Malayerba: La nariz

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El soldado había salido de las celdas de castigo. Era el saldo por haberse desaparecido esos días de más chamba: apenas regresó de su descanso voluntario y los jefes lo mandaron arrestar por desertor.

Tres días en las mazmorras del cuartel: tres días, setenta y dos horas, sus minutos y segundos eternos, sonando el tic tac del reloj de pulsera, comiéndose a sorbos pequeños, primero, y luego, desesperado, a bocanadas, a tragos largos y locos, esa húmeda oscuridad.

Estaba encabronado. Más bien endiablado, renegando contra todo. Pinche Ejército, pinches guachos. Se decía a solas que no debió regresar, que le pagaban muy poco, que era una santa chinga andar todo el día cargando su getrés, patrullando la ciudad.

Además, las malpasadas, las balaceras, los narcos esos que no se detienen, que no se andan con chingaderas. La ciudad, los operativos. Todo parecía incendiarse.

Y ellos encapuchados, con sus chalecos antibalas, las jamer, las camionetas artilladas, en convoyes.

A oscuras, en esa mazmorra de castigo, los otros le lanzaban burlas y se cotorreaban de él. Y le pasaban dosis de todo, de lo que quisiera, para aguantar el aislamiento: para que te inyectes, te la fumes, lo aspires.

Cumplido su arresto lo enviaron con los demás. Llegó y se acostó en esos camastros. Los otros lo vieron avanzar, callados. Se sentó, desabrochó las botas y se quedó en calcetines. Recostado, abrió la camisa y se desabotonó el pantalón.

Cerró los ojos.

Ahí estaban todos. Esperando a que les llamaran porque habían matado a alguien, encontrado un cadáver, tenían que acudir a una persecución, asegurar una zona, catear, decomisar, poner retenes.

Debían estar listos. Podían echarse un sueño, mientras. Platicar, jugar a la baraja, recostarse, dormitar, sentirse cómodos. Pero siempre a la expectativa, esperando esa llamada de emergencia. Y en chinga ponerse las botas, abrocharse zapatos y ropa, empuñar el fusil y salir del cuartel.

Siguió dormido. El rifle a un lado. Los otros tranquilos, conversando.

Pero aquel, entre dormido, en sus viajes infernales de inyecciones y sorbos, se puso de pie, agarró el arma y empezó a disparar. Ra-ta-ta-ta-ta, de izquierda a derecha. Y luego de regreso.

Tenía la cara de otro que no era él. Apretaba los dientes, los pómulos hinchados, la boca semiabierta y extendida hacia los lados: macabra sonrisa. Sus brazos brincaban con el tableteo del fusil. Vibraba su cuello, el pecho, el abdomen, la camiseta blanca y el pantalón camuflado.

Reía. Y luego, al son del sonido de la ráfaga, soltaba una carcajada. Y luego gritaba. Algo que nadie entendía. Como que reclamaba, burlón y diabólico.

Unos corrieron a refugiarse. Otros lo hicieron para alcanzar las armas.

Voces que luego fueron llantos. Gritos adoloridos y sofocados por los borbotones rojos, las balas perforando, abriendo piel, destrozando músculos, huecos, cartílago y nervios.

Al poco tiempo llegaron más soldados. Un oficial quiso poner orden. El agresor lo vio y como que despertó. Bajó el arma y cuando se le acercaron se disparó, pero no logró matarse.

Seis, siete heridos. Uno quedó muerto. Era un chavo de poco más de veinte, un novato en aquel estreno infernal.

Uno de los lesionados lograba levantarse mientras crecía rápidamente bajo su cara y brazos un charco de sangre. Se puso de pie: la piel le colgaba de la cara, roja y humeante. Le decían, Vámonos, llévenlo al hospital.

Y él insistía, como niño extraviado, que se esperaran. Quería levantar algo del suelo. Era su nariz.

Artículo publicado el 23 de octubre de 2022 en la edición 1030 del semanario Ríodoce.

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