En Zacatecas, una minera canadiense desmantela comunidad y se apropia de todo

 

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Antes que llegara la minería extractiva de la mano del progreso y la modernidad, Miguel vivía su infancia junto a sus padres, hermanos y  abuelos en una de esas casas típicas construidas sobre el paisaje árido de la sierra zacatecana. Nunca imaginó que dos décadas después, su casa construida por sus antepasados y todas las del pueblo serán destruidas con  maquinaria cuando la empresa canadiense “Pan Américan Silver” decidió instalar sobre el casco del pueblo la planta para extraer y procesar las vetas de oro y plata del subsuelo.

Sentado sobre un sillón, en espera de ser atendido por uno de los visitadores de la Comisión Nacional de los Derechos, Humanos, Miguel González Fernández, un campesino de 38 años, vestido con pantalón y camisa de mezclilla azul y un sombrero que le rinde honor a su oficio, platica que en su pueblo La Colorada, se dedicaba a sembrar frijol, maíz y criaba vacas y marranos, actividad que combinaba con el cuidado de árboles frutales en el patio de su choza, donde vivía con su mujer Ámbar de 27 años y sus hijas de uno y tres.

La tragedia de los habitantes de la Colorada se remonta dos años atrás, cuando la minera canadiense decidió desalojarlos de sus chozas por la fuerza con el respaldo del gobierno estatal, municipal y el ministerio público de la región, bajo el argumento de que “legalmente no son dueños de los predios y no tienen papeles que acrediten la propiedad”, porque sobre una parte del polígono de la comunidad se había construido la planta.

Con esa nostalgia enfermiza que deja la sensación de haber perdido todo lo que había en su pueblo, y  aferrado a recuperar lo que quedó cercado sobre ese espacio que alguna vez fue su comunidad y la de sus antepasados, despotrica contra las autoridades de los tres niveles de gobierno, porque en ninguna instancia han hecho valer sus derechos y por el contrario, han sido complacientes con el despojo de sus pertenencias y el desplazamiento de decenas de familias que ahora viven en casas prestadas que la minera construyó premeditadamente, a medio kilómetro sobre las faldas de la montaña.

Recuerda que hace dos años, guardias encapuchados al servicio de la empresa llegaron casa por casa para avisarles que tendrían que sacar sus pertenencias porque atrás venía la maquinaria derribándolas. La primera vez que sacaron a las familias de sus chozas, muchos sacaron sus cosas porque les dijeron que se irían a vivir en los cuartos que había construido la Minera. Los que se resistían, les llegaban por sorpresa y debían salir porque ya estaba la maquinaria destruyendo las paredes.  Así le ocurrió a Alfonso Guerrero Casillas y a sus hijos, que casi fueron aplastados por las piedras porque la máquina les empezó a tumbar paredes, contra su voluntad.

Platica Miguel que al principio ni él ni nadie se quería salir, pero llegaba la máquina y tumbaba la casa, estuviera quien estuviera. La casa que él y su familia habitaban era muy amplia. Tenía un corral grande de una hectárea donde había árboles frutales que les daban uvas, membrillos y aguacates. Ahí criaban gallinas, patos, marranos y borregos.

Era como un paraíso, dice. A mí me dolió mucho abandonarla porque sentía que debía defender mis derechos y lo que es de mis padres y mis hijas. En esa casa nací y ahí vivieron y murieron mis abuelos, por eso me aferré a defenderla, pero me di cuenta que en estas luchas la ley aquí no vale, está de parte de los ricos, igual que la autoridad.

La licenciada Patricia, que trabaja en el Gobierno del Estado intentó convencernos que dejáramos el lugar porque no teníamos papeles que nos dijera que somos dueños y teníamos las de perder. En cambio, si insistíamos en seguir allí nos obligarían a firmar un papel donde los padres nos hacíamos responsables de nuestras vidas y la de nuestros hijos.

A Miguel y su familia que encabezaban la resistencia en la comunidad comenzaron a acosarlos. Primero, el gerente de la mina amenazó con expulsar de las casas de la empresa, a las familias que compraran los panecillos y empanadas que tradicionalmente elabora y vende Ámbar, su esposa.

De las 18 vacas que llegó a tener, solo le quedaron tres. Los guardias de la minera le tumbaron sus corrales y se llevaron las reses, el alambre y hasta los postes para no levantarlos de nuevo. A los días aparecían muertas  en el pozo donde arrojaban los residuos de jale. Todo esto se le dijo al Ministerio Público de Sombrerete, pero respondió que no podía hacer nada porque no tenía papeles para comprobar el abigeato. Igual ocurrió con las gallinas y marranos que criaba su madre.

Los estragos del “progreso”

Para el campesino zacatecano, las heridas que más calan en lo que llama una tragedia para los pobladores es que el pueblo y las casi 150 familias que lo integraban, ahora están divididas porque la mayor parte fue contratada por la minera y los que resisten, temen ser expulsados en cualquier momento de las viviendas que ahora ocupan, porque así lo ha advertido el gerente administrativo de la multinacional.

Con frecuencia se presentan connatos de violencia entre los mismos vecinos que habitaban el poblado y la presión contra los que se suman al movimiento de resistencia contra el despojo, han sido víctimas de vejaciones y amenazas contra sus familias por parte de los Guardias “encapuchados” que la minera contrató a través de una compañía de seguridad privada con sede en Chihuahua.

“Mire, desde que nos tumbaron nuestras casas y nos sacaron de ahí, se acabó todo el pueblo. Había dos manantiales donde bebíamos agua desde que se fundó hace más de cien años. Ahí acudían las mujeres a lavar la ropa y los pequeños acarreaban en botes para el uso doméstico. La minera los contaminó y desaparecieron. Ahora debemos acarrear agua en burros a distancias de hasta cinco o  más kilómetros”.

Comenta Miguel que esos manantiales eran el punto de reunión de la comunidad: “Había piedras para lavar la ropa. Pero ahora ya no se puede entrar porque todo quedó cercado y vigilado. Y eso da rabia porque muchos dejamos cosas muy nuestras que no pudimos traernos.

“Al principio, cuando teníamos problemas de abasto, la empresa transportaba el agua en pipas pero solo a los que estaban de su lado. Nosotros —unas 20 familias o más— seguíamos con la idea de seguir viviendo en las casas nuestras, pero ellos insistían en que no eran de nuestra propiedad, aun cuando teníamos por muchos años la posesión.

Aparte, remarca con una ira más acentuada, estamos peleando nuestros derechos como mexicanos. Fuimos despojados de nuestras tierras por una empresa extranjera y terminamos sintiéndonos como si fuéramos los forasteros. Ellos vienen —los inversionistas extranjeros—, nos despojan de nuestros bienes, pisotean nuestros derechos, nos amedrentan, nos humillan, hacen lo que quieren con nosotros y el gobierno mexicano no hace nada.

—¿Qué pasó con los demás espacios comunes?

—La escuela primaria ahí está  todavía pero no funciona porque quedó cercada. Nos hicieron otra de material de lámina galvanizada. La otra era de piedra cantera, techada con lámina galvanizada, era de estructura muy buena. Y había todo lo que debe tener una escuela rural. Un día sacaron a los niños diciendo que ya estaba muy vieja y era un riesgo seguir ahí.

Cuando era niño, recuerda que jugaban en el patio de honores. La escuela llevaba el nombre de Miguel Hidalgo y Costilla;  tenía una cancha de básquet, área de juegos;  columpios, bebederos, acá solo hay un patiecillo y las aulas, pero hay peligro porque la escuela está pegada a un barranco de cinco a siete metros protegido con una valla. Los niños se suben.

—¿Y que pasó con la iglesia?

Hace una ligera pausa y suspira. Luego comenta con suma indignación: “ahí está. La minera ha querido tumbarla como hizo con las casas, pero no hemos permitido porque sentimos que ese era el lugar donde vamos todos desde que somos niños. La vemos como si fuera la casa de todos porque ahí nos bautizaron y ahí despedimos a nuestros muertos cuando se van. Es el lugar donde orábamos, íbamos al catecismo, celebrábamos  nuestra fiesta al Sagrado Corazón de Jesús y ahí le pedimos muchas veces a Dios por nuestras familias.

—¿Ya no celebran al Santo Patrón?

No, ya no celebramos nada de eso porque la Iglesia también quedó cercada por la empresa. Cambiaron chapas y todo para que ya no entráramos. Nos construyeron una capilla muy chica entre sus casas, pero el gerente tiene la llave y cada vez que necesitamos algo las pedimos, pero él decide a quién, como lo hizo con todo bien común que había en la comunidad.

—¿Tenían clínica de salud?

—Sí, pero esta quedó alambrada pero con acceso a la gente de la colonia.

—¿De qué se enferma la gente en el lugar?

—Pues de todo, pero las causas de muertes más comunes son por infecciones porque se supone que agua está contaminada. Y de cáncer.

—¿Cáncer?

—Sí, yo tenía una niña la más chiquita, de año y medio, se me murió de cáncer. Tenía cáncer en todo su cuerpo. Yo cuando la tuve en Torreón internada el médico solo me dijo: “Pues mire, desafortunadamente tiene cáncer y es de los más agresivos que hemos visto. No sé  dónde vivas, que hagas o a que te dedicas. Le respondí que soy mecánico, tengo ganado y soy agricultor, pero que vivo en una mina. Cuando le dije eso, se sorprendió y me dijo: “No sé pero ahí está la respuesta”.

El médico le preguntó qué tipo de metales extraían y le dijo todo sobre el manejo de reactivos y químicos al aire libre para separar los minerales. El proceso de cianuración y fundición. Le dijo que la muerte de su hija era el costo de vivir ahí.

“A la media hora de estar platicando mi hija murió en mis brazos, no pude decirle nada ni platicar con ella, era muy pequeñita y no hablaba bien. La vimos cuando cerró sus ojos para siempre. Se llamaba Valentina”.

—¿Como la que tienes ahora en tu casa?

—No, ahora solo tengo una y se llama Paloma, la otra fue la que falleció.

—¿Falleció la otra niña?

—Así es —de repente agacha la cabeza, guarda silencio y se pone a llorar. Al cabo de un minuto, recuerda que su esposa solo le decía que era la voluntad de Dios.

“Yo sigo luchando por recuperar la dignidad, pero no puedo superar la frustración, no se puede”, dice aún con la voz quebrada por la ira y la tristeza. “No se puede”, repite entre sollozos.

“Sé que es la voluntad de Dios pero también la ira me hace pensar que fue la Mina la que provocó la muerte de mi hija. El médico no me dio un papel pero me dijo que era la consecuencia de vivir cerca de una mina. Me recalcó que era un cáncer muy agresivo. A ella se le consumió todo su cuerpo, se quedó muy delgada  y le estallaron sus vísceras. Tenía muchas bolitas en todo su cuerpo y cuando murió, su manita quedó pegada del dedo meñique de su mamá. Ahora está sepultada en un panteón improvisado que está cerca de La Colorada.

Miguel Guerrero Casils, otro de los campesinos que alimentan la protesta contra la minera, asegura que mu madre, después de haber abandonado su casa por la fuerza, fue internada en el hospital próximo y a los días de darle de alta por no encontrarle nada, empezó a aislarse, dejó de comer, y se mantenía encerrada todo el día hasta que una mañana amaneció muerta. Al parecer, murió por depresión.

 

 

 

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