Perlas de pepe

Ibargüengoitia fue un grande que se nos quedó aquel 27 de noviembre de 1983 en Mejorada del Campo, España. Su tumba se encuentra en su natal Guanajuato, en el jardín de su abuelo. En una placa conmemorativa se lee: “Aquí descansan los restos de Jorge Ibargüengoitia, en el jardín que fuera de su abuelo, el general Florencio Antillón, quien luchó contra los franceses”.

 

Dos detalles saltan a la vista en este asunto de la placa: ¿porqué las autoridades cuevanenses, perdón, guanajuatenses, dan crédito al mérito histórico del abuelo soslayando el del nieto? ¿Acaso nunca han de perdonarle las travesuras que les hizo?

El segundo parece una trampa dejada a propósito por el propio escritor. Cuando las autoridades españolas rastrearon los restos de las víctimas del accidente, de Ibargüengoitia solo encontraron un zapato, lo cual, de manera lógica, nos lleva a pensar que eso es lo que hay en esa tumba.

 

Ahora bien, si en Estas ruinas que ves Ibargüengoitia establece una diferencia sustancial entre Pedrones (León, Guanajuato) y Cuévano (Guanajuato, Guanajuato) al decir que en la primera ciudad confunden lo grandote con lo grandioso, y considerando que León es reconocida como una ciudad con una gran industria zapatera, ¿será a fin de cuentas una travesura más de este irreverente de cinco estrellas?

 

 

Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “El zapato de Jorge Ibargüengoitia”.

 

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