la cabeza y me dijo:
—Lo quiero para aprender a caminar como modelo.
Y se fue con el contoneo que le exigía dar el equilibrio a sus pasos para que el libro no se viniera abajo.
 
Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “Conversación en la librería”.

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