mayo 13, 2021 10:38 AM

La descalificación democrática

silencio 2

¿Cómo aprendiste a discutir, paisano? ¿Cómo fue que te lanzaste a dar tu opinión para confrontar o ser confrontado por tu adversario? Tal vez te pasó lo que a muchos de mi generación, que aprendimos que en casa la razón estaba de parte de mamá y papá, en la escuela la maestra Otila era Dios y en la cuadra no podías repelarle ni a las doñas que sacaban sus mecedoras para platicar y echarnos un ojo.

 

Con los que podías discutir y estar en desacuerdo era con los amigos. Con ellos charlabas y te enfrentabas si opinaban que los Venados eran mejores que los Tomateros, o que Joe Frazier noquearía a Cassius Clay, o que Tiburón no había sido la película más espectacular del año. Discutíamos entre amigos, a veces sólo por enfadar al otro, sacarlo de sus casillas, pero siempre con un ánimo de júbilo. La verdad es que jugamos a discutir.

 

Así aprendimos los rudimentos de esa retórica que no pocas veces, ante la falta de argumentos, terminó en cantaletas repetidas hasta el cansancio que atribuían a nuestro contrincante cualidades poco encantadores. Los gritos de que uno y otro eran novios, se amaban y se daban besos en la boca fueron el final de muchas discusiones en los patios de nuestras escuelas. Era la euforia desmadrosa de apabullar a gritos al otro.

 

Pero el lugar donde debimos aprender sobre el arte de no estar de acuerdo no era el patio escolar, sino el aula de clases. Y allí lo que nos enseñaron fue a no cuestionar al maestro. A medida que pasaron los años de secundaria y preparatoria, veíamos a los disidentes ser sometidos al señalamiento público que los equiparaba a una especie de revoltosos que nunca estaban de acuerdo, que pretendían romper la armonía y que por ello, no debían ser tomados en serio.

 

Parecía que las discusiones no se ganaban por plantear los argumentos correctos, sino por el nivel de jerarquía que el orador tenía dentro del grupo social con el que interactuaba. En casa las discusiones las ganaba papá, en la escuela el maestro, en el trabajo el jefe, en el estado el gobernador y en el país el presidente de la República.

 

A menos, por supuesto, que fueras izquierdoso. Ahí sí se valía de todo, incluso discutir eternamente sobre la validez de discutir. Y cuando alguien externo osaba dar su opinión, sugería terminar el esgrima verbal o de plano quería dar por terminada la reyerta, era acusado de todas las filias y fobias al alcance de la memoria de los contendientes.

 

Así que, por un lado las reglas de nuestras discusiones eran dadas por una cultura autoritaria, donde el nivel jerárquico del sujeto era el dato fundamental para saber si estabas de acuerdo con él o no, y por otro, en los espacios donde sí se daban las discusiones, el calificativo de autoritario era parte de las herramientas del debatiente. Y entre estos dos extremos oscilamos y seguimos oscilando.

 

Un día el discurso autoritario se rompió. A lo mejor fueron los Beatles, los hippies, la caída del muro de Berlín, la minifalda, los derechos humanos, el amor libre, el feminismo, la marihuana, Emmanuelle, los Cuatro Fantásticos, la democracia, Pelé, los astronautas, la bomba atómica, Kurt Vonnegut, o yo que sé.

 

El edificio del autoritarismo fue asaltado, como castillo medieval, y sus muros abatidos. Otras ideas se colaron pero no lograron destruir por completo los muros y torres castellanas. Y en esta sociedad de geografías encontradas, hay quienes viven en los salones del viejo castillo y quienes viven fuera de él.

 

Por muy democrático que se diga nuestro país, el derecho a disentir, a contradecir, a combatir el discurso del adversario, no siempre involucra el ejercicio de argumentos fundados. En particular si la discusión se da entre actores políticos (no paisano, no me refiero a Galilea Montijo).

 

En tiempos electorales deberíamos escuchar propuestas y réplicas a las mismas, pero mucho me temo que todo se reducirá a slogans, poses y descalificaciones. La discusión a fondo, es muy probable, cederá su lugar al epíteto fácil, chusco, que se transformará en memes.

 

Y con ello, las ideas, los juicios, las razones, se irán desdibujando hasta quedar en cascarones huecos que dicen contenerlas. Pero donde lo importante no es el interior, sino el cascarón. Entonces las discusiones se referirán a las apariencias y se darán entre apariencias, entre simuladores. Al contrario se le etiquetará, se le reducirá a una frase, una pose, una imagen, veinte segundos de video.

 

Muchos dirán que es el formato de la contienda electoral, otros que es un esquema derivado de los modernos medios de comunicación, en particular las redes sociales; habrá quién recuerde a Aristóteles y nos diga que vivimos en la forma impura de gobierno llamada demagogia.

 

Yo digo paisana que no sabemos discutir. Preferimos los gritos, los aspavientos, las puntadas, los chistes, los motes, y el autoritarismo nos sigue guiñando el ojo como método para ganar o finalizar un debate. Sea que nos erijamos en poseedores de la única y verdadera verdad auténtica, por mérito de nuestra edad, lecturas, experiencia, grado académico o grado de intoxicación etílica; sea que nos digamos víctimas de la evocación autoritaria del adversario.

 

Y en medio de todo esto ¿qué nos queda a los espectadores para decidir? Sombras, espejismos, etiquetas, apariencias y el recuerdo de viejas contiendas similares pero anteriores. Pareciera que la confrontación social de las ideas tiene por objeto llevar tu decisión al aparcadero de la conveniencia de los debatientes, a cualquier costo. Lo importante es ganar.

 

Pero, ¿importa quién gane en una contienda de palabras huecas? Sólo a quienes tengamos la cabeza hueca paisano, sólo a nosotros. El problema no es ese, sino dejar que los cabeza hueca sean los que decidan.

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