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Malayerba: Ese es

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Ese es. Dijo ella. Madre con heridas que ahondaron los surcos en la piel y oscurecieron el contorno de sus ojos: adiós al brillo, a la voz de terciopelo que abrazaba el patio y el lavadero mientras tendía la ropa, al buenos días musical de los vecinos al barrer la calle, y a todo, pero más, dolorosamente, a su hijo.

Malayerba: Inteligencia militar https://bit.ly/2W2kMWW

Y esos dos estaban ahí, posando para la foto. Se les ve incómodos. No tristes ni acongojados, solo como que ese no es su lugar. Uno de ellos trae un arma en la mano. La pone de lado para que se vea. Es la foto oficial difundida por la policía, que en el boletín informó que los aprehendieron en la verbena.

Un vigilante que realizaba rondines en el área vio a dos hombres sospechosos y notó que uno de ellos traía un bulto en la cintura. Pidió ayuda a dos de los uniformados y procedieron a revisarlos. Así fue que encontraron que ese bulto era una pistola calibre cuarenta y cinco, y un cargador abastecido con seis cartuchos.

En las fotos están de frente y perfil. En el encabezado dice Capturan a dos, uno de ellos armado. No dice más. Solo habla de que tenían su domicilio en Culiacán, que fueron remitidos a los separos de la ministerial y que con esto se iniciaron investigaciones sobre los aprehendidos con el arma.

Ese hijo andaba en pasos tibios, sin marasmos ni sombras. Iba a la escuela, convivía con los de la cuadra y de vez en cuando salía con las morras al cine, a dar la vuelta al Forum o a las nieves. Ese hijo fue levantado frente a los ojos de muchos y los que vieron supieron quiénes iban en ese convoy de la muerte que se lo llevó.

Dos días después lo encontraron muerto. Salvajes, abusones, desgraciados, cabrones que no tienen madre. Fueron los calificativos usados por la madre ante al féretro: abrazando el frío cajón de madera y regándolo como mocos y demás fluidos: agua con sal, ríos de dolor, orificios oscuros en los pliegues de la piel, en esa voz ahora perforada, en esa mirada muerta. La de ella y la de él.

No supo que como entraron salieron. Los de la policía los entregaron a los agentes de investigación. Hicieron el papeleo. Bla bla bla en golpes de teclas de computadora.

El seseo del rozar de los papeles unos con otros. El clic de la engrapadora. El sonar renegado de los cajones y el tintineo triste de llaves de escritorio y para desabrochar las esposas.

Los trasladaron a la cárcel estatal y ni siquiera pisaron una celda. Ahí los soltaron porque alcanzan fianza. Y ahí los esperaban otros, secuaces enviados por jefes, amigos, familiares. Y de regreso a la libertad, presumiendo la fama de haber salido en los periódicos. No tristes ni indignados. Acaso confundidos, incómodos.

Ese es, dijo ella. Apenas un susurro. Ese es el que mató a mi hijo.

Artículo publicado el 19 de septiembre de 2021 en la edición 973 del semanario Ríodoce.

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