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Malayerba: Reportero en apuros

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Llegó hasta ahí como promotor de la Sedesol. Quién sabe cómo consiguió una cachucha con el logotipo de la institución y esa camioneta blanca que daba el gatazo. Estoy levantando un padrón para un nuevo programa, les dijo.
Y se sentó en cuclillas, primero alrededor del fuego. Le sirvieron café y lo invitaron a pasar a esa rudimentaria casa, en los rincones oscuros de la Sierra Madre Occidental: pueblos que nacieron a la vera del camino y cerca del arroyo.

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Dos matanzas recientes lo tenían ahí, frente a esa familia que sembraba mota. Ya le había abierto la puerta de su casa y le daban cena en los mismos platos. El Limoncito traía fresca la cicatriz de los doce muertos. Otros más cerca de ahí, en Santa Cruz de Alayá.

Todo esa región de Cosalá era mota y amapola. Los grupos en disputa por los predios, la cosecha, los peones, los caminos llenos de vericuetos y las comunidades enteras: sin policías ni soldados, sin otra ley que la del dedo en el gatillo… del “cuerno”.

Les preguntó sobre sus alimentos, que si la leche que consumían, que las tortillas, que la escuela más cercana. Ya entrados en plática salió el tema de su interés. Y para entonces la lengua estaba suelta, desenredada.

Era reportero pero no lo era ahí. Sin libreta ni grabadora ni identificación. Traer algo así, aquí, repetía en silencio, era un pase a la muerte, derechito y sin retenes. Grabó todo en esa cabeza cubierta de pelo chino y tupido.

Escribió en su materia gris lo de las avionetas y los helicópteros que bajaban ahí cerca, a un lado del arroyo. Lo hacían a escondidas, ahí en lo plano, para bajar los cuerpos ensangrentados. Pero también para surtirse y seguir el vuelo.

Le contaron que la gente había salido a Tijuana. Que hasta allá los buscaban para matarlos. Que la siembra de mariguana estaba allá arriba. Que tal familia contra aquella otra. Que era gente poderosa, vinculada a otros más poderosos, que eran los que pagaban.

Él seguía la plática como si nada. Cincelaba en su memoria tratando de no perder detalle. Quería encontrar entre tantas historias y referencias el hilo que lo llevara al resto de esa madeja enredada del narco en Cosalá y sus cementerios llenos.

Pero los peros no faltaron. Un enviado de un periódico nacional no podía pasar desapercibido en el lugar. Las llamadas hechas previo al traslado lo delataron. Una patrulla de la Policía Ministerial lo buscaba en los alrededores.

Con el pretexto de que no podía estar solo en un lugar tan conflictivo y para garantizar su seguridad, fueron enviados varios grupos de policías. Dieron con él ahí, frente al café y la cena. Preguntaron por un reportero y dieron sus señas.

Los que sostenían la plática enmudecieron. Lo miraron sin parpadear. Él enrojeció. Se levantó y caminó hacia los policías. Lo llevaron al hotel contiguo a la plazuela de la cabecera municipal. Montaron guardia hasta que agarró camión a Culiacán, temprano al otro día.

Ya en el asiento tomó nota. Datos sueltos. Faltaban eslabones para la historia y ya iba de regreso: no querían que supiera demasiado.

Columna publicada el 22 de agosto de 2021 en la edición 969 del semanario Ríodoce.

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