La cuestión es darle o no las Cámaras a AMLO

 

Todo indica —además de las encuestas, la rabia de Ricardo Anaya en los debates, las bromas insulsas del Bronco, las traiciones del inconsciente de Jorge Castañeda, la artillería de José Antonio Meade enfocada contra el candidato del Frente, el llamado de Enrique Krauze a votar contra el “poder absoluto”…— que Andrés Manuel López Obrador se alzará con la victoria el 1 de julio.

Desde hace mucho esto se da por descontado y la pregunta ha sido si llegará a la presidencia de la república con un Congreso a favor o en contra. Se han hecho mediciones pero, aunque algunas dan una ligera ventaja a Morena en las conformación de ambas cámaras, otras no.

Es un asunto de la sociología si la gente usa conscientemente el voto equilibrado con tal de no dar al presidente todo el poder. Los números son una cosa y las interpretaciones no siempre son acertadas. El voto, cuya decisión es individual al final de cuentas, se cruza las más de las veces por simpatías personales que se confrontan con la pertenencia o querencias partidistas. Así, si yo soy priista podría votar por Meade pero no por el candidato del PRI al Senado porque me simpatiza o me conviene más el de Morena o el del PAN, no porque con ello estaría votando contra el “poder absoluto”. (Nuestro electorado no se caracteriza precisamente por la madurez política). Y en esta tesitura pueden armarse tantas combinaciones como matemáticamente sean posibles con todas las boletas en la mano.

Cómo quedarán conformadas las cámaras este 1 de julio, no lo sabemos, pero se ha delegado tanto poder en la figura presidencial, que, aunque en el Congreso exista nominalmente un equilibrio, éste suele salir sobrando en decisiones cruciales. En 2012, por ejemplo, sufragó el 63 por ciento de la lista nominal, una votación similar que cuando Vicente Fox ganó la presidencia. En los dos casos las cámaras se constituyeron con una gran dosis de pluralidad. Fox terminó negociando con los priistas y Enrique Peña Nieto con todos para sacar adelante sus reformas a través del Pacto por México. Bien. Pero cuando se trató de decisiones de Estado que eran cruciales para el país como aclarar la muerte de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, afloró el “poder absoluto” y el caso trató de enterrarse con una “verdad histórica” que, ahora se sabe, fue un embuste criminal urdido quién sabe dónde pero avalado por Los Pinos.

¿Conlleva necesariamente a decisiones absolutistas el que un presidente tenga la mayoría en las cámaras? No lo creo. El absolutismo tiene otras raíces y las acciones tiránicas de muchos gobernantes no han ocupado la venia de los poderes que debieran actuar como garantes de la democracia. En sentido estricto los poderes legislativo y judicial son un contrapeso del ejecutivo, para eso fueron constituidos, pero en México las instituciones han estado abyectamente al servicio del poder presidencial y durante décadas sujetas a los intereses de un partido.

En este segundo tercio de la administración peñista fueron creadas dos leyes, la de Seguridad Interior y la de Comunicación Social. En las dos hubo un fuerte rechazo social. En la de Seguridad, que abre las puertas a la intromisión de las fuerzas armadas en asuntos civiles (pueden ser protestas en las calles hasta por hambre que podrán ahora ser reprimidas legalmente por el Ejército y la Marina) hasta organismos internacionales pidieron no se promulgara porque atenta contra los derechos humanos, pero se impuso gracias a la “línea” presidencial. Y en la llamada “Ley Chayote” igual. Se acordó en las cámaras con votos divididos, con una llamada de atención de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que se atendiera en el caso el espíritu constitucional y aun así el presidente Peña Nieto la promulgó.

Si aquellos que han gobernado al país después de la Revolución Mexicana pierden esta elección se abre la posibilidad de algo nuevo y todo indica que le tocará a López Obrador inaugurar esta etapa de nuestra vida pública. Pensar que será más de lo mismo o creer que el país va al abismo es perder la confianza de que el hartazgo se pueda convertir de verdad en el abono de una sociedad más justa aun con las mismas variables estructurales que rigen la vida de muchos de los países del mundo occidental que han sabido distribuir con menos inequidad la riqueza.

Bola y cadena

PUEDE VERSE COMO UN CASO EXTRAÑO para los teóricos del caos, pero Ernesto Zedillo llegó al poder en una elección donde votó el 77 por ciento de los ciudadanos registrados en el padrón. Una afluencia histórica. Y el PRI tuvo 300 diputados y 95 senadores, es decir, mayorías abrumadoras. Y no se recuerdan de su administración manotazos absolutistas. Por el contrario, buena o mala su administración, pasó a la historia como un estadista que supo reconocer la derrota de su partido en las urnas.

Sentido contrario

RECONOCIDO COMO UNO DE LOS MEJORES historiadores del país, Enrique Krauze hace un llamado a cruzar el voto para no darle al presidente “poder absoluto”. Y esgrime razones históricas que ni al caso con nuestra realidad. Los regímenes totalitarios de Europa y América Latina a los que hace referencia, de derecha y de izquierda, llegaron casi todos al poder por medio de las armas, no a través del voto. ¿Preservar la “libertad de expresión”, don Enrique? ¿Es una burla? ¿Defender nuestra democracia con 114 miembros de la clase política asesinados de septiembre a la fecha? Claro que hay que decir no al poder absoluto, pero no con esos argumentos.

Humo negro

HACE SEIS AÑOS LOS CANDIDATOS DEL PRI presumían ser del mismo partido que Enrique Peña Nieto para que la gente los “pelara”. Peña era un activo indudable del partido y fue aprovechado. Pero ahora, partido y presidente son más bien un lastre. Por eso pusieron a Meade, que no es de ningún partido y éste sustituyó el logo del PRI por triangulitos de tres colores. En Sinaloa, los candidatos locales hasta los apellidos ocultan para que la gente no los rechace. Es el caso de Juan Ernesto, que se apellida Millán pero prefiere que la gente no lo sepa.

Columna publicada el 17 de junio de 2018 en la edición 803 del semanario Ríodoce.

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