El recorrido bestial de Centroamérica a la frontera de EU de los migrantes

Palenque, Chiapas.- La madrugada del 27 de septiembre pasado, el sonido de “La Bestia” irrumpió con su rugido ensordecedor en el silencio de la selva. Lenta e imponente, la maquinaria de hierro y metal avanzaba con su singular sonsonete de rechinidos de metal oxidado, el intermitente vals de sus pistones de diésel y vapor, y la inercia de sus ruedas sobre el suelo, hasta transformar todos esos ruidos en una especie de sinfonía macabra.

Muy cerca, casi a la par del tren carguero, cientos de migrantes centroamericanos, jóvenes en su mayoría, corrían apresurados para alcanzar los vagones del tren, como también lo hacían niños, mujeres embarazadas y parejas que, con sus bebés en brazos, corrían en medio de una adrenalina de muerte.

La locomotora, una EMD SD90MAC de fabricación estadounidense que medía más de cuatro metros de altura, 2.80 metros de anchura, y pesaba aproximadamente 188 toneladas, ya empezaba a ganar velocidad junto con los 67 vagones que jalaba, y que a esas alturas parecía improbable que se detuviera.

Y sin embargo lo improbable ocurrió; el rugido terriblemente agudo del metal contra el metal intentaba frenar la inercia de los trenes hasta por fin detenerlos. Una familia de seis hondureños se apresuró entonces a subir por las escaleras de uno de los vagones, enviando por delante a un niño de 4 años que temeroso, empezó a subir las barras de acero de la escalera, cuando el tren lanzó un nuevo estallido de aire; al parecer se echaría de reversa. Otro de los migrantes gritó: “¡Se va enganchar, se va a enganchar! ¡Que se agarre el patojo!”

El niño, o patojo como los llaman en Guatemala, empezó a llorar mientras la madre intentaba lanzarse a su rescate, pero el marido la detuvo. El niño, en su instinto o temor, se abrazó con todas sus fuerzas a la escalera, mientras lloraba aterrorizado ante la presencia de la muerte. Fue cuando otro migrante brincó a la escalera, y con su cuerpo protegió al niño de una caída sobre los rieles que hubiera resultado mortal.

Un golpe titánico acompañado de un ruido ensordecedor cimbró de repente a todos los vagones, pero el niño al menos ya estaba resguardado.

María, de 18 años, una hondureña que tenía como destino final llegar a Córdoba Veracruz, había visto todo y tan sólo tragó saliva. Ya no hubo un momento para lamentar la situación, o comentar lo que había ocurrido, estar ahí era de por sí una cuestión de vida o muerte; era seguir o morir, era temer o vivir, soñar o esperar.

La travesía

Con un poco de suerte y de miedo, los más de 300 migrantes subieron a “La Bestia” cuando ya había clareado el día. Compartiendo un silencio ensordecedor que sólo era quebrantado por la sinfonía macabra de esa mole de fierro, los migrantes veían a los primeros curiosos que, desde el suelo, los miraban partir.

Sentados al borde de los vagones, pero agarrados con cada dedo que se enganchaba como garfios al vagón, los migrantes admiraban el inicio del recorrido con cierta nostalgia. Según explicaron minutos antes, muchos habían caminado cerca de 120 kilómetros de selva y sierra para llegar hasta ahí. Esquivando asaltantes, a los agentes de migración, sin comer y sin nada que beber la mayor parte del tiempo, y con poco tiempo para dormir, para cuando llegaban a Palenque ya estaban desechos, cansados de una travesía que no deseaban ni al peor enemigo. Pero, según decían, “no les quedaba otra”.

En Honduras por ejemplo, muchos habían sido amenazados por las pandillas, ya fuera la MS-13, o la M-18, que les habrían dicho que, o se unían a ellos, o los mataban ahí mismo junto a sus familias.

Quienes se negaban, tenían 6 horas para dejar el país. Por eso se habían migrado, y por ello ahora viajaban al norte con la idea fija de cruzar a Estados Unidos en busca de un mejor futuro, y de un mejor destino.

Por eso era el silencio. Por eso el temor, y por ello tanta nostalgia.

Y era en medio de tanto silencio cuando de pronto se escuchó a un migrante gritar: “!Rama, rama!”. Inmediatamente y por instinto, todo mundo se tiró sobre la base del techo del vagón hasta quedar en completa posición horizontal, y sentir las hojas de los arboles acariciar suavemente aquellos cuerpos maltrechos, hambrientos y sedientos.

El follaje sin embargo, era solo un aviso, pues en su inocencia, las hojas de los árboles escondían gruesas ramas que, al menor descuido, podían descalabrar a cualquiera.

“Imagínese esas ramas en medio de la noche, han matado migrantes”, comenta un hondureño, quien sólo se identificó con el nombre de Juan, y quien habría huido por las amenazas de maras.

Cerca de ahí permanecía María. Con tan sólo 18 años cumplidos en agosto pasado, la chica hondureña no platicaba con nadie. Tenía miedo. Pero el miedo no la iba a detener.  Según confesó durante el trayecto, ésta sería la tercera vez que intentaría cruzar, y si lo lograba, llegaría hasta Córdoba donde trabajaría como bailarina exótica en un bar de mala muerte donde trabajan sus hermanas.

 

La historia de María

María dice haber vivido toda la crueldad del mundo.

“A veces la belleza puede ser una bendición, pero otras veces es una maldición”, comenta.

La vida la habría dotado de una curvas que, desde que tenía 14 años, empezaron a manifestarse en su cuerpo. No tardó en llamar la atención de un pandillero de la MS-13, que un día decidió ir por ella. María, asustada pero decidida, se opuso.

El pandillero dijo que se la llevaría, con o sin su consentimiento. Esa noche, mientras hacía su tarea, llegaron como 30 pandilleros de la MS-13 a su casa, y tomando a su padre, su madre, y uno de sus hermanos hasta amenazarlos de muerte, le dijo que si no se iba con él, mataría a toda su familia.

Las armas y la amenaza terminaron doblándola, y decidió “sacrificarse”. Esa misma noche se fue con el pandillero, y nueve meses después, tuvo a su primer hijo. No pasó ni un mes cuando María estaba nuevamente embarazada.

Fue una semanas después de tener a su segundo hijo, cuando otro de los pandilleros de la MS-13 llegó a su casa para decirle que “los de la M-18 habían matado a su marido”.

“Me dijeron que (mi esposo) había matado a un pandillero de la M-18 con todo y su familia, y por eso lo habían matado, pero que la venganza no terminaba ahí, pues debían también matar a toda la descendencia de mi marido, y que pronto toda la M-18 me estaría buscando”, explicó María.

Sin tiempo que perder, tomó a sus dos hijos en brazos y salió corriendo a casa de sus padres, a tres cuadras de ahí. Los encontró mirando televisión, y sin tiempo que perder les explicó que debían irse del país, de inmediato, pues los Mara de la M-18 los estarían buscando para matarlos.

No había tiempo que perder. Entregó a sus bebés a su padres, junto con pañales, biberones, y les pidió que se ocultaran con un familiar en un lugar de Centroamérica, mientras ella migraría a México con sus hermanas.

Fue así como María emprendió la travesía. Pero la suerte parecía no favorecerla, pues la primera vez  que intentó cruzar fue interceptada por agentes migratorios, que tras quitarle el poco dinero que traía, abusaron de ella.

La abandonaron a su suerte cerca del río Suchiate. Se refugió en una casa de apoyo a los migrantes en Tapachula, siempre apartada, y siempre sin platicar con nadie, pues tenía miedo que la M-18 la interceptara, donde tras recuperarse un poco, lo intentó nuevamente, pero nuevamente fue interceptada, esta vez por un coyote que, tras prometer llevarla a Veracruz “sana y salva”, terminó abusando de ella y golpeándola mientras la mantuvo secuestrada por casi dos semanas.

Logró escapar a como pudo.  Esta sería la tercera vez que intentaba llegar a Veracruz, pero había cambiado la estrategia, pues ahora viajaba rodeada de migrantes, aunque su manía de permanecer sola y callada, la mantuvo. Por ello no pidió fotos, ni mencionó nombres ni lugares. Irónicamente viajar en “La Bestia”, que podía resultar aterrador para muchos, le daba un poco de paz.

 

El paso lento de las horas

Desde lo alto de los vagones, el recorrido era espectacular a la vista. Desde ahí podían apreciarse las verdes praderas que se extendían entre la vasta vegetación hasta juntarse en el horizonte con lo azul del cielo.

Y sin embargo, el recorrido seguía siendo callado, monótono, solo interrumpido por el perpetuo ronronear de los carros del ferrocarril, que de pronto era asaltado con sus chillidos agudos, casi delirantes, el vapor del motor de diésel, y la firme idea de seguir así hasta el pueblo de Chontalpa, que es donde la bestia hará su próxima parada.

Al cabo de unas horas el sol se volvió insoportable, pero los migrantes parecen ignorarlo, mientras sudan el poco líquido que les queda.

A lo lejos, un rugido diferente al del tren se escucha desde la copa de los árboles. Los migrantes buscan entre la vegetación de la selva, pero no encuentran nada.

“Son los monos”, explica uno de ellos.

“Allá, allá”, grita de pronto un migrante, mientras señala una mancha oscura que sobresale en lo alto de los árboles…

De pronto, la máquina se detiene en su marcha interminable. Los migrantes toman sus mochilas y se mantienen a la expectativa. Saben que puede ser migración, y deben estar listos para correr. Pero al cabo de un rato, nada pasa.

Entre los troncos de los árboles se divisan dos grandes iguanas que calladas miran a los migrantes; uno de ellos comenta: “No, si aquí nadie se muere de hambre… En mi país en cambio, hasta las iguanas emigraron por culpa de ese gobierno corrupto que tenemos”.

Aunque ese momento de quietud en “La Bestia” es para aprovecharlo, algunos migrantes bajan para llenar sus botellas con agua de rio. Si no hay alimentos, al  menos hay líquidos, eso les permitirá aguantar un poco más.

Pero más de alguno, las únicas botellas que tienen son de cloro, pero no les importa:

“Es mejor morir envenenado que morir de sed”, comenta Manuel, otro de los migrantes que confiesa querer contar su historia.

Pero de pronto hay un silencio largo y misterioso, y entonces un grito que hiela la sangre de todos: “¡Es la migra, es la migra! ¡Corran..!”

Artículo publicado el 14 de octubre de 2018 en la edición 820 del semanario Ríodoce.

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